domingo, 15 de febrero de 2015

Un caballero prusiano. Escrito por Abigail Truchsess

UN CABALLERO PRUSIANO.
Escrito por Abigail Truchsess

A finales de 1989, en medio de un festival internacional de teatro, a las puertas del Ríos Reyna, un amigo me dio el mejor de los regalos: La revista Encuadre, Número 19 del mes de junio.

-   Ahí aparece tu abuelo-. Me dijo.
-   ¿Y qué hace mi abuelo aquí?
-   Es uno de los pioneros del cine en Venezuela. ¿No lo sabías?

Pasó las páginas y ahí estaba H.R. Truchsess; era una fotografía de su cara en primer plano, mirando a través del visor de una vieja cámara de cine.  En el dedo anular de su mano  derecha, llevaba puesto un anillo de oro, con el escudo de la familia grabado en lapislázuli.  
Del abuelo tenía vagos recuerdos, fue él quien decidió los nombres de casi todos sus nietos.
Era estricto, había perdido una pierna en un accidente de moto y usaba una “pata de palo”, no era una pata de palo, era una prótesis, pero así decían todos.  Cuando papá lo invitaba a almorzar teníamos que sentarnos derechos, usar los cubiertos con propiedad, no pedir salsa de tomate Ketchut para las papas fritas y jamás desordenar la mantequilla; si queríamos untar el pan debíamos pasar el cuchillo, delicadamente. Si la mantequilla no quedaba plana, el abuelo protestaba. 

-   ¡Ni en las trincheras había visto algo así!

Las trincheras eran las de la Primera Guerra Mundial, hundidas en tierra, cubiertas con ramas y bajo las cuales se escondían él y sus compañeros.  Al escuchar los pasos del enemigo, chaz, chaz, chaz, en estricto silencio, sacaban de la bota un pequeño revolver y se lo ponían en la sien,  la orden era matarse y no entregarse… Mientras los soldados, apenas respirando, permanecían atentos al cese de los pasos, en un rincón, sobre una improvisada mesa, se hallaba la mantequilla, plana y ordenada.

Henner Rochus von Truchsess, nació el 24 de diciembre de 1892, en Koenigsberg, “Monte del Rey” en español, capital de Prusia Oriental, ciudad devastada y tomada por los soviéticos en 1945. Hoy en día se le conoce como Kaliningrado.   

Sus padres fueron Ferdinand von Truchsess y Emma von Klinckowstrom; En 1911 entró a la Academia de la Armada Royal Prusiana; en 1916 fue condecorado con la Cruz de Hierro y la medalla de Austria.  Después del Armisticio, pasa a la reserva con el rango de Capitán.  

Ninguno de los datos anteriores ha sido confirmado.  Guardamos las medallas como tesoros familiares, pero carecemos de documentos que certifiquen su nacionalidad.  

Era de los hombres que creía en la palabra y viviendo aún en Berlín, un comerciante azteca le vendió tierras por un valor de 100 marcos de oro, sellaron el trato con un apretón de manos. Viajó hasta México y no encontró nada, lo habían estafado.  Se embarcó entonces con destino a Venezuela, arribó en 1927, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, entró por el Puerto de la Guaira con un pasaporte a nombre de un pariente, Otto Reinhold Truchsess, nunca supimos por qué. 

Se asentó en Maracaibo, allí se casa con una joven de 17 años, de cuello largo y el perfil de la reina Nefertiti,  Abigail Boccheciampe, la abuela, con ella tuvo seis hijos: Henner, María Teresa, Gísela, Dietrich, Arnim y Axel.  

Gracias al director de origen francés Phillipe Toledano, pude entrevistarme con José Miguel Acosta, quien ha dedicado gran parte de su vida a investigar la historia cinematográfica del país.

-   Si la familia de Henner cobrara por derechos de autor, serían millonarios. ¿Has visto una proyección que siempre aparece en los documentales sobre la muerte de Juan Vicente Gómez? Las imágenes gráficas de “La Demolición de la Cárcel de Rotunda”, eso lo hizo tu abuelo.

Me contó que para 1936, H.R. Truchsess trabajaba como camarógrafo en el Laboratorio Cinematográfico de la Nación, dependiente del Ministerio de Obras Públicas; después fue ascendido a director.

-   Él fue quien introdujo la propaganda institucional dentro del noticiero, como se hacía en los Estados Unidos.

Otro de sus trabajos se tituló “Islas de Perlas” un documental, filmado en 16 milímetros, de una hora de duración que mostraba la vida cotidiana de los neoespartanos.

En 1938 Rómulo Gallegos creó los Estudios Ávila y comenzó a trabajar con él.

