viernes, 21 de septiembre de 2018

Caperucita roja en el bosque del tiempo.


Caperucita en el bosque del tiempo:

Escrito por Abigail Truchsess 


De Pentecostés a la licantropía parece ser el viaje de Caperucita Roja. 

Este es uno de los cuentos pilares de la humanidad; según los investigadores la versión escrita más añeja data del año 1000 dC., y fue redactada en latín por un sacerdote llamado Egberto de Lieja, quien recogió algunas anécdotas de campesinos, probablemente francófonos, las tejió con símbolos cristianos  y compuso un libro titulado “Fecunda Ratis” ( La Nave Fecunda).

Little Red Riding Hood, 1810. Págs 1 y 2.  Biblioteca Pública de Londres.

“Lo que digo en el campo se cuenta de igual modo
Y no es tan sorprendente como digno de crédito
Al sacar de la Iglesia una niña de pila
Le regalaron una caperuza roja
La quinta quincuagésima se celebró el bautizo
Cuando al alba la niña cumplía cinco años
Después, mientras andaba sin cuidado ninguno
Le salió al paso un lobo que se la llevó al bosque
Y dejó por comida la presa a sus cachorros
Que la acosaron juntos y al no poder herirla
Mansamente empezaron a lamer su cabeza
­ No me rompáis ratones ­ dijo entonces la niña
­Esta caperuza que me regaló mi padrino.
Templa el Dios que los hizo, los destemplados ánimos”.

La “quinta quincuagésima” es el día de Pentecostés y era costumbre en la Edad Media bautizar a los niños este día o en diciembre, durante las festividades del nacimiento de Jesús. En ambas (incluso en la actualidad) se destaca el color rojo que es el color del “Espíritu Santo”,  y en este cuento rimado, la capa que le regala su padrino viene a ser un amuleto protector que acompaña a la niña, que se distrae en el camino, es cazada por una madre lobo que la lleva como alimento a sus cachorros hambrientos, y sin embargo, como hija de Dios ya reconocida gracias al bautismo, no sufre ningún daño:

(…) “Caminarás entre dragones y víboras,
Pisotearás cachorros y dragones.
Porque me ama lo libraré,
Lo protegeré porque me reconoce. (…)
Salmo 91

Durante los quinientos años siguientes Caperucita hace camino al andar en la tradición oral;  algunos investigadores  sostienen que llegó a Asia y Persia a través de la Ruta de la Seda y regresa de nuevo a Europa.

Little Red Riding Hood, 1810. Págs. 3 y 4.  Biblioteca Pública de Londres.

En 1697, dos años después de la muerte del fabulista La Fontaine, Charles Perrault publica “Cuentos de mamá Oca”; siguiendo quizás el patrón heredado del poeta, considerado además uno de los más grandes representantes del neoclasicismo francés, finalizó cada cuento con una moraleja que en el caso de Caperucita es una advertencia:

“(...) Hay algunos (lobos / hombres) corteses que sin ruido y sin hiel, complacientes y dulces siguen a las doncellas hasta su casa. Pero Ay ¿quién no sabe que los lobos melosos son los más peligrosos de todos? ”

Perrault  utiliza también las expresiones “acuéstate conmigo” y Caperucita “se desnudó y se metió en la cama” y acto seguido acontece el famoso diálogo que hemos repetido durante generaciones: Abuelita qué brazos, ojos, orejas y dientes tan grandes tienes, hasta que el lobo se come a la niña sin más demora.

No hay final feliz en esta historia y la narración que nace como un ejemplo espiritual de la protección del Padre, es ahora en el contexto del siglo XVII un alerta contra el depredador sexual que va tras la virginidad de las jóvenes.

Pasaron dos años para que los cuentos de Perrault fueran traducidos al inglés. 
La Biblioteca de  Londres conserva dos hermosos manuscritos del siglo XIX; el primero es de 1810, publicado en Londres y está escrito en verso (sus imagenes podemos apreciarlas repartidas a lo largo del texto). El segundo se calcula que fue  publicado en Wellington, aproximadamente en 1820, clasificado como de autor desconocido e ilustraciones de patrimonio público; sin embargo,  el texto es casi idéntico al de Perrault. 

En ambas versiones se mantiene el trágico final.

Little Red Riding Hood, 1810. Págs 5 y 6.  Biblioteca Pública de Londres.

Con los hermanos Grimm, la historia es un cuento de normas, de enseñanza para una niña que ya tiene edad como para  caminar sola por el bosque y hacer los mandados, siempre y cuando cumpla con algunas previsiones.  La madre le pide a Caperucita que le lleve torta y vino a su abuela y gira instrucciones: 

Prepárate antes de que haga mucho calor y cuando salgas ve con cuidado, no te apartes del sendero, (…)  Y cuando llegues, no te olvides de dar los buenos días y no te pongas a curiosear antes por todas las esquinas…” hecho muy natural y cotidiano cuando se está criando a un niño y se le prepara para que se desenvuelva socialmente sin mayores problemas.
 
Caperucita, como todo niño, se distrae, habla con el lobo, pierde tiempo contemplando flores y cuando llega a la casa de la abuela nota algo extraño.  El lobo aflauta su voz,  la invita a pasar, la vuelve a engañar y tras el diálogo más famoso de los cuentos de hadas, se la come.

