LEDESMA
Escrito por Abigail Truchsess
Dedicado
a los luchadores de causas perdidas.
El 28 de mayo de 1595 los vecinos de
Santiago de León de los Caracas fueron sorprendidos por una doble ráfaga de
balas de mosquete, descargadas desde la explanada de Cotiza. Con ojos
agrandados por el espanto, vieron además cómo se alzaba una bandera que tenía dibujado
en su centro un jabalí sobre un campo colorado.
Era la insignia del corsario inglés Amyas Preston.
¿Cómo llegó hasta ahí? Se preguntaban ¿Era acaso una pesadilla?
El día
anterior, Preston había desembarcado en el Puerto de la Guaira con un
contingente de quinientos hombres habituados a robar y matar. La mala nueva corrió
en boca de un par de indios asustados que logró escapar del ataque, atravesaron
la montaña y le dieron aviso al capitán Garci González de Silva.
De inmediato, González de Silva mandó
a hacer sonar las campanas de la Iglesia e hizo un llamado a todos los varones
mayores de catorce años, capaces de empuñar un arma para defender la ciudad. En
la madrugada, un ejército de trecientos cincuenta soldados entre los que se
contaban indios y negros esclavos, tomó el camino de los Castillitos hacia el Fuerte
en la Guaira, confiados en la geografía de la montaña para preparar una
emboscada.
Tarde fue cuando se enteraron de la
traición, nunca imaginaron que un mal español llamado Tomás de Villapando, había
guiado al inglés por el antiguo camino de los indios.
─ Mire bien, empieza ahí mismo─ le
dijo mascando una hoja de tabaco que luego escupió, apuntando con su índice la
montaña─, ahí donde nace el rio, sube por el picacho de Galipán y le entra a la
ciudad por el norte. Mis paisanos lo mandaron a tapiar para controlar la
entrada pero si su merced acepta, yo lo guió.
Un grumete le traducía a Preston que
escuchaba la propuesta midiendo cada palabra.
─ ¿Qué quiere a cambio?─mandó a
preguntar.
─Que los mate a toditos. ─Respondió el
hombre con saña.
Villapando tenía una deuda pendiente
con los vecinos de Caracas que lo habían condenado a vivir entre salvajes, fuera
de todo pueblo cristiano, por su afición a la astrología y la cura con
yerbas. En las barajas, que también
leía, había visto la figura de la muerte junto a la rueda de la fortuna y todo
parecía indicar que si se la jugaba bien, podría cobrarles a esos mojigatos su
condena. Así condujo a Preston y sus forajidos hasta el lugar donde ahora el
inglés contemplaba una ciudad desguarnecida.
─Es una moza virgen a sus pies. ─Le
dijo el brujo al corsario, avivando su codicia.
Mientras las aterrorizadas almas reunían
agua, harina, quesos y carne salada para huir al monte, Alonso Andrea de
Ledesma se decidió por buscar su armadura de hierros y aceros.
─No pierda el tiempo en tonterías─ le
reclamaba Catalina, su esposa─, ¿a quién le importa un cachivache viejo?
Ledesma había perdido la cuenta de
los muchos años que tenía viviendo en Santiago de León de los Caracas. Siendo apenas
un mozuelo, con el ánimo de los valientes, se embarcó en la aventura de la
conquista de América y acompañó a Don Diego de Losada en la fundación de la
ciudad.
─Vamos papá, deje eso. Salgamos
pronto de aquí. ─Le insistía su hija mayor, Francisca.
─Esos bandidos no tienen piedad. Si
nos encuentran nos matan. ─Le lloraba la menor, Josefa.
Porfiado en su quehacer, Ledesma no
escuchaba a las mujeres, se daba golpes en el coco, tratando de recordar dónde
era que había guardado la armadura y a su mente llegaban los mandamientos de un
cantar de gesta: “Honrar a la Iglesia, defender a los débiles, amar el país en
que naciste”.
Era natural de Zamora, un pueblo
español que lindaba con Portugal, pero fue en el continente descubierto por
Colón que aprendió a bregar y en la ciudad de Santiago de León donde sentó
familia.
─Es mi deber proteger la ciudad─. Les
respondió a las tres y salió hacia el establo para seguir buscando.
Ahí estaba, envuelta en trapos y comida
por el óxido. A los pocos días de arribar al Nuevo Mundo, en sus penosas
marchas por cordilleras, selvas, playas y pantanos, con las armas al lomo; bajo
un sol impetuoso o lluvias torrenciales, la dificultad para moverse le
convencieron de lo ridículo que era aquel armatoste en esta geografía y quedó
en “escaupil”.
El “escaupil” no era menos ridículo, tampoco era una prenda indecorosa,
pero sí muy vulgar. Iba del cuello a las rodillas, como un vestidote hecho de
cuero y grueso algodón; sin los pulidos hierros de la armadura, el flamante
guerrero lucía rechoncho.
¡A Dios gracias no hubo pintor que
los delatara!
Les servía para protegerse de las
flechas envenenadas con cicuta y como colchón para dormir en suelo de
piedra. Su única desventaja era el calor
que los abrasaba o el agua de lluvia que absorbía como esponja.