En la familia cuentan que el abuelo le propuso a Gallegos realizar “Doña Bárbara”. No había perdido su costumbre de establecer acuerdos de palabra y después de tranzar con el escritor, viajó hasta Apure.  Sudó bastante tratando de mantener la cámara firme, de pie, mientras cruzaba el Arauca en curiara, gastó sus ahorros en la empresa.

De regreso a Caracas buscó a Gallegos, le presentó el material junto a una detallada factura, tal como habían quedado, Gallegos se quedó con el material y nunca le pagó.

-   ¡Es un farsante!- Decía molesto, cada vez que lo veía en la prensa y lo maldijo.- ¡Doña Bárbara jamás será realizada en suelo venezolano!  

No le fue tan mal a Gallegos, “de más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más lejos que más nunca”, se estrenó la historia de la trágica guaricha en 1943, en México, protagonizada por María Félix y Julián Soler. Existe otra versión de 1998, producida en España…

Su proyecto más doloroso fue la historia del músico José Ángel Lamas, autor del Popule Meus.. Nunca logró concretarlo; sin embargo, no perdió la pasión ni la confianza en sí mismo.  En la papelería de su empresa, Orbis Terrarum, registrada en Maracaibo, se lee la siguiente inscripción: “Cámaras no hacen películas. Lentes, emulsiones, fórmulas, no hacen películas. Películas son hechas detrás de las cámaras. Películas son construidas.”

“Vatti”, como todos le decíamos cariñosamente, “papi” en alemán, no era un hombre religioso, pero creía en el alma.

-   No puede ser que el hombre muera como una cucaracha. Tiene que haber algo más.

Para ese entonces Abigail había fallecido, él se concentraba, “se ponía en eso” decía,  quería saber de ella pero nunca le respondía. Había sido un esposo fiel, cuando le diagnosticaron el cáncer a la abuela una de sus amigas llamó para preguntar por su salud, él le atendió.

-   Mutti está muy mal.
-   Ay cuánto lo siento. ¿Y usted cómo está señor Truchsess?
-   ¿Cómo voy a estar? Si Mutti está mal, estoy mal yo.
-   Ay qué lindo, señor Truchsess. Hasta luego.

La respuesta de Vatti se regó por los pasillos de la clínica, las amigas de Abi lo celebraron muchísimo.  

-   Ellas dicen que los maridos venezolanos no suelen ser tan solidarios con su mujer, mientras que tu venerable padre es, como ves, de alta fidelidad.- Le contó luego a papá.   

Al paso de los años, comenzó a sentirse solo y escribió al consultorio sentimental de la Revista Vanidades bajo el seudónimo “Ignotus”.  Le respondieron y necesitó de una cómplice, su nuera Astrid, la esposa de Arnim, llevó los ramos de rosas para las señoras. 

Tres llamaron su atención: la primera tenía muchas necesidades económicas y él no quería establecer una relación fundamentada en la necesidad. La segunda, era hermosa, rubia, delgada, de grandes ojos verdes, muy elegante, vivía en Altamira y era familia del pintor Luis Alfredo López Méndez. 

-   ¡Muy mojigata!

La tercera era chilena, viuda con una hija. Sus hijos mayores, Henner y María Teresa pusieron el grito en el cielo, cuando supieron que el padre tenía novia.

-   ¡Cómo es posible! ¡Vatti está viejo para andar en eso!

Y en “eso” anduvo algunos años, la relación se enfrió por el rechazo de los hijos y el hábito del cigarrillo de la chilena.

-   El amor tiene un prólogo y un epílogo.- Le confió un día a Astrid-, y ella después del acto amoroso se levanta y sale a fumar. Me hartó.

El 21 de julio de 1969, Neil Armstrong pisó la superficie de la Luna, el hecho fue retrasmitido por todo el planeta. El abuelo lo vio por Radio Caracas Televisión.

-   Varias veces perdí los estribos. No pude hablar. Se me quebró la voz cuando vi a Míster Nixon telefoneando con los hombres en la Luna, y ellos le contestaron, saludando con disciplina militar.  Lloré. Es que soy de otro siglo y de otras tierras.

El día que murió, su perro, un pastor alemán llamado Inca, estaba echado bajo la cama, esperando por él;  de pronto, levantó las orejas, nadie había tocado el timbre o sonado las llaves, pero Inca corrió hasta la entrada, se sentó  en el porche y levantó la pata para saludar.  Así recibía siempre al abuelo, esa tarde, lo despidió. 

Definitivamente no somos “cucarachas”. Vatti sigue presente en sus nietos, bisnietos y tataranietos; arquitectos, músicos, periodistas, en algunos de nuestros hábitos, en la manía de fotografiarlo todo y en la mantequilla, plana y ordenada.