Pero esta vez los hermanos Grimm brindan un final feliz: un cazador entra a la casa y las saca a la niña y su abuela de la barriga del lobo; Caperucita le pone piedras en la barriga y el lobo cae y muere. Tiempo más tarde, cuando otro lobo intenta engañarla, ella ya ha aprendido la lección y junto con su abuela lo enfrentan y le ganan. “Caperucita roja se fue muy feliz a casa y nadie le hizo daño”.      

¡Había aprendido la lección, ya podía salir sola de casa!


Little Red Riding Hood, 1810. Págs 7 y 8.   Biblioteca Pública de Londres.

Bruno Bettelheim, psicoanalista y psicólogo infantil, nacido en Austria en 1903, escribió el libro “Psicoanálisis de los cuentos de Hadas”, aunque fue seriamente criticado por sus contemporáneos hasta después de su muerte, sus teorías han sido de mucha influencia en el siglo XX.
 
Él afirma que “los cuentos de hadas transmiten  a los niños, de diversas maneras,  que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose al fin, victorioso.

¡Los cuentos de hadas nos enseñan a ser valientes!
 
Bettelheim analiza el cuento como una representación simbólica: cuando se lee o se cuenta a los niños se le están brindando “símbolos” que son el lenguaje del inconsciente, de los sueños y de un término muy bonito y muy actual: inteligencia emocional.
 
En el capítulo sobre Caperucita Roja, prefiere la versión de los hermanos Grimm a la de Perrault que deja el problema sin resolver, en estado de ansiedad, sin logro y destaca el proceso de madurez de la niña en la versión alemana, que se deja llevar por su necesidad de placer, oler, saborear, perderse en el bosque…hasta que el lobo se la come. Luego el cazador la regresa a la vida junto a su abuela, mucho más sabia y ella misma es quien hace que el lobo trague las piedras.

Su paso por la barriga del lobo lo compara con el viaje al infierno, al paso por la muerte; es la transformación interna y posible: El nacer dos veces, la resurrección que nos hace más sabios y más fuertes ante la realidad; e interpreta la narración como una historia de iniciación sexual, de pérdida de la virginidad antes de tiempo que luego,  y sin proponérselo, ha dado pie a las delicias del cine comercial que utiliza el sexo, el miedo y la violencia como banderas que aseguran la taquilla.

Aquí tenemos una nueva connotación para el color rojo, como el color de la sexualidad, la menstruación...   En la antigüedad, el rojo, el negro y el blanco fueron los primeros tintes que produjo el hombre, son la paleta cromática de las cavernas y la combinación rojo, blanco y negro está presente en infinidad de cuentos maravillosos; Blanca Nieves es blanca como la nieve, con cabellos negros como la caoba y labios rojos como la sangre. 

Little Red Riding Hood, 1810. Págs 9 y 10.  Biblioteca Pública de Londres.

Para los semiólogos cada color conduce a un significado que corre paralelo a las ideologías de cada época. Las razones de nuestros ancestros fueron muy sencillas, en medios campesinos era muy frecuente que el mejor vestido fuese rojo por ser el más llamativo, el más bonito, el que más destacaba. Hasta el siglo XIX las novias se casaban vestidas de rojo.

El rojo era el color de la consagración a la sangre de Cristo y los papas vestían de rojo. Con la Reforma, los protestantes denigraron del color arguyendo una frase de la Biblia en el libro del  Apocalipsis que dice: “la prostituta de Babilonia viste de rojo”; sin embargo, sigue siendo el color del Espíritu Santo y de la Navidad, de las fiestas, de los teatros y también por eventos históricos de sindicatos, guerras y banderas, del comunismo. 

En 1979 Ángela Carter (1940-1992)  publica “La Cámara sangrienta”, un excelente libro de relatos góticos en los que toma las tramas de los cuentos de hadas y nos los vuelve a contar bajo su mirada feminista; logrando además, una combinación dinamita de terror y sensualidad.  En los cuentos Licantropía y En compañía de lobos funde las supersticiones de los hombres-lobo con el cuento de Caperucita y aunque el personaje del lobo es un animal humanizado y la licantropía es ajena al relato en sus orígenes, fluye con naturalidad, se hace creíble,  al leerla una piensa ¡por qué no se me ocurrió a mí! 

Entre las más recientes interpretaciones del cuento nos encontramos con “La chica de la capa roja”, película dirigida por Chatherine Hardwicke y la serie  Once upon a time”, ambas del 2011.  En estas historias la capa vuelve a ser un amuleto que ahora protege a la chica de su propia transformación.  

¡Ella es la loba!

Little Red Riding Hood, 1810. Págs 11 y 12.  Biblioteca Pública de Londres.
Y es que existen mil y un versiones de Caperucita, en literatura, arte, cine, video juegos, etc.,  relecturas subjetivas que se van adecuando a los tiempos, unas más profundas que otras, más defendibles, autores que hablan del lado salvaje, instintivo de todo ser humano y encuentran en ella un personaje arquetípico en el que pueden proyectar la idea.