Vamos a estar claros, aquí el enemigo
no eran dragones, sino el clima y las bandadas de mosquitos, las sanguijuelas
que podían dejar a un mortal sin pie o las hormigas que al picar, le obligaban
a renegar de Dios y la madre que lo parió…
Más aquel día, no era el caso,
Preston era un infiel, un enemigo del Rey y no podía presentarse trajeado como
un cualquiera, debía acomodar con prontitud su armadura. Le sacudió el polvo y
trozos de acero, cuero y algodón cayeron al suelo. Catalina se asomó a la puerta del establo
como un pájaro de mal agüero.
─ Su armadura de caballero huele a
huevos podridos─ Le dijo.
─ Es por la humedad.
Ella conocía muy bien a su marido,
sabía que nada lo haría cambiar de opinión, con el corazón oprimido, se quitó
la mantilla con la que cubría sus cabellos, se acercó hasta él y envolvió los
hombros y el pecho de Alonso. También lo
ayudó a colocarle el peto, los brazales, las manoplas…
─Siento que lo estoy vistiendo para
su funeral.
─Váyase en paz mujer y cuide de
nuestras hijas. Cáselas bien y nunca descuide la fe.
Él le dio un beso en la frente antes
de ir por el casco y sus armas. Ella vio
un resplandor en los ojos de su marido, esa mirada de muchacho eterno que la
había enamorado y se despidió de él con una bendición, no pudo decirle adiós.
Alonso ensilló su viejo caballo, tan flaco y
desgarbado por la edad como él mismo y salió al trote en dirección a la Plaza.
Cuando llegó, lo único que escuchaba eran los cascos de su caballo, el silencio
se había apropiado del valle y tras una pausa de larguísimos segundos,
comenzaron a retumbar las zancadas de los bárbaros, sus gruñidos, aullidos y
disparos al aire.
Ledesma levantó su lanza y los espero, en su
mente volvían a reverberar aquellos mandamientos de gesta: “lucharas contra los
infieles, te mantendrás firme ante el enemigo...”
Amyas Preston iba a la cabecera,
montado sobre un caballo robado al que azotaba con furia, al ver a Ledesma se
detuvo en seco, su caballo se encabritó, casi lo tira al suelo… por un momento Preston
creyó ver a un fantasma o un ser sobrenatural y dio la voz de alto a sus
hombres. Villapando iba junto a él. .
Ledesma se presentó.
─ Escuchadme bien, perro del mar. Soy Alonso Andrea de Ledesma, súbdito de Felipe
II, Rey de Castilla y cofundador de Santiago de León de los Caracas. Hoy encuentras mi ciudad desguarnecida por
obra del felón que cabalga a tu lado, pero no habrás de conquistarla sin antes
enfrentarte a mis hierros.
Preston mandó a llamar al traductor
que tuvo que explicarle una y otra vez la declaración de Ledesma, al corsario
le parecía increíble que un solo hombre lo desafiara, él había crecido
escuchando las proezas del Rey Arturo y fue cómo hallar a un héroe perdido en
el tiempo.
─ ¡Peleen cobardes!─les gritaba Ledesma.
Mientras los azuzaba, golpeaba y acosaba con su lanza. ─ ¡Peleen!
El capitán inglés honró a su
oponente, peleando.
El primer disparo de mosquete le dio
en la pierna y el segundo en un brazo, las balas atravesaron el acero quebrado
por el óxido. Ledesma, heredero de
corazón fiero, se mantuvo firme sobre su caballo, clavó las espuelas y lanza en
ristre, arremetió contra el enemigo.
No logró alcanzarlo, recibió cuatro
disparos más, el último en el pecho lo tumbó al suelo.

Ledesma contaba setenta y cuatro años
cuando se enfrentó al corsario.
Villpanado también se acercó y soltó
una risotada:
─Viejo pendejo─ dijo entre dientes.
Preston le cerró los ojos a Ledesma y miró con
desprecio al bocón. Dio una nueva orden
a sus hombres que se lo llevaron a empujones a la montaña, ahí dejaron su
cuerpo colgado de un árbol para festín de las aves de rapiña, la carta del
diablo cayó de su bolsillo.
Don Alonso Andrea de Ledesma fue
enterrado en la Plaza Mayor, a lo lejos, escondidas junto a un grupo de vecinos
asustados, su esposa y sus dos hijas escucharon las detonaciones de cañón que
hicieran en su honor.
Durante seis días, el perro de Isabel
I de Inglaterra, saqueó la ciudad de Santiago de León de los Caracas, apenas encontró
algo de vino y sal. Un emisario español llegó
para negociar y él les exigió un tributo de quema de treinta mil ducados, los
españoles le ofrecieron tres mil lo cual resultó ofensivo a Preston, que
temiendo alguna emboscada de un ejército aliado, incendió la ciudad.
Zarpo desde Macuto, al anochecer,
rumbo a Coro.
Bajo el manto de estrellas hizo un último
tributo a Ledesma y curiosamente, recordó el último mandamiento de un antiguo
cantar de gestas: “En todo momento y lugar defenderás la Justicia y el Bien”.
Preston también tenía un código de
honor.