Caracas, 14 de febrero de 2015.


domingo, 8 de febrero de 2015

La orquesta. Escrito por Abigail Truchsess

LA ORQUESTA

Escrito por Abigail Truchsess


Para Javier, el día de su cumpleaños era de todos menos suyo. El ruido que hacían los invitados le era insoportable, le daban ganas de patearlo.

Cuando cumplió cinco, esperó a que la abuela y su mamá se descuidaran, tomó un pitillo de color azul, lo único interesante de aquella fiesta, y se escapó hasta su cuarto. Allí, cerró la puerta y la ventana, apagó la bulla de afuera y empezó a dirigir una orquesta imaginaria.

A la hora de picar la torta:

-       -¿Dónde está Javier?- Preguntó la madre.
-       -Yo creo que subió.- Respondió uno de los primos, con la boca llena de tequeños.
-       -Voy a buscarlo-. Dijo el padre.
   
Un vendaval y un tirón de luz proveniente del pasillo, lo trajeron de vuelta al ruido.  La figura redonda del padre lucia apretada en el marco de la puerta.

-       -Tienes que bajar.
-       -No quiero.
-       -Están todos esperando por ti.
-       -¡No quiero!

El padre no estaba para discutir, lo cargó y lo bajó hasta el patio donde todos esperaban alrededor de la mesa., los niños con pitos y cornetas.

-       -Aquí está, aquí viene.-  Lo recibió la madre, cargándolo.

Y empezaron a cantar,   Javier se tapó los oídos, nada lo apartaba de aquello.

-     -¡Cállense! – Gritó y volvió el silencio, aprovechó el estupor de la madre para soltarse y salir corriendo de nuevo hasta su cuarto.

-     - Me parece que hemos malcriado mucho al niño-  Le comentó la abuela al padre, trató de ser discreta, pero muchos  la oyeron;  el padre miró a la madre con reproche, la culpaba, ella achinó los ojos, contuvo la rabia.

Ya a solas, buscaron a Javier en su cuarto, estaba dormido. El padre insistió en despertarlo para que abriera los regalos, aunque ambos sabían que tampoco le iban a interesar. Ella recogió el pitillo azul del piso y le dijo a su esposo.

-       -Quiero llevarlo a un psicólogo.
-       -¡Lo que nos faltaba, un carajito loco!

Esa noche él no durmió en casa,  agarró una botella de whisky 18 años y se fue a buscar a “la Negrita” una mujer que tenía en la  Guaira de dientes blanquísimos y piernas de roble.  Antes de abrir la puerta del cuarto de hotel, recibió un mensaje de la esposa al celular.

-       -¡Quiero el divorcio!
-       -Yo también-  Fue su respuesta.
-       -¡Tienes el ceño fruncío mi gordo! – lo atajó la Negrita.-  Vente conmigo que te pongo a gozá.

Después de vaciar las rabias en el cuerpo de la Negrita, se bebió a fondo el resto del whisky que le quedaba y bajó hasta la playa, se sentó en la arena y empezó a recordar cuánto les había costado concebir al niño.  Habían sido años de tratamiento, inyecciones de hormonas que la malhumoraban y de horarios y fechas que le quitaron el gusto al sexo.

-       -¡Quería un hijo,  ahí lo tiene! 

Fue humillante para él cuando el médico le dijo que su producción de espermatozoides era muy baja y los complejos de niño gordo de la clase se le alborotaron.   Junto a los malos recuerdos y el vaivén de las olas, se quedó dormido en la playa.
  
Ella en cambio,  no pegó un ojo aquella noche, le hervía la sangre, caminó por toda la casa, en una mesa de la sala reposaba la foto del día de su boda en marco de plata, la miró y pensó con ironía.

-       -¡Hasta que la muerte nos separe mi amor!
 
La tiró contra la pared y rompió una lámpara, el ruido retumbó en la casa y pensó en Javier, fue hasta su cuarto, abrió la puerta con mucho cuidado y ahí estaba dormido, era tan dulce. Amanecía y estaba por acostarse cuando el timbre del celular la sobresaltó, era el esposo.

-       -¿Qué quieres?
-     -  Estoy en la Guaira, se me perdieron las llaves del carro y necesito que me traigas las de repuesto.
-       ¡Mándalas a buscar!

Le colgó, apagó el celular y él la llamó al teléfono de la casa, el timbre repicó varias veces, Javier se despertó.

-       -¿Qué le pasa a papá? ¿Tiene problemas?
 
Tuvo que ir a buscarlo a la playa. Dejó a Javier esperando en el carro y fue a entregarle las llaves.