Ahora bien, como una vez me dijo un estudiante “estamos leyendo ideas recicladas”, si, se están haciendo conjeturas sobre las interpretaciones de otros y he ahí donde hay que ir con cuidado.
 
La literatura debe ser vivencial.

El poder de estos cuentos lo sientes cuando lees y experimentas en carne propia su LECTURA (así en mayúsculas, porque el cine ya es de por sí una lectura de otro); las distorsiones por supuestas verdades que tienen más de emotividad que de realidad son muy frecuentes en este siglo dominado por mileniales, y por esa razón, hoy más que nunca,  no hay que perder de vista los orígenes, los conceptos primarios que guiaron a estos cuentos que seguirán siendo contados por siempre. 

Abigail Truchsess.

jueves, 30 de agosto de 2018

LA ASTUCIA FEMENINA EN EL CUENTO DE BARBA AZUL

LA ASTUCIA FEMENINA EN EL CUENTO DE BARBA AZUL
  
escrito por Abigail Truchsess



Qué sería de nuestras interpretaciones del cuento de Barba Azul si Charles Perrault no nos hubiese condicionado con su moraleja: “La curiosidad pese a sus atractivos, causa a menudo muchos pesares…” ¿Mantendríamos la misma óptica del castigo a la curiosidad femenina como uno de los temas claves de la narración?

“Cuentos de mamá Oca” se publica en 1627 y el autor aclara que los hombres de su época no son ni tan celosos ni tan exigentes como los de estos cuentos de antaño y lo aleja mucho más de su presente al caracterizarlo como extranjero.

Aunque no lo dice en el texto, se puede deducir que Barba Azul no era francés: cuando amenaza de muerte a su esposa se arma de “una enorme cimitarra” siendo este tipo de sable el genérico para identificar aquellos de hoja curva, originarios del Medio Oriente; y en las ilustraciones de los primeros libros, solemos ver al temible personaje caracterizado con turbantes y adornos de perlas, piedras preciosas, oro y demás atavíos propios de dicha cultura, incluyendo una barba  muy larga,  puntiaguda o cuadrada.

Charles Perrault dedica su libro a la nieta más joven de Luis XIV. ¿Qué le quería enseñar el autor a la pequeña princesa?     ¿Consideraba Perrault la curiosidad de mal gusto e inapropiada para las señoritas de la corte? ¿Quería evitarle un mal rato a la niña?  ¿O no deseaba delatarse ante sus contemporáneos al denunciar una aristocracia entregada a los placeres más abominables?

Unos doscientos años antes (1440) un aristócrata francés llamado Gilles de Reis (barón de Reis) fue sentenciado a la horca por “adorar y hacer sacrificios a los espíritus, invocarlos y alentar a otros que los invocasen, desear hacer un pacto con dichos espíritus malignos y por medios de ellos, poseer y recibir conocimientos, poder y riquezas” ; más su fama se debió a presuntos crímenes sexuales con niños y niñas.
 
Gilles de Reis fue comandante supremo de los ejércitos franceses, batalló junto a Juana de Arco y desempeñó un valeroso papel en la guerra contra Inglaterra. Fue uno de los nobles más acaudalados de Europa y estuvo casado con una única mujer, Catherine de Thouars quien era también heredera de una inmensa fortuna; el proceso en su contra se inició cuando el sacerdote Jean le Ferron, hermano del tesorero de Bretaña, fue a tomar posesión de uno de los castillos de Gilles, él le negó la entrada y lo hizo apalear y encarcelar.

El hecho sirvió de excusa para llevarlo a tribunales con el apoyo de la Inquisición y así confiscar sus tierras sin invertir un solo centavo.  

El proceso civil duró cinco días y Gilles de Reis fue torturado hasta que prometió confesar voluntaria y libremente. 

Admitió todos los cargos presentados en su contra y declaró que había disfrutado de los mencionados vicios. Al morir, su cuerpo  fue recogido por sus familiares y enterrado en una iglesia carmelita. 

Por los asesinatos y la ostentosa fortuna se le compara con el personaje de Barba Azul aunque no hay más elementos coincidentes.

Existe otra leyenda del siglo VI, entreverada con personajes de la historia medieval de Bretaña.  Se trata de Comorre, conde de Cornualles, conocido también como Cunmar el maldito pues se decía que había decapitado a cada una de sus esposas al momento de quedar embarazadas. Él pone sus ojos en la hermosa Trifina, joven de origen noble, hija del conde de Guerrok y pide la intermediación de Gildas (Santo muy popular en la Edad Media) para pedirla en matrimonio. El acuerdo se establece a favor de la paz de los condados y respeto a la integridad de la novia.
 
Un día…

Trifina entra a la capilla ancestral de Comorre y es advertida por los fantasmas ensangrentados de las esposas y al quedar embarazada, observa el cambio de ánimo de su marido, da aviso a su padre  y huye, pero Comorre se adelanta al duque y la decapita. El padre encuentra el cadáver y prohíbe el enterramiento, busca a Gildas y  juntos van al castillo de Comorre donde Gildas ora y las paredes caen, tapiando al malhechor.  Luego, en una ceremonia cristiana, devuelve la cabeza al cuerpo de Trifina y ella resucita, lleva a término el embarazo, nace su hijo y dedica el resto de sus días a Dios.
 

