jueves, 28 de julio de 2016

La Leyenda del Beso Intrepido


La Leyenda del Beso Terrible o El Bello Desconocido es un cuento de aventuras de tradición oral que forma parte del conjunto de historias que componen la Materia de Bretaña.  Una de sus versiones más antiguas fue escrita en verso por Renaut de Beaojeu en el siglo XII. 
Esta es mi versión particular de la historia,  existe una más larga, pero esta es la que suelo contar en las presentaciones orales.
LA LEYENDA DEL BESO INTRÉPIDO:


A la corte del Rey Arturo había llegado la noticia: Lady Sindrayn, la reina de Gales, conocida por su belleza como la Esmeralda Rubia, había sido víctima de un temible encantamiento, obra del mago Mabón. 

Desde hacía mucho tiempo, él la deseaba para sí y ella que anhelaba amor más no poder, lo había rechazado en todas las oportunidades. En venganza, él la hechizó con magia negra y la convirtió en reina de la Ciudad Desolada.

El Rey Arturo anuncio a su gente que aquel que rescatara a la princesa sería nombrado caballero y ocuparía un puesto en la Mesa Redonda.  Se postuló un joven de origen desconocido y extraordinaria belleza a quien fue encomendada la aventura.

Los cuervos batieron sus alas veloces hasta el Castillo de Mármol donde vivía Mabón con la doncella, graznaron el decreto del Rey al mago, y él susurró tales y tan oscuras palabras a la hermosa Sindrayn que congeló su corazón.

─En muy poca estima ha de tenerte el Rey que envió por ti a un aspirante a caballero de dudoso linaje. 

Una furia helada se apropió de la doncella y le salieron escamas. 

El Bello Desconocido atravesó el Vado Peligroso, situado cerca del Castillo de las Reinas.  Tuvo que vencer primero a Blioberís, caballero cruel y traidor, descendiente de David y portador de armas inmejorables que guardaba el vado.   En siete años, ningún otro lo había logrado pero su proeza fue despreciada por la princesa, pues Mabón no cesaba de soplar veneno en sus oídos:

─Tu campeón es un cobarde.  Se enfrentó a Blioberís con trampas y argucias indignas de un buen caballero. Jamás ganará sus espuelas, ni llegará a ti.  

La rabia de la princesa era cada vez más grande, tan grande que superó su talla… creció descomunalmente y sus pies y sus manos se transformaron en garras. 

El valiente joven continuó sumando victorias: Libró a una gentil muchacha de un par de gigantes y salió vencedor de granados torneos.  Los trovadores comenzaron a cantar las hazañas del Bello Desconocido y su fama fue extendiéndose por toda Inglaterra. 

─Va escalando honras bobas, aún no alcanza la gloria, sigue siendo un pobre diablo sin padres, sin nombre. 

La Esmeralda Rubia aspiraba aquellas palabras que la inflaban y de su espalda brotaron como ortigas, portentosas alas. 

En una isla de mil aromas combatió al guardián del Castillo de Cristal del cual un hada de Manos Blancas era señora. Las cabezas cortadas de todos los que habían intentado entrar, estaban clavadas sobre grandes palos en una larga hilera, precediendo las puertas del lugar.    

Sin demostrar miedo, él enfrentó al caballero que protegía la entrada y lo derrotó. 

El hada de Manos Blancas apareció ante el muchacho y deslumbrada por la hermosura de su rostro, se le ofreció en matrimonio. Lo invitó a pasar la noche en su cama y a convertirse en dueño y señor de la Isla Dorada.

Guiado por el deber, el joven no aceptó y a la mañana siguiente, huyó.  Ni siquiera la belleza obsequiosa del hada o la riqueza que colocaba a sus pies, quebró su voluntad.

─Gozó de las delicias del hada y desapareció antes que el gallo cantara. ─Insistía Mabón con sus intrigas. ─ ¿Abandonarás tu Castillo de Mármol por un truhan?  ¿Dejarás de ser la Reina de la Ciudad Desolada para sentarte en la Mesa Redonda junto a un caballero sin honra?

Cuando El Bello Desconocido entró a la Ciudad Desolada, juglares muertos le dieron la bienvenida. Siguió de largo hacia el castillo de las mil ventanas, ahora sin luz y de las mil flores talladas, ahora marchitas. 

Saltó el foso que rodeaba al castillo y al cruzar sus puertas, grandes hachas le cortaron el paso. Entonces, un caballero gigantesco salió a su encuentro, tenía un cuerno en la frente e iba montado sobre un caballo que echaba fuego por la boca. 

Era Mabón.

Ambos levantaron sus lanzas, chocaron con estruendo espada y hachas. El hierro, chispeaba, se astillaba hasta que el joven logró cortar la cabeza del aterrador jinete y de su cuerpo no brotó sangre sino una pez humeante y putrefacta que inmundo el castillo.  

Mabón desapareció entre larvas.

Sumido en la más completa oscuridad, el novato entró en la sala principal buscando a Lady Sindrayn y allí estaba ella, metamorfoseada en un dragón de hielo con cola de garra.  

No la reconoció.

Ella lo atacó con bocanadas gélidas que congelaban todo a su alrededor; y él, ignorante del encantamiento, levantó su lanza decidido a combatir; sabía que debía hincar el vientre del engendro, donde las escamas son más débiles y el filo amolado en punta de plata, podía atravesarlas hasta llegar al corazón. 

Se hallaba cerca de lograrlo, pero sus ojos se encontraron con los ojos de la bestia, que eran color esmeralda. Como un rayo o un huracán quizás, la fuerza del destino tomó su alma en aquella mirada y se sintió derrotado. 

Arrojó su espada al vacío, espero entonces a que el horrible reptil se lanzara contra él y estaba por devorarlo, cuando se encontraron labio con labio.  Fue un beso dulce, jamás sentido, un beso tierno que llegó al frio corazón de la princesa con un aire tibio, rompiendo el hechizo.  

La batalla había acabado, hombre y mujer, entraron en un profundo sueño.

Mientras dormía, una voz venida desde muy lejos le confesó al Bello Desconocido su verdadero origen. Su nombre era Guinglaín y era hijo de Galván, uno de los caballeros más honorables de la de Mesa Redonda y del hada Helinor, quien había conservado en secreto su origen por miedo a la dura vida de los guerreros. Era ella quien ahora le hablaba.     

Fue así fue como el Bello Desconocido descubrió su legitima identidad.

Despertó al amanecer y la princesa Sindrayn estaba a su lado.

Él y ella se presentaron, pero sus nombres fue lo que menos importó a los amantes, que se habían reconocido en otras fronteras inesperadas para ellos.

La Ciudad Desolada volvió a la vida y Guinglaín regresó a Camelot con Sindrayn, donde ganó sus espuelas, fue nombrado Caballero de la Mesa Redonda y la desposó, convirtiéndose en Rey consorte de Gales.
Al tiempo se hizo leyenda, como el joven desconocido que había conquistado el amor de una reina por su beso intrépido.
fin