lunes, 19 de octubre de 2015

La linterna de Jack, versión escrita por Abigail Truchsess.


LA LINTERNA DE JACK

Escrito por Abigail Truchsess

Ilustración de Skot Olsen.
Hacía mucho tiempo que los hijos de Danú, diosa de la estirpe divina de Irlanda, vivían ocultos de los humanos, escondidos bajo la superficie de los campos, en el nacimiento de los ríos, en el alma de las piedras y el corazón de los árboles. Eran los espíritus de la naturaleza que solo podían dejarse ver durante la primera luna llena de octubre, en la celebración de Samhain, conocida hoy en día como la fiesta de la cosecha o Halloween.   

Los familiares difuntos participaban de esta fiesta y sus amados vivos los recibían con banquetes en su honor…  Jack, embaucador de oficio y bebedor a tiempo completo, aprovechaba la ocasión para ir de puerta en puerta a saludar supuestos parientes, haciéndose pasar por muerto a pesar de estar muy vivo.

─ ¡Salud hijo!  Vengo de la fría tumba a festejar con vosotros. Soy el abuelo de tu abuelo, muerto en la guerra del mil y tantos.

De casa en casa iba llenando el buche, como el tío infartado del primo aquel o el hermano mayor desaparecido durante la inundación; hasta que llegaban los verdaderos espíritus de los abuelos, tíos del primo y hermanos desaparecidos, que lo sacaban a patadas. 

Una noche en la que sólo había recibido baldes de agua hirviendo y portazos, entró a un bar con el estómago estragado y la boca pastosa, gritando a todo pulmón:

─ ¡Vendería mi alma al diablo por un trago!
 
El diablo, que también tenía la noche franca, le respondió desde el rincón del bar donde se había sentado a beber una cerveza:

                        ─ Se conforma con poco compañero.
─Soy un hombre humilde. ─Le respondió Jack.
─ Quizás yo pueda ayudarlo a cumplir su deseo.

Jack que no tenía idea de con quien hablaba y tampoco le importaba, pensó:

─Al fin, el primer zoquete de la noche.

En dos brincos rodó una silla y se sentó junto a él.

─ Estoy quebrado, amigo. La buena fortuna no me ha querido nunca. Si usted me hiciera la caridad de darme una moneda para pagar un trago, se lo agradecería en la otra vida, porque en esta no puedo pagarle ni un centavo.
─ ¡Trato hecho!─Respondió el diablo.─ Usted acaba de venderme el alma.
─ ¡No me diga que es usted el diablo!

Por respuesta, el diablo se transformó ante sus ojos en una moneda de plata con la que Jack, ni tonto ni perezoso, fue hasta la barra y con golpe de ganador la colocó frente al cantinero.


─ ¡Una botella de whiskey!

 En cuanto el cantinero se dio la vuelta para servirle, Jack, con sus dedos hábiles, tomó de nuevo la moneda y se la guardó en el bolsillo, recibió su botella y salió corriendo a esconderse en el cementerio, donde bebió a sus anchas. 

A la mañana siguiente sintió que algo le pateaba en la cabeza y en el bolsillo. En la cabeza la resaca, en el bolsillo el diablo que no podía salir de ahí.

            ─ ¿Usted por qué molesta tan temprano?
─ ¡Sáqueme de aquí!─ Lo apremió el diablo.
─ ¿Qué? ¿No puede hacerlo usted mismo?

No, no podía, Jack cargaba puestos los pantalones del cura del pueblo, se los había robado días antes y por esa razón guardaba en su bolsillo una cruz bendita que le impedía al diablo transformarse de nuevo en diablo.

─ ¡Qué cara más chata!─Jack se burlaba.
─ ¡Qué me saque de aquí!─Insistía el diablo.
─No me hable golpeado.  
─Que me saque, le digo.
─Que no y que no, usted a mí no me da órdenes.

Hasta que al fin llegaron a un trato:
 
─Lo saco de ahí si usted jura no venir por mi alma en veinte años.

Y comenzó el regateo:

─ ¡Que sean cinco!  
─ ¡Yo digo quince!   
Se tranzaron por diez años, en los que Jack continuó vagabundeando, estafando, bebiendo y comiendo de pueblo en pueblo, a costa de los demás.  