De Trifina no hay reliquias que certifiquen su existencia, su historia se cuenta como uno de los tantos milagros de la vida de San Gildas (de quien sí existen reliquias  repartidas en varias capillas de Europa) ; aunque a ella se le reza como protectora de los recién nacidos y al parecer, en la Iglesia de San Nicolás des Eaux, en Bretaña hay un conjunto de frescos muy significativos, uno en el cual Comorre le entrega unas llaves y otro de Trifina con los fantasmas de las esposas en la sala de los ancestros. Si la referencia de los frescos en la iglesia de San Nicolás es cierta, estamos ante dos motivos claves que la acercan al cuento de Barba Azul además de la confirmación y evidencia del crimen y castigo al asesino.  

Otra de las historias que se relaciona con este cuento es el Libro de Judit, escrita por un autor anónimo, en el siglo II AC.

El ejército de Holofernes había cercado el manantial al pie del monte de Betulia para obligar a los israelitas a entregar la ciudad. Acosados por el hambre y la sed, los israelitas ruegan a Dios y dicen que se entregaran en cuatro días si no les manda un milagro.  

Aparece entonces Judit, viuda de Manasés, mujer reconocida por su inteligencia que indignada les reclama a los jerarcas que no hacen nada por sí mismos y en cambio ponen a prueba a Dios, exigiendo un milagro.  Ella tiene un plan,  durante cuatro días se presenta ante Holofernes, ataviada con sus mejores ropajes y logra seducir al invasor extranjero con su belleza y don de palabra; la última noche antes del plazo para la entrega de la ciudad, cena con él, que arde en deseos por ella y embelesado bebe vino como nunca antes en toda su vida, hasta que se queda dormido. Ella le corta la cabeza y se la lleva en una bolsa.  Ordena que sea colgada en las almenas de la muralla que rodea la ciudad para que sea vista al amanecer.  

Como motivos coincidentes tenemos a una mujer inteligente que vence al enemigo, en los tres casos extranjero, todo poderoso, grande y fuerte, que genera temor; la victoria se consuma en la noche con un amanecer triunfal. En el cuento leemos “Barba Azul regresó de su viaje aquella misma noche…”  que es cuando llegan los hermanos y le dan muerte. El amanecer es el final feliz para la viuda que hereda la gran fortuna del difunto; en la leyenda de Trifina la resurrección gracias al milagro de San Gildas y en el libro de Judith, la cabeza de Holofernes sobre las almenas.  

La curiosidad femenina es otro motivo, pero no como “causa de pesar”.

Los hermanos Grimm escribieron una versión de “Barba Azul” y dos cuentos más de temas similares, “El novio ladrón” y “El pájaro emplumado”, en las que se destaca la curiosidad y la inteligencia como rasgos de personalidad de las protagonistas, nunca como castigo.

En todas las versiones, incluso las de los hermanos Grimm, hay sospechas, cuando no, certezas, de la naturaleza oscura del  pretendiente.  Perrault escribe: “Lo que tampoco les gustaba era que se había casado ya con varias mujeres y no se sabía qué había sido de ellas…”  y las recién casadas inician su vida marital bajo la sombra del peligro (lo cual puede ser muy atractivo…). Ninguna entra completamente a ciegas a la cueva del depredador y lo que marca la diferencia entre las mujeres asesinadas y las protagonistas de cada una de estas narraciones es su inteligencia (prudencia o astucia) al momento de enfrentarlo.

La última esposa de Barba Azul demora la acción, dando tiempo a que lleguen sus hermanos (situación grandiosamente escrita por Perrault); Trifina es quizás la más vapuleada, su leyenda se debe interpretar bajo códigos cristianos. Ella también da aviso a su padre antes de ser decapitada, luego Gildas hace el milagro y Trifina renace para convertirse en santa. En Judith su astucia es evidente.   

Entonces ¿por qué juzgar a una mujer que entra en un terreno (castillo, campamento, casa en el bosque, etc.) al que nadie más se atreve a entrar y delata a un asesino? 
  
Una moraleja más pertinente podría ser: Señoritas no se dejen cegar por el lujo y la fortuna de los hombres, pueden hallarse frente a la puerta del infierno; ahora bien, si la encuentras, no tengas miedo, se prudente, actúa con inteligencia, en la astucia está la clave de tu salvación. 

Abigail Truchsess.    


lunes, 6 de febrero de 2017

EL MUNDO APÁTRIDA DE LOS CUENTOS

EL EXTRAORDINARIO MUNDO APATRIDA
DE LOS CUENTOS TRADICIONALES

Parece una contradicción ubicar las palabras “apátrida” y “tradicional” en la misma oración, pero no lo es; los cuentos y muy destacadamente, los cuentos de la tradición oral, los más longevos, son apátridas, migratorios, miméticos, nómadas, permeables,universales, como todo el arte.  Si fuese posible detectar su ADN, el ingenuo investigador se encontraría ante un espiral tejido con hilos de millones de arañas… ancestrales.