-    - Voy a pasar toda la tarde paseando con el niño. Te agradezco que te lleves tus cosas y no vuelvas más. 
-      -¡Siempre hay que hacer lo que tú dices! ¿no? ¿Pues sabes cómo es la cosa? Que si voy a buscar mis vainas, yo también estoy harto, harto de ti y de un carajito al que no entiendo. 

Estallaron los reproches, siete años de matrimonio, cinco de los cuales habían caminado sobre vidrios rotos. ¡Cómo dolían las culpas!
      
En un momento ella volteó hacia el carro, no vio a Javier, se acercó  y solo halló sus zapatos y sus medias.  El padre, rápido, salió a buscarlo en la playa, preguntó a unos pescadores si habían visto a un niño y le indicaron que sí, que vieron a un muchachito caminar  solo, con un pitillo en la mano. Continuó en dicha dirección, ella iba detrás de él,  hasta que al fin descubrieron las huellas del niño en la arena, las siguieron y pararon en un punto donde las huellas cambiaban de dirección, ahora sus dedos pequeños apuntaban hacia al mar.  No había más huellas, solo el pitillo abandonado, flotaba como un mal presagio.

La mirada desesperada de ella se encontró con la de él, el corazón paralizado,  ninguno se atrevía a decir lo que estaba pensando.

-       -¡No, no, no… es imposible, él es muy pequeño, él no sabe nadar.-   
-       -¡Javier!.- Lo llamó él a toda voz.

Nadie respondía y cobrando impulso subió hasta el malecón,  desde allí podría divisar mejor el mar. Iba por las  piedras a zancadas, ella se quedó con la vista perdida en el horizonte, apretó su vientre con las manos en puño, los dientes, las lágrimas.  El tiempo era una dolorosa pausa.

-       -Está aquí.-  Gritó él. – Lo encontré.

Ahora era ella la que saltaba, los zapatos le entorpecían la carrera, se los quitó y los echó en cualquier parte, no sintió los arañazos de  las piedras, alcanzó al marido.  

-      - Míralo, ahí está-.

Si, ahí estaba Javier, al otro lado del malecón, frente al mar, con los ojos cerrados, los brazos en cruz, dirigiendo una orquesta imaginaria.

Ella y él bajaron y por alguna razón no quisieron interrumpirlo.  El padre, no sabía qué hacer, así que se quitó los zapatos,  se ubicó a su lado, abrió los brazos y cerró los ojos, ella hizo igual. 

Quedaron en silencio, por primera vez desde que Javier había nacido, juntos frente al mar.

El sonido de las gaviotas, la tibieza del sol y frio del agua que bañaba los pies. La red de un pescador que se alzaba al viento y caía al mar, un canto perdido de  viejos tiempos,  componían una melodía que solo juntos podían escuchar.

-      -Qué gran orquesta, hijo-.


Fin

lunes, 24 de noviembre de 2014

Una leyenda celta: La desdichada Deirdre. Versión escrita por Abigail Truchsess.


LA DESDICHADA DEIRDRE:
Versión escrita por Abigail Truchsess.

Deirdre la desdichada, Deidre de las penas y los dolores.

Deirdre lloró desde el vientre de su madre.
 
En un festín del Rey Conchobar del Ulster, uno de los antiguos reinos de Irlanda,  el grito desgarrador de la criatura estremeció a los presentes y el mayor de los sacerdotes druidas, predijo su destino:

-          -  Deirdre será una mujer de belleza perturbadora, de largas trenzas y ojos del color del mar.  Por ella se pelearan reyes y señores y se derramará tanta sangre como jamás se ha conocido desde los orígenes de la raza.

Los guerreros de Conchobar decidieron ejecutar a la niña al nacer, pero el Rey que la codiciaba para sí, pensó que podría cambiar su destino y se ocupó de criarla, en una colina apartada, apenas acompañada por una nodriza.

Deirdre creció en la más inmensa soledad… 

Solo Conchobar la visitaba cada año.  Contemplaba con gozo cómo se alargaba la estatura de la niña, como se perfilaba su rostro, se redondeaban sus caderas y se afinaba su cintura.
 
Esperó y esperó hasta que ella pudiera estar en edad de casarse con él. Un día de invierno, semanas  antes de la boda, Deirdre vio como un cuervo bebía la sangre de un ternero sacrificado sobre la nieve y preguntó a su nodriza:

-       -   ¿Los maridos son todos tan grises y arrugados como Conchobar?  Me casaría con un hombre que tuviera el cabello tan negro como las plumas de un cuervo, los labios rojos como la sangre y la piel blanca como la nieve.

