LA LINTERNA DE JACK
Escrito por Abigail Truchsess
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Ilustración de Skot Olsen. |
Hacía mucho tiempo que los hijos de Danú,
diosa de la estirpe divina de Irlanda, vivían ocultos de los humanos,
escondidos bajo la superficie de los campos, en el nacimiento de los ríos, en
el alma de las piedras y el corazón de los árboles. Eran los espíritus de la
naturaleza que solo podían dejarse ver durante la primera luna llena de octubre,
en la celebración de Samhain, conocida
hoy en día como la fiesta de la cosecha o Halloween.
Los familiares difuntos participaban de esta
fiesta y sus amados vivos los recibían con banquetes en su honor… Jack, embaucador de oficio y bebedor a tiempo
completo, aprovechaba la ocasión para ir de puerta en puerta a saludar
supuestos parientes, haciéndose pasar por muerto a pesar de estar muy vivo.
─ ¡Salud hijo! Vengo de la fría tumba a festejar con
vosotros. Soy el abuelo de tu abuelo, muerto en la guerra del mil y tantos.
De casa en casa iba llenando el buche, como
el tío infartado del primo aquel o el hermano mayor desaparecido durante la
inundación; hasta que llegaban los verdaderos espíritus de los abuelos, tíos
del primo y hermanos desaparecidos, que lo sacaban a patadas.
Una noche en la que sólo había recibido
baldes de agua hirviendo y portazos, entró a un bar con el estómago estragado y
la boca pastosa, gritando a todo pulmón:
─ ¡Vendería mi alma al diablo por un
trago!
El diablo, que también tenía la noche
franca, le respondió desde el rincón del bar donde se había sentado a beber una
cerveza:
─ Se conforma con poco
compañero.
─Soy un hombre humilde. ─Le respondió
Jack.
─ Quizás yo pueda ayudarlo a cumplir su
deseo.
Jack
que no tenía idea de con quien hablaba y tampoco le importaba, pensó:
─Al fin, el primer zoquete de la noche.
En
dos brincos rodó una silla y se sentó junto a él.
─ Estoy quebrado, amigo. La buena
fortuna no me ha querido nunca. Si usted me hiciera la caridad de darme una
moneda para pagar un trago, se lo agradecería en la otra vida, porque en esta
no puedo pagarle ni un centavo.
─
¡Trato hecho!─Respondió el diablo.─ Usted acaba de venderme el alma.
─
¡No me diga que es usted el diablo!
Por respuesta, el diablo se transformó ante sus ojos en una moneda de plata con la
que Jack, ni tonto ni perezoso, fue hasta la barra y con golpe de ganador la
colocó frente al cantinero.
─
¡Una botella de whiskey!
En cuanto el cantinero se dio la vuelta para
servirle, Jack, con sus dedos hábiles, tomó de nuevo la moneda y se la guardó
en el bolsillo, recibió su botella y salió corriendo a esconderse en el cementerio,
donde bebió a sus anchas.
A
la mañana siguiente sintió que algo le pateaba en la cabeza y en el bolsillo.
En la cabeza la resaca, en el bolsillo el diablo que no podía salir de ahí.
─ ¿Usted por qué molesta tan
temprano?
─
¡Sáqueme de aquí!─ Lo apremió el diablo.
─
¿Qué? ¿No puede hacerlo usted mismo?
No,
no podía, Jack cargaba puestos los pantalones del cura del pueblo, se los había
robado días antes y por esa razón guardaba en su bolsillo una cruz bendita que
le impedía al diablo transformarse de nuevo en diablo.
─
¡Qué cara más chata!─Jack se burlaba.
─
¡Qué me saque de aquí!─Insistía el diablo.
─No
me hable golpeado.
─Que
me saque, le digo.
─Que
no y que no, usted a mí no me da órdenes.
Hasta
que al fin llegaron a un trato:
─Lo
saco de ahí si usted jura no venir por mi alma en veinte años.