Quizás logre decantar algunas características particulares, pero las tramas, el nudo central, llámese también conflicto humano básico, se presenta igual y se resuelve igual.  Los niños perdidos regresan a casa, la joven humillada se descubre, así como aquella que fue metamorfoseada en rana, tortuga o chango.  Blanca Nieves, Cenicienta, Blanca Flor, Jack, Caperucita, Hansel y Gretel, Bella y Bestia, Hércules, Ulises, Prometeo o Aquiles, por citar solo algunos personajes de cuentos y mitos clásicos, tienen sus equivalentes en todas las culturas, en Egipto, África, China, Japón, Gran Bretaña, Irlanda, Arabia Saudita y América Latina, donde, si bien la conquista le abrió la puerta a todas estas historias a través de España, nuestros primeros pobladores ya tenían historias con elementos comunes a las del viejo continente.

¿Acaso el hombre se hace las mismas preguntas? ¿Imaginamos todos igual?  Carl Jung trató de explicarlo y es bastante conocida su teoría del inconsciente colectivo, ese espacio de la mente en el que bullen los recuerdos comunes a todo ser humano.
 
Lo difícil y grandioso de esta aldea imaginaria, es que no se puede generalizar, no existe delimitación; ni la geografía, ni las guerras, ni las conquistas, ni siquiera las diferentes lenguas han sido obstáculo para su constante fluir. 

¡Nada más diverso y al mismo tiempo que nos haga más iguales, que los cuentos!

Las emociones básicas, amor, miedo, rabia y tristeza; los eventos comunes, nacimiento, iniciación a la vida adulta, pareja, familia, trabajo, fortuna, muerte, nos conciernen a todos y las historias giran a su alrededor.

Ilustración de Tatiana Hauptmann. 
¡Apátridas!¡Apátridas! con cuánta vehemencia escuchamos los venezolanos estás palabras, pronunciadas por el difunto líder Hugo Chávez Frías. ¡Apátridas! como calificativo de hombre abominable que no quiere a su país y de Perogrullo, tampoco a su mamá; sin embargo, es hoy en día una condición sanadora y muy propicia en estos tiempos donde el resurgimiento de ideales nacionalistas (Brexit, Trump y el muro, Trump y el veto a los musulmanes, Le Pen en Francia, voces acomodaticias que giran en torno a seguidores en las redes y el voto popular) pautan el retroceso de la sociedad.

Debemos volver, sí, pero al lado contrario, a la ilimitada aldea imaginaria de los cuentos, donde nativo y extranjero están igual de perdidos en su aventura hacia un final feliz.  Debemos volver a un mundo sin fronteras, de respeto y tolerancia, a la armonía en los contrastes; un regreso a los valores espirituales, tan devaluados en la actualidad y a todo aquello que hace del ser humano, más humano. 

En “Las mil y una noches” después que el Sultán Schariar absuelve a Sheherazade de su condena, la frase final dice: “ningún hecho desagradable volvió a turbar la paz del próspero reino”.   ¿No es eso lo que todos queremos, paz y prosperidad?   ¿Justicia y esperanza?

Si me preguntan ¿Eres apátrida? Pues sí, soy apátrida con todo orgullo, doy mi voz y mi voto por un mundo apátrida.

Abigail Truchsess

jueves, 28 de julio de 2016

La Leyenda del Beso Intrepido


La Leyenda del Beso Terrible o El Bello Desconocido es un cuento de aventuras de tradición oral que forma parte del conjunto de historias que componen la Materia de Bretaña.  Una de sus versiones más antiguas fue escrita en verso por Renaut de Beaojeu en el siglo XII. 
Esta es mi versión particular de la historia,  existe una más larga, pero esta es la que suelo contar en las presentaciones orales.
LA LEYENDA DEL BESO INTRÉPIDO:


A la corte del Rey Arturo había llegado la noticia: Lady Sindrayn, la reina de Gales, conocida por su belleza como la Esmeralda Rubia, había sido víctima de un temible encantamiento, obra del mago Mabón. 

Desde hacía mucho tiempo, él la deseaba para sí y ella que anhelaba amor más no poder, lo había rechazado en todas las oportunidades. En venganza, él la hechizó con magia negra y la convirtió en reina de la Ciudad Desolada.

El Rey Arturo anuncio a su gente que aquel que rescatara a la princesa sería nombrado caballero y ocuparía un puesto en la Mesa Redonda.  Se postuló un joven de origen desconocido y extraordinaria belleza a quien fue encomendada la aventura.

Los cuervos batieron sus alas veloces hasta el Castillo de Mármol donde vivía Mabón con la doncella, graznaron el decreto del Rey al mago, y él susurró tales y tan oscuras palabras a la hermosa Sindrayn que congeló su corazón.

─En muy poca estima ha de tenerte el Rey que envió por ti a un aspirante a caballero de dudoso linaje. 

Una furia helada se apropió de la doncella y le salieron escamas. 