-          -  ¡Ese hombre existe! .- Respondió su nodriza desde lo más hondo de su esperanza-  ¡Ese hombre existe  y se llama Naoise! 

La nodriza sentía que el doloroso destino de Deirdre estaría en la alcoba del Rey y por ese motivo nunca detuvo a Deirdre cuando salió a buscar a Naoise, sorteando vientos y niebla, una noche sin estrellas.

Él iba a caballo y ella se apareció en el camino.

-         -  ¿A dónde vas, Naoise? ¿Por qué me dejas aquí tan sola?

Naoise creyó que se trataba de una joven ultrajada y al bajar de su caballo para darle auxilio, ella lo besó tres veces, en los ojos y los labios.  Como un hechizo, el joven que nunca antes había amado a nadie más que a sí mismo, se entregó a ella.

Sentada en la playa, la nodriza miró con regocijo el barco en el que huyeron Deirdre y Naoise hacia Escocia. Amanecía y eran apenas un punto en el horizonte, la mujer pensó que había cambiado el triste destino de aquella a la que amaba como a una hija.
  
De clan en clan iban los amantes solicitando asilo, más la belleza de Deirdre enloquecía a los hombres y todos querían matar a Naoise para quedarse con ella.  Se cumplía así la primera visión del druida: Reyes y señores se pelearan por ella.

Lograron establecerse en una isla de altos riscos y vientos huracanados.  Apartados de  todos, maduraron besos y caricias, se amaron en libertad y nunca dudaron del destino, ahora dichoso.

¡Un espejismo! Pues el rey Conchobar buscaba pertinaz a los amantes, silente como una sombra, bajo cada piedra del río, sobre cada ola del mar, no pronunció palabra hasta que tuvo noticias del paradero de Deirdre.
 
Mandó a uno de sus espías a verla, quería saber si el tiempo no había marchitado la belleza de la joven y  estaban los amantes jugando al ajedrez, bañados por la tibia luz del fuego de unos maderos, cuando se asomó el mirón.

Naoise creyó que se trataba de alguna fiera salvaje  y lanzó una pieza de oro del tablero que le dio en el ojo al fisgón que huyó despavorido.

-        -   ¡Bien valió la pena el ojo que perdí! - Le dijo luego a Conchobar el impertinente.-  La mujer está mucho más hermosa.

La sangre de Conchobar ardió como hielo seco, no se impacientó,  muy bien había aprendido a disciplinarse en su espera por Deirdre; encomendó entonces a Fergus,  el más respetable de sus caballeros la aventura de traer de vuelta a los amantes y puso en sus manos un  salvoconducto en el cual se comprometía a respetar sus vidas.
 
Deirdre y Naoise  recibieron a Fergus, lo escucharon con atención y no creyeron en las palabras firmadas por el Rey.  Fergus que sí creía en Conchobar, puso en garantía a su propio hijo como escolta de la comitiva que los traería de vuelta. 

En cuanto Deirdre pisó la arena de la playa, aconteció la traición: Los guerreros de Conchobar los atacaron por sorpresa, de un zarpazo le cortaron la cabeza al hijo de Fergus y  Eogan, el confidente del Rey, fue quien empujó la lanza que le atravesó el pecho a Naoise.     

Deirdre la desdichada, Deirdre de las penas y los dolores miró con ojos secos cómo un río de sangre abría una grieta en la tierra que la vio nacer.

Fue entregada al Rey, que la contempló de nuevo, humillado por su belleza, no pudo matarla con sus propias manos.
  
-         -  ¿Qué es lo que más odias, Deirdre? Le preguntó.

-          A ti y a Eogan, el asesino de Naoise.- Le respondió Deirdre con un escupitajo.

Conchobar la condenó a vivir un año con él y otro con Eogan y ella decidió lanzarse al risco; solo muerta, destrozada entre las  piedras, pudo Conchobar abrazar el cuerpo de Deirdre y mientras intentaba robar el último aliento de la joven, Fergus, al mando de un ejército enemigo, cruzó las fronteras del reino, venía a vengar la muerte de su hijo. 

Como alas de cuervo, el destino cubrió las cabezas de los guerreros del Ulster.

Dicen que el Rey sepultó a Deirdre en las colinas donde ella había crecido… pero su padre, un viejo contador de cuentos a quien le habían negado el derecho de criar a su hija, buscó a la nodriza en secreto y entre los dos robaron su cuerpo y lo enterraron junto a Naoise. 

Colocaron piedras y un par de estacas de árbol de tejo. Los árboles crecieron y sus ramas se entrelazaron unas y otras hasta hacerse uno.

Al paso de los siglos, las piedras se volvieron polvo.  El árbol sigue vivo.  


