LA
DESDICHADA DEIRDRE:
Versión
escrita por Abigail Truchsess.
Deirdre la desdichada, Deidre de las penas y los dolores.
Deirdre lloró desde el vientre de su madre.
En un festín del Rey Conchobar del Ulster, uno de los
antiguos reinos de Irlanda, el grito
desgarrador de la criatura estremeció a los presentes y el mayor de los sacerdotes druidas, predijo
su destino:
- - Deirdre
será una mujer de belleza perturbadora, de largas trenzas y ojos del color del
mar. Por ella se pelearan reyes y señores
y se derramará tanta sangre como jamás se ha conocido desde los orígenes de la
raza.
Los guerreros de Conchobar decidieron ejecutar a la niña al
nacer, pero el Rey que la codiciaba para sí, pensó que podría cambiar su
destino y se ocupó de criarla, en una colina apartada, apenas acompañada por
una nodriza.
Deirdre creció en la más inmensa soledad…
Solo Conchobar la visitaba
cada año. Contemplaba con gozo cómo se
alargaba la estatura de la niña, como se perfilaba su rostro, se redondeaban
sus caderas y se afinaba su cintura.
Esperó y esperó hasta que ella
pudiera estar en edad de casarse con él. Un día de invierno, semanas antes de la boda, Deirdre vio como un cuervo
bebía la sangre de un ternero sacrificado sobre la nieve y preguntó a su nodriza:
- - ¿Los maridos son todos tan grises y arrugados
como Conchobar? Me casaría con un hombre
que tuviera el cabello tan negro como las plumas de un cuervo, los labios rojos
como la sangre y la piel blanca como la nieve.
- - ¡Ese hombre existe! .- Respondió su nodriza
desde lo más hondo de su esperanza- ¡Ese
hombre existe y se llama Naoise!
La nodriza sentía que el
doloroso destino de Deirdre estaría en la alcoba del Rey y por ese motivo nunca
detuvo a Deirdre cuando salió a buscar a Naoise, sorteando vientos y niebla,
una noche sin estrellas.
Él iba a caballo y ella se
apareció en el camino.
- - ¿A dónde vas, Naoise? ¿Por qué me dejas aquí
tan sola?
Naoise creyó que se trataba de
una joven ultrajada y al bajar de su caballo para darle auxilio, ella lo besó
tres veces, en los ojos y los labios.
Como un hechizo, el joven que nunca antes había amado a nadie más que a
sí mismo, se entregó a ella.
Sentada en la playa, la
nodriza miró con regocijo el barco en el que huyeron Deirdre y Naoise hacia
Escocia. Amanecía y eran apenas un punto en el horizonte, la mujer pensó que
había cambiado el triste destino de aquella a la que amaba como a una hija.
De clan en clan iban los
amantes solicitando asilo, más la belleza de Deirdre enloquecía a los hombres y
todos querían matar a Naoise para quedarse con ella. Se cumplía así la primera visión
del druida: Reyes y señores se pelearan por ella.
Lograron establecerse en una
isla de altos riscos y vientos huracanados.
Apartados de todos, maduraron
besos y caricias, se amaron en libertad y nunca dudaron del destino, ahora
dichoso.
¡Un espejismo! Pues el rey
Conchobar buscaba pertinaz a los amantes, silente como una sombra, bajo cada
piedra del río, sobre cada ola del mar, no pronunció palabra hasta que tuvo
noticias del paradero de Deirdre.
Mandó a uno de sus espías a
verla, quería saber si el tiempo no había marchitado la belleza de la joven
y estaban los amantes jugando al
ajedrez, bañados por la tibia luz del fuego de unos maderos, cuando se asomó el
mirón.
Naoise creyó que se trataba de
alguna fiera salvaje y lanzó una pieza
de oro del tablero que le dio en el ojo al fisgón que huyó despavorido.
- - ¡Bien valió la pena el ojo que perdí! - Le dijo
luego a Conchobar el impertinente.- La
mujer está mucho más hermosa.
La sangre de Conchobar ardió
como hielo seco, no se impacientó, muy
bien había aprendido a disciplinarse en su espera por Deirdre; encomendó entonces
a Fergus, el más respetable de sus
caballeros la aventura de traer de vuelta a los amantes y puso en sus manos un salvoconducto en el cual se comprometía a
respetar sus vidas.
Deirdre y Naoise recibieron a Fergus, lo escucharon con
atención y no creyeron en las palabras firmadas por el Rey. Fergus que sí creía en Conchobar, puso en
garantía a su propio hijo como escolta de la comitiva que los traería de
vuelta.
En cuanto Deirdre pisó la
arena de la playa, aconteció la traición: Los guerreros de Conchobar los
atacaron por sorpresa, de un zarpazo le cortaron la cabeza al hijo de Fergus y Eogan, el confidente del Rey, fue quien empujó
la lanza que le atravesó el pecho a Naoise.
Deirdre la desdichada, Deirdre
de las penas y los dolores miró con ojos secos cómo un río de sangre abría una
grieta en la tierra que la vio nacer.
Fue entregada al Rey, que la
contempló de nuevo, humillado por su belleza, no pudo matarla con sus propias
manos.
- - ¿Qué es lo que más odias, Deirdre? Le preguntó.
-
A ti y a Eogan, el asesino de Naoise.- Le
respondió Deirdre con un escupitajo.
Conchobar la condenó a vivir
un año con él y otro con Eogan y ella decidió lanzarse al risco; solo muerta,
destrozada entre las piedras, pudo
Conchobar abrazar el cuerpo de Deirdre y mientras intentaba robar el último
aliento de la joven, Fergus, al mando de un ejército enemigo, cruzó las
fronteras del reino, venía a vengar la muerte de su hijo.
Como alas de cuervo, el
destino cubrió las cabezas de los guerreros del Ulster.
Dicen que el Rey sepultó a
Deirdre en las colinas donde ella había crecido… pero su padre, un viejo
contador de cuentos a quien le habían negado el derecho de criar a su hija, buscó
a la nodriza en secreto y entre los dos robaron su cuerpo y lo enterraron junto
a Naoise.
Colocaron piedras y un par de
estacas de árbol de tejo. Los árboles crecieron y sus ramas se entrelazaron
unas y otras hasta hacerse uno.
Al paso de los siglos, las
piedras se volvieron polvo. El árbol sigue vivo.
Fin