El Bello Desconocido atravesó el Vado Peligroso, situado cerca del Castillo de las Reinas.  Tuvo que vencer primero a Blioberís, caballero cruel y traidor, descendiente de David y portador de armas inmejorables que guardaba el vado.   En siete años, ningún otro lo había logrado pero su proeza fue despreciada por la princesa, pues Mabón no cesaba de soplar veneno en sus oídos:

─Tu campeón es un cobarde.  Se enfrentó a Blioberís con trampas y argucias indignas de un buen caballero. Jamás ganará sus espuelas, ni llegará a ti.  

La rabia de la princesa era cada vez más grande, tan grande que superó su talla… creció descomunalmente y sus pies y sus manos se transformaron en garras. 

El valiente joven continuó sumando victorias: Libró a una gentil muchacha de un par de gigantes y salió vencedor de granados torneos.  Los trovadores comenzaron a cantar las hazañas del Bello Desconocido y su fama fue extendiéndose por toda Inglaterra. 

─Va escalando honras bobas, aún no alcanza la gloria, sigue siendo un pobre diablo sin padres, sin nombre. 

La Esmeralda Rubia aspiraba aquellas palabras que la inflaban y de su espalda brotaron como ortigas, portentosas alas. 

En una isla de mil aromas combatió al guardián del Castillo de Cristal del cual un hada de Manos Blancas era señora. Las cabezas cortadas de todos los que habían intentado entrar, estaban clavadas sobre grandes palos en una larga hilera, precediendo las puertas del lugar.    

Sin demostrar miedo, él enfrentó al caballero que protegía la entrada y lo derrotó. 

El hada de Manos Blancas apareció ante el muchacho y deslumbrada por la hermosura de su rostro, se le ofreció en matrimonio. Lo invitó a pasar la noche en su cama y a convertirse en dueño y señor de la Isla Dorada.

Guiado por el deber, el joven no aceptó y a la mañana siguiente, huyó.  Ni siquiera la belleza obsequiosa del hada o la riqueza que colocaba a sus pies, quebró su voluntad.

─Gozó de las delicias del hada y desapareció antes que el gallo cantara. ─Insistía Mabón con sus intrigas. ─ ¿Abandonarás tu Castillo de Mármol por un truhan?  ¿Dejarás de ser la Reina de la Ciudad Desolada para sentarte en la Mesa Redonda junto a un caballero sin honra?

Cuando El Bello Desconocido entró a la Ciudad Desolada, juglares muertos le dieron la bienvenida. Siguió de largo hacia el castillo de las mil ventanas, ahora sin luz y de las mil flores talladas, ahora marchitas. 

Saltó el foso que rodeaba al castillo y al cruzar sus puertas, grandes hachas le cortaron el paso. Entonces, un caballero gigantesco salió a su encuentro, tenía un cuerno en la frente e iba montado sobre un caballo que echaba fuego por la boca. 

Era Mabón.

Ambos levantaron sus lanzas, chocaron con estruendo espada y hachas. El hierro, chispeaba, se astillaba hasta que el joven logró cortar la cabeza del aterrador jinete y de su cuerpo no brotó sangre sino una pez humeante y putrefacta que inmundo el castillo.  

Mabón desapareció entre larvas.

Sumido en la más completa oscuridad, el novato entró en la sala principal buscando a Lady Sindrayn y allí estaba ella, metamorfoseada en un dragón de hielo con cola de garra.  

No la reconoció.

Ella lo atacó con bocanadas gélidas que congelaban todo a su alrededor; y él, ignorante del encantamiento, levantó su lanza decidido a combatir; sabía que debía hincar el vientre del engendro, donde las escamas son más débiles y el filo amolado en punta de plata, podía atravesarlas hasta llegar al corazón. 

Se hallaba cerca de lograrlo, pero sus ojos se encontraron con los ojos de la bestia, que eran color esmeralda. Como un rayo o un huracán quizás, la fuerza del destino tomó su alma en aquella mirada y se sintió derrotado. 

Arrojó su espada al vacío, espero entonces a que el horrible reptil se lanzara contra él y estaba por devorarlo, cuando se encontraron labio con labio.  Fue un beso dulce, jamás sentido, un beso tierno que llegó al frio corazón de la princesa con un aire tibio, rompiendo el hechizo.  

La batalla había acabado, hombre y mujer, entraron en un profundo sueño.

Mientras dormía, una voz venida desde muy lejos le confesó al Bello Desconocido su verdadero origen. Su nombre era Guinglaín y era hijo de Galván, uno de los caballeros más honorables de la de Mesa Redonda y del hada Helinor, quien había conservado en secreto su origen por miedo a la dura vida de los guerreros. Era ella quien ahora le hablaba.     

Fue así fue como el Bello Desconocido descubrió su legitima identidad.

Despertó al amanecer y la princesa Sindrayn estaba a su lado.

Él y ella se presentaron, pero sus nombres fue lo que menos importó a los amantes, que se habían reconocido en otras fronteras inesperadas para ellos.

La Ciudad Desolada volvió a la vida y Guinglaín regresó a Camelot con Sindrayn, donde ganó sus espuelas, fue nombrado Caballero de la Mesa Redonda y la desposó, convirtiéndose en Rey consorte de Gales.
Al tiempo se hizo leyenda, como el joven desconocido que había conquistado el amor de una reina por su beso intrépido.
fin

domingo, 22 de noviembre de 2015

LEDESMA escrito por Abigail Truchsess

LEDESMA

Escrito por Abigail Truchsess

Dedicado a los luchadores de causas perdidas.