Fin

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El beso de Isabela. Escrito por Abigail Truchsess

El beso de Isabela.
Escrito por Abigail Truchsess


-  ¿Por qué? ¿Por qué una pluma de pájaro pesa más que una bolsa de monedas de plata?     ¡Es imposible!   

Era de noche y no podías dormir, estabas masticando despacio una galleta, de pie frente a la balanza, muy atento a su movimiento, tratando de entender el fenómeno gravitatorio y lo que veías no era consecuencia de un sueño, era una certeza.

Las monedas eran de las de verdad-verdad, las habías tomado sin permiso de la colección de monedas antiguas de tu abuelo, por lo tanto, tenían que pesar y mucho. ¡Eran un montón!

La balanza también era del abuelo, muy vieja pero de alta calidad.  Esperaste a que todos en casa se durmieran y la sacaste con cuidado del cuarto de los peroles sin hacer ruido y  la colocaste sobre el escritorio de la biblioteca.   Cerraste la puerta porque no querías que tu mamá te descubriera despierto en la madrugada y te obligara a volver a la cama sin sueño.

Te empeñaste entonces en ubicar la flecha de la balanza en el número cero, en todo el centro y por más que le dabas a la rueda que controlaba el peso, para cerciorarte que estaba justo en equilibrio,  el resultado era siempre el mismo: La pluma pesaba más  que la bolsa de monedas.

-   ¡Qué caso más raro! – Pensaste.

Recordaste  lo que te había dicho en la mañana en el laboratorio de ciencias,  la sabihonda de María Fernanda:

-    -  Claro, si es que las ideas son más.  Es obvio que pesen. El mundo se sostiene con ideas y  esa pluma está llena de ideas.

A ti no te daba la gana darle la razón a esa niña odiosa y guardaste la pluma en el bolsillo de la camisa  y la bolsa de monedas en el morral.  No hablaste con más nadie ese día.  Llegaste a casa y te encerraste en tu cuarto, furioso.

Tu mamá se extrañó mucho, ni siquiera almorzaste:

-   -  ¿Qué le pasa a Tomás?- Le preguntó al abuelo.

-    Te lo diré en cuando sepa qué cosas sacó de mi armario.  Siempre que tiene un problema se mete ahí a registrar  mis aparatos viejos de laboratorio.  Cree que así puede resolver cualquier misterio.

Pero no todos los misterios tienen respuesta y este en particular no obedecía a las leyes de la razón.  Mirabas y mirabas el zigzag de la línea inclinada de la balanza, repitiendo siempre el mismo movimiento, cada vez que colocabas la bolsa de monedas y la pluma. 
Pensaste que quizás el problema estaría en el orden en que colocabas las cosas y probaste a poner primero la pluma y luego la bolsa, después la bolsa y luego la pluma; intercambiaste  sus posiciones en los platos, colocaste la pluma en el derecho, la bolsa en el izquierdo y viceversa.
 
Revisaste la balanza, quizás le faltaba alguna pieza y estabas en eso cuando te sorprendió la voz de tu abuelo.
  
-    -  ¿Qué te pasa muchacho?  Es de madrugada, si tu mamá te ve despierto te va a castigar.

-    -  Es que no puedo dormir abuelo.  Mire esto.

Y con ojos asombrados, el señor Nacho vio cómo la pluma de un pájaro pesaba más que una bolsa de monedas de plata.  Él lo había visto casi todo, era boticario y cuanta dolencia aquejaba a los vecinos, él la resolvía en su viejo consultorio, pero esto…

-   -  ¡Válgame Dios, esto es increíble! –  Susurró perplejo.

-   -  ¿Se da cuenta, abuelo? ¿Verdad qué es increíble? Esta mañana me pasó lo mismo en el colegio.  La maestra nos pidió que lleváramos cosas para aprender a medir.
      
      -  ¡Y tú agarraste mis monedas de plata sin permiso!. 

-     -   Perdón, abuelo, le juro que las iba a regresar.

-     -  ¿También llevaste la balanza a la escuela?

-     -  No, no, la saqué ahora.  ¡Con mucho cuidado!

-     - De acuerdo, eso ya no importa… por favor sigue, cuéntame  cómo es que estás metido en este lío tan raro.

-     -  Es que no sé.  Yo llevé la bolsa de monedas que pesa mucho y esta pluma que entró ayer por la mañana a mi cuarto.

-       -  ¿Cómo que entró?

-       - ¡Sí, volando por la ventana!  Se paró en mi boca y me hizo estornudar. 

-        -  ¿Y cómo fue que la guardaste?

-        -  No sé…  

-         - Has podido botarla. 