Cuando se cumplió el plazo, el diablo se le apareció de nuevo bajo la primera luna llena de octubre, en un campo de nabos.

─Vengo por su alma.

Al principio Jack se hizo el sorprendido.

─ ¿De verdad han pasado diez años? Qué rápido pasa el tiempo.

El diablo no estaba para bromas, ya había esperado bastante.

─Nos vamos.
─ Ay diablo, esta noche no puedo y no por falta de voluntad sino de fuerza. Las piernas me tiemblan, llevo semanas sin meterle al buche ni un grano de cebada podrida.  Vine a este campo a mendigar algún sobrante y no hay más que tres manzanas en aquel árbol.

 El diablo, severo, impaciente, de brazos cruzados, miró las tres manzanas, estaban en lo más alto del árbol.  Jack continuaba con su ayayay.

─Quizás… si usted me hiciera la caridad de alcanzarlas yo me las comería y así podría acompañarlo hasta su morada.  Es el último deseo de un moribundo, lo último que probaré en vida.    Sé que la caridad no es asunto del diablo, pero sí lo es cobrar una deuda. De ninguna otra manera podría usted hacerme caminar hasta el infierno.

El diablo se trepó al árbol y subió hasta la punta; mientras tanto, Jack, siempre hábil de manos, talló con una piedra afilada una cruz en la corteza.  El diablo le lanzó las tres manzanas y cuando se fue a bajar, no pudo pisar tierra.

─ ¿Qué ha hecho?  ¿Por qué no puedo bajar?
─ Ahí está la cruz que se lo impide y ahí se va a quedar hasta que no prometa que nunca, nunca pero nunca, volverá a pedirme el alma. 

El diablo lo prometió de mala gana y Jack vivió unos cuantos años más, hasta que la bebida y la mala comida destrozaron su hígado y el espíritu de Jack ascendió a la casa del Altísimo que no le abrió la puerta, por más que tocó y tocó.  No tenía ni un solo mérito para entrar al cielo.

Ya no sentía ni hambre ni sed y de puro rencor arrancó un nabo de un huerto que había cerca de las puertas del cielo, mordisqueó la parte blanda y se lo guardó en el saco.
  
Comenzó a descender al infierno, a paso lento en medio de una espesa oscuridad; a veces el camino era resbaladizo, otras era como de escalones dispares y piedras que craqueaban bajo sus pies. Cada vez veía menos, el viento susurraba palabras necias en sus oídos; al fin chocó contra algo que parecía ser una puerta y tocó.

─Diablo ¿está ahí?  Soy yo Jack.  Vine a entregarle mi alma.

            El diablo apareció y lo reconoció.
 
─ ¿Desea usted entrar al infierno?
─ Si, lo pensé mejor y ya es tiempo. Quiero pagar mi deuda.
─Imposible, prometí que nunca más volvería a reclamar su alma y cumpliré mi palabra.
─ No sea rencoroso diablo, si usted no me acepta, ¿a dónde iré?
─ Devuélvase por donde vino.
─Ese camino es muy oscuro.

El diablo en son de burla, le lanzó un carbón encendido con fuego eterno del infierno y le cerró la puerta en las narices. Con la luz del carbón Jack descubrió aterrorizado lo que antes no había visto: Las escaleras por las que bajó estaban hechas con dientes de hombres rabiosos; el camino resbaladizo, con las lenguas de los mal hablados; las piedras con los cráneos de los envidiosos y el viento salía del aliento de los pedantes.

  Jack, con sus manos temblando, sacó el nabo que guardaba en su chaqueta y colocó en la parte hueca el carbón de luz, improvisando una linterna; así comenzó a penar sin rumbo por los caminos del mundo, buscando un lugar donde descansar que aún no encuentra.

La leyenda de Jack dio origen a la costumbre de tallar nabos con su cara para ahuyentar al diablo en la noche de Samhain; la tradición llegó a los Estados Unidos con los inmigrantes irlandeses que al no encontrar plantaciones de nabos, los cambiaron por calabazas.
  

Fin.