El 28 de mayo de 1595 los vecinos de Santiago de León de los Caracas fueron sorprendidos por una doble ráfaga de balas de mosquete, descargadas desde la explanada de Cotiza. Con ojos agrandados por el espanto, vieron además cómo se alzaba una bandera que tenía dibujado en su centro un jabalí sobre un campo colorado.  Era la insignia del corsario inglés Amyas Preston.


 ¿Cómo llegó hasta ahí?  Se preguntaban ¿Era acaso una pesadilla?

  El día anterior, Preston había desembarcado en el Puerto de la Guaira con un contingente de quinientos hombres habituados a robar y matar. La mala nueva corrió en boca de un par de indios asustados que logró escapar del ataque, atravesaron la montaña y le dieron aviso al capitán Garci González de Silva. 



De inmediato, González de Silva mandó a hacer sonar las campanas de la Iglesia e hizo un llamado a todos los varones mayores de catorce años, capaces de empuñar un arma para defender la ciudad. En la madrugada, un ejército de trecientos cincuenta soldados entre los que se contaban indios y negros esclavos, tomó el camino de los Castillitos hacia el Fuerte en la Guaira, confiados en la geografía de la montaña para preparar una emboscada.

Tarde fue cuando se enteraron de la traición, nunca imaginaron que un mal español llamado Tomás de Villapando, había guiado al inglés por el antiguo camino de los indios.  

─ Mire bien, empieza ahí mismo─ le dijo mascando una hoja de tabaco que luego escupió, apuntando con su índice la montaña─, ahí donde nace el rio, sube por el picacho de Galipán y le entra a la ciudad por el norte. Mis paisanos lo mandaron a tapiar para controlar la entrada pero si su merced acepta, yo lo guió

Un grumete le traducía a Preston que escuchaba la propuesta midiendo cada palabra.

─ ¿Qué quiere a cambio?─mandó a preguntar. 
─Que los mate a toditos. ─Respondió el hombre con saña.

Villapando tenía una deuda pendiente con los vecinos de Caracas que lo habían condenado a vivir entre salvajes, fuera de todo pueblo cristiano, por su afición a la astrología y la cura con yerbas.   En las barajas, que también leía, había visto la figura de la muerte junto a la rueda de la fortuna y todo parecía indicar que si se la jugaba bien, podría cobrarles a esos mojigatos su condena. Así condujo a Preston y sus forajidos hasta el lugar donde ahora el inglés contemplaba una ciudad desguarnecida.   

─Es una moza virgen a sus pies. ─Le dijo el brujo al corsario, avivando su codicia.

Mientras las aterrorizadas almas reunían agua, harina, quesos y carne salada para huir al monte, Alonso Andrea de Ledesma se decidió por buscar su armadura de hierros y aceros.

─No pierda el tiempo en tonterías─ le reclamaba Catalina, su esposa─, ¿a quién le importa un cachivache viejo?

Ledesma había perdido la cuenta de los muchos años que tenía viviendo en Santiago de León de los Caracas. Siendo apenas un mozuelo, con el ánimo de los valientes, se embarcó en la aventura de la conquista de América y acompañó a Don Diego de Losada en la fundación de la ciudad.

─Vamos papá, deje eso. Salgamos pronto de aquí. ─Le insistía su hija mayor, Francisca.
─Esos bandidos no tienen piedad. Si nos encuentran nos matan. ─Le lloraba la menor, Josefa.

Porfiado en su quehacer, Ledesma no escuchaba a las mujeres, se daba golpes en el coco, tratando de recordar dónde era que había guardado la armadura y a su mente llegaban los mandamientos de un cantar de gesta: “Honrar a la Iglesia, defender a los débiles, amar el país en que naciste”.
Era natural de Zamora, un pueblo español que lindaba con Portugal, pero fue en el continente descubierto por Colón que aprendió a bregar y en la ciudad de Santiago de León donde sentó familia.  

─Es mi deber proteger la ciudad─. Les respondió a las tres y salió hacia el establo para seguir buscando.  
Ahí estaba, envuelta en trapos y comida por el óxido. A los pocos días de arribar al Nuevo Mundo, en sus penosas marchas por cordilleras, selvas, playas y pantanos, con las armas al lomo; bajo un sol impetuoso o lluvias torrenciales, la dificultad para moverse le convencieron de lo ridículo que era aquel armatoste en esta geografía y quedó en “escaupil”.
El “escaupil” no era menos ridículo, tampoco era una prenda indecorosa, pero sí muy vulgar. Iba del cuello a las rodillas, como un vestidote hecho de cuero y grueso algodón; sin los pulidos hierros de la armadura, el flamante guerrero lucía rechoncho. 
¡A Dios gracias no hubo pintor que los delatara!
Les servía para protegerse de las flechas envenenadas con cicuta y como colchón para dormir en suelo de piedra.  Su única desventaja era el calor que los abrasaba o el agua de lluvia que absorbía como esponja.
Vamos a estar claros, aquí el enemigo no eran dragones, sino el clima y las bandadas de mosquitos, las sanguijuelas que podían dejar a un mortal sin pie o las hormigas que al picar, le obligaban a renegar de Dios y la madre que lo parió…
Más aquel día, no era el caso, Preston era un infiel, un enemigo del Rey y no podía presentarse trajeado como un cualquiera, debía acomodar con prontitud su armadura. Le sacudió el polvo y trozos de acero, cuero y algodón cayeron al suelo.   Catalina se asomó a la puerta del establo como un pájaro de mal agüero.