-         - ¿Usted cree?  ¿Por qué?

-        -  ¡Claro, por molesta!

-        -  No me molestó.

-        -  ¿No?  

-        -  No, no, bueno, no sé…

Sí sabías, pero no se lo quisiste explicar a tu abuelo.  Entre dormido y despierto habías visto cómo la pluma "surfeaba" entre los rayos de sol que se colaban por los huecos de las persianas; estabas pensando en mí, en que me había ido del país sin despedirme, hasta que la pluma aterrizó en tus labios y estornudaste y  la pluma saltó y se perdió entre las cobijas.

Apurado, la buscaste debajo de la cama y cuando al fin la encontraste,  la observaste detenidamente.

-       -  Parece de loro. – Dijo tu abuelo, trayéndote de vuelta al presente.

-       - Sí, yo creo que si…  es azul, como las del loro de Isabela.

-       -  ¿Isabela es la chiquilla aquella…?

-        - ¡No es chiquilla!

-        - Está bien, disculpa. ¿Es tu novia, no?

-        - ¡No! ¡No es mi novia!  Ella se mudó la semana pasada, con sus padres, a Australia.

El señor Nacho no quiso indagar más en el tema de Isabela, él sabía que a ti no te gustaba hablar mucho de esas cosas y retomó el asunto de la pluma y la bolsa con monedas de plata.

-        - ¿Has probado a quitar monedas de la bolsa? ¿Quizás alterando el peso aquí, varía la condición de acá? 

-          - ¿Qué están haciendo despiertos?

El grito malhumorado de tu mamá retumbó en las paredes de la casa. 

-         - Un experimento, Naty querida. –  Respondió el señor Nacho en tono de disculpa.

-        -  ¡Son las tres de la mañana, es día de semana y este niño va al colegio mañana!  

Por más que insistieron, ningún alegato en pro de la ciencia logró convencerla y hubo que dejar el caso para el día sábado. Tu abuelo te levantó temprano para ir al mercado.  

-       -  Apúrate Tomás, vamos al mercado a  hablar con el chino que vende las verduras.

-       -   ¿Y por qué con él?

-       -   Él tiene un peso importado y quiero que me lo preste para pesar la bolsa y la pluma.

Desayunaron en el camino y  llegaron antes de que abrieran las puertas, esperaron un poco y al fin entraron.  Encontraron al chino, organizando las cajas de apio y zanahoria. 

-       -  No señol, yo no plesto mi peso.   

-    -   Es un caso excepcional, señor Chang.  Esta pluma pesa más que esta bolsa de monedas de plata y quiero comprobarlo con su peso.

-        -   Ah, no me venga con cuentos.  Eso es un tluco, señol.

-        -  ¿Qué quieres que te apueste? 

El señor Chang lo pensó rápido:

-        -   ¡Las monedas! 

-        -  No, las monedas son antiguas, pertenecen a mi colección.  ¡Deme una cifra! ¡Una cifra Chang y le pago!

Mientras tu abuelo y Chang se ponían de acuerdo en el valor de la apuesta que iban a librar, el mercado se fue llenando de gente. Viste entrar a tu mamá, que vino a buscarlos, también viste a llegar a la mamá de María Fernanda con María Fernanda.

-       -  ¡Ay no, la sabihonda está aquí!

Te hubiera gustado salir huyendo, dejar el experimento para otro día y estabas a punto de pedírselo a tu abuelo, pero la gente se había ido arremolinando alrededor de ti, querían saber porque el chino y el viejo boticario discutían.    La señora Yajaira,  tu vecina, no aguantó la curiosidad y te preguntó directamente.

-        -  Mi abuelo me está ayudando con un experimento. – Respondiste.

La señora era abogado de profesión y chismosa de vocación, es lo que decía tu abuelo de ella, y tú no querías darle mayores explicaciones, pero Yajaira no quedó conforme con tu respuesta y se quedó a escuchar; llegó  entonces tu mamá conversando con la mamá de María Fernanda y María Fernanda.

-        -  Hola- Dijo ella.

-        -  Hola. – Dijiste tú, sin mirarla.

-         -  ¿Qué hace tu abuelo?

-         -   Nada.

Querías que se fuera pronto y estaba por hacerlo, su mamá se estaba despidiendo de la tuya, pero el chino las detuvo a ellas y paralizó a todos los que estaban en el mercado, con un chillido burlón:

-        - Escuchen, escuchen todos. El señol Nacho dice que una pluma pesa más que una bolsa de monedas.  Me está apostando la difelencia.

Hubo burlas, risas y más apuestas, todas a favor del chino.

-    -  ¿Qué es eso de la diferencia?- Le preguntaste por lo bajo a tu abuelo, con mucha preocupación. 