Y
comenzó el regateo:
─
¡Que sean cinco!
─
¡Yo digo quince!
Se tranzaron por diez años, en los que Jack continuó vagabundeando, estafando,
bebiendo y comiendo de pueblo en pueblo, a costa de los demás.
Cuando
se cumplió el plazo, el diablo se le apareció de nuevo bajo la primera luna
llena de octubre, en un campo de nabos.
─Vengo
por su alma.
Al
principio Jack se hizo el sorprendido.
─
¿De verdad han pasado diez años? Qué rápido pasa el tiempo.
El
diablo no estaba para bromas, ya había esperado bastante.
─Nos
vamos.
─
Ay diablo, esta noche no puedo y no por falta de voluntad sino de fuerza. Las
piernas me tiemblan, llevo semanas sin meterle al buche ni un grano de cebada
podrida. Vine a este campo a mendigar
algún sobrante y no hay más que tres manzanas en aquel árbol.
El diablo, severo, impaciente, de brazos
cruzados, miró las tres manzanas, estaban en lo más alto del árbol. Jack continuaba con su ayayay.
─Quizás…
si usted me hiciera la caridad de alcanzarlas yo me las comería y así podría
acompañarlo hasta su morada. Es el
último deseo de un moribundo, lo último que probaré en vida. Sé
que la caridad no es asunto del diablo, pero sí lo es cobrar una deuda. De
ninguna otra manera podría usted hacerme caminar hasta el infierno.
El
diablo se trepó al árbol y subió hasta la punta; mientras tanto, Jack, siempre
hábil de manos, talló con una piedra afilada una cruz en la corteza. El diablo le lanzó las tres manzanas y cuando
se fue a bajar, no pudo pisar tierra.
─
¿Qué ha hecho? ¿Por qué no puedo bajar?
─
Ahí está la cruz que se lo impide y ahí se va a quedar hasta que no prometa que
nunca, nunca pero nunca, volverá a pedirme el alma.
El
diablo lo prometió de mala gana y Jack vivió unos cuantos años más, hasta que
la bebida y la mala comida destrozaron su hígado y el espíritu de Jack ascendió
a la casa del Altísimo que no le abrió la puerta, por más que tocó y tocó. No tenía ni un solo mérito para entrar al
cielo.
Ya
no sentía ni hambre ni sed y de puro rencor arrancó un nabo de un huerto que
había cerca de las puertas del cielo, mordisqueó la parte blanda y se lo guardó
en el saco.
Comenzó
a descender al infierno, a paso lento en medio de una espesa oscuridad; a veces
el camino era resbaladizo, otras era como de escalones dispares y piedras que
craqueaban bajo sus pies. Cada vez veía menos, el viento susurraba palabras
necias en sus oídos; al fin chocó contra algo que parecía ser una puerta y tocó.
─Diablo
¿está ahí? Soy yo Jack. Vine a entregarle mi alma.
El diablo apareció y lo reconoció.
─
¿Desea usted entrar al infierno?
─
Si, lo pensé mejor y ya es tiempo. Quiero pagar mi deuda.
─Imposible,
prometí que nunca más volvería a reclamar su alma y cumpliré mi palabra.
─
No sea rencoroso diablo, si usted no me acepta, ¿a dónde iré?
─
Devuélvase por donde vino.
─Ese
camino es muy oscuro.

Jack, con sus manos temblando, sacó el nabo
que guardaba en su chaqueta y colocó en la parte hueca el carbón de luz, improvisando
una linterna; así comenzó a penar sin rumbo por los caminos del mundo, buscando
un lugar donde descansar que aún no encuentra.
La
leyenda de Jack dio origen a la costumbre de tallar nabos con su cara para
ahuyentar al diablo en la noche de
Samhain; la tradición llegó a los Estados Unidos con los inmigrantes
irlandeses que al no encontrar plantaciones de nabos, los cambiaron por
calabazas.
Fin.