─ Su armadura de caballero huele a huevos podridos─ Le dijo.
─ Es por la humedad.

Ella conocía muy bien a su marido, sabía que nada lo haría cambiar de opinión, con el corazón oprimido, se quitó la mantilla con la que cubría sus cabellos, se acercó hasta él y envolvió los hombros y el pecho de Alonso.  También lo ayudó a colocarle el peto, los brazales, las manoplas…

─Siento que lo estoy vistiendo para su funeral.
─Váyase en paz mujer y cuide de nuestras hijas. Cáselas bien y nunca descuide la fe.

Él le dio un beso en la frente antes de ir por el casco y sus armas.  Ella vio un resplandor en los ojos de su marido, esa mirada de muchacho eterno que la había enamorado y se despidió de él con una bendición, no pudo decirle adiós.
 Alonso ensilló su viejo caballo, tan flaco y desgarbado por la edad como él mismo y salió al trote en dirección a la Plaza. Cuando llegó, lo único que escuchaba eran los cascos de su caballo, el silencio se había apropiado del valle y tras una pausa de larguísimos segundos, comenzaron a retumbar las zancadas de los bárbaros, sus gruñidos, aullidos y disparos al aire.
 Ledesma levantó su lanza y los espero, en su mente volvían a reverberar aquellos mandamientos de gesta: “lucharas contra los infieles, te mantendrás firme ante el enemigo...”
Amyas Preston iba a la cabecera, montado sobre un caballo robado al que azotaba con furia, al ver a Ledesma se detuvo en seco, su caballo se encabritó, casi lo tira al suelo… por un momento Preston creyó ver a un fantasma o un ser sobrenatural y dio la voz de alto a sus hombres.  Villapando iba junto a él. .

Ledesma se presentó.

─ Escuchadme bien, perro del mar.  Soy Alonso Andrea de Ledesma, súbdito de Felipe II, Rey de Castilla y cofundador de Santiago de León de los Caracas.   Hoy encuentras mi ciudad desguarnecida por obra del felón que cabalga a tu lado, pero no habrás de conquistarla sin antes enfrentarte a mis hierros. 

Preston mandó a llamar al traductor que tuvo que explicarle una y otra vez la declaración de Ledesma, al corsario le parecía increíble que un solo hombre lo desafiara, él había crecido escuchando las proezas del Rey Arturo y fue cómo hallar a un héroe perdido en el tiempo.

─ ¡Peleen cobardes!─les gritaba Ledesma. Mientras los azuzaba, golpeaba y acosaba con su lanza. ─ ¡Peleen!

El capitán inglés honró a su oponente, peleando. 

El primer disparo de mosquete le dio en la pierna y el segundo en un brazo, las balas atravesaron el acero quebrado por el óxido.   Ledesma, heredero de corazón fiero, se mantuvo firme sobre su caballo, clavó las espuelas y lanza en ristre, arremetió contra el enemigo.  
No logró alcanzarlo, recibió cuatro disparos más, el último en el pecho lo tumbó al suelo.

Preston de nuevo dio la voz de alto, ahora era él quien se abría paso en el espeso silencio, caminó hacia el cuerpo del valiente, le quitó la visera y sintió una gran vergüenza al mirar las arrugas de su piel.  
Ledesma contaba setenta y cuatro años cuando se enfrentó al corsario.   
Villpanado también se acercó y soltó una risotada:

─Viejo pendejo─ dijo entre dientes.


Preston le cerró los ojos a Ledesma y miró con desprecio al bocón.  Dio una nueva orden a sus hombres que se lo llevaron a empujones a la montaña, ahí dejaron su cuerpo colgado de un árbol para festín de las aves de rapiña, la carta del diablo cayó de su bolsillo.
Don Alonso Andrea de Ledesma fue enterrado en la Plaza Mayor, a lo lejos, escondidas junto a un grupo de vecinos asustados, su esposa y sus dos hijas escucharon las detonaciones de cañón que hicieran en su honor.   
Durante seis días, el perro de Isabel I de Inglaterra, saqueó la ciudad de Santiago de León de los Caracas, apenas encontró algo de vino y sal.  Un emisario español llegó para negociar y él les exigió un tributo de quema de treinta mil ducados, los españoles le ofrecieron tres mil lo cual resultó ofensivo a Preston, que temiendo alguna emboscada de un ejército aliado, incendió la ciudad.
Zarpo desde Macuto, al anochecer, rumbo a Coro.
 Bajo el manto de estrellas hizo un último tributo a Ledesma y curiosamente, recordó el último mandamiento de un antiguo cantar de gestas: “En todo momento y lugar defenderás la Justicia y el Bien”.

Preston también tenía un código de honor.