-    -    Me refiero a la diferencia de peso entre la pluma y la bolsa.  Si la bolsa pesa 3 kilos, le pago 3 mil bolívares, si la pluma pesa 2 kilos más que la bolsa, el chino me paga a mí esa cantidad. ¿Entendiste? 

Y con entusiasmo se dirigió a todos los del mercado.

-     - ¡Hagamos la prueba! Vengan todos, sean testigos del milagro.  Tomás, venga y ponga la bolsa con las monedas.

Lo hiciste, intimidado ante la mirada de los presentes, colocaste la bolsa llena de monedas de plata sobre el peso de la balanza.   

-       -  ¡Cinco kilos en monedas! – Anunció el abuelo.

-       -  Ahola la pluma.- Indicó el chino.  

Con tu mano temblando, pusiste la pluma encima de la bolsa de monedas.  

Los espectadores abrieron mucho los ojos y contuvieron la respiración, la balanza no se movió ni un milímetro, pasaron unos segundos eternos y  nada, nada que se movía.  El señor Chang iba a cantar victoria  cuando la flecha de la balanza empezó a girar y a girar y a girar.

Hubo una exclamación de asombro general,  efectivamente,   la pluma pesaba más que la bolsa, mucho, muchísimo más, tanto más que era casi imposible de calcular.   

-          - ¡Esto no es leal! Usted haciendo tlampa.- Le gritó furioso el señor Chang a tu abuelo.

¡Y se armó la sampablera! Unos defendían al señor Nacho, otros a Chang,  unos decían que era truco y otros que era un milagro.   La señora Yolanda se interpuso en medio de la barahúnda.

-          - ¡Silencio!

Esperó unos instantes a que todos hicieran silencio y les propuso lo siguiente:  

-         -  La única manera de comprobar si hay trampa, es que se pese de nuevo.

Todos estuvieron de acuerdo y tú volviste a colocar la bolsa y la pluma sobre el peso. Para desgracia del señor Chang,  se repitió el resultado;   probaron entonces  con la pesa del frutero, del quesero, del carnicero y del pollero y en ninguna hubo variación,  cada vez que la aguja de la balanza giraba, el señor Chang lloraba.

-       -  Esto no es leal.  ¡No puede sel! Estoy aluinado.

El frutero tomó una moneda de la bolsa y miró a tu abuelo, como quien pide aprobación.  

-        -  ¿Puedo? 

Se refería a probar la moneda con sus dientes para comprobar si eran legítimas.  El señor Nacho le dio autorización con el gesto.

-        -  Adelante, teste las monedas. 

El quesero y el carnicero hicieron lo mismo con otras monedas  y el pollero  casi pierde una de las cinco muelas que le quedaban, mordiendo monedas de plata.  No cabía la menor duda, eran monedas legítimas, de colección.  

-        -  Levisen la bolsa.- Exigió Chang.

La bolsa fue revisada, era una bolsa normal.  

-        -  ¡Levisen la pluma!

Y la defendiste con todo tu valor.

-       -  ¡No! Esta pluma es mía y no quiero que la muerdan.

-        -  No la van a morder, Tomás.- Te aclaró tu abuelo, estupefacto.

-        -  Mi amor, ellos solo quieren ver que no tenga nada distinto.- Intervino tu mamá, conciliadora.

-        -  ¿Qué puede tener distinto? – Preguntaste, reprimiendo tu desespero.

-        -   ¡Que pesa!- Dijo María Fernanda, de brazos cruzados y sonrisa de superioridad.

-        -  Tomás, mi niño, por favor… deja que la vean.- Te pidió tu mamá.

Ella puso su mano abierta frente a ti y tú le entregaste con mucho cuidado la pluma. Amenazaste a todos.  

-        -  ¡Al que la dañe le meto un puño!

Esa pluma era muy importante para ti, por qué, no lo podías explicar. Después de rescatarla entre las cobijas y los zapatos regados bajo tu cama, la observaste detenidamente,  era de color verde-azulado, como las plumas de mi loro Pancho.  El reloj despertador sonó y  tu mamá se asomó por la puerta de tu cuarto. 

-        -  ¡Buenos días cariño! Bajá rápido. Te hice panquecas. 

Guardaste la pluma en el bolsillo secreto de tu morral y no te acordaste más de ella, hasta que la maestra de ciencias pidió algo leve para pesar y tú sacaste la pluma…

En el mercado:

-       -   ¡No pesa nada! ¿Se dan cuenta? Es una pluma común y corriente.  

Ahora la tenía la señora Yolanda, la sostenía con la punta de sus dedos; ella no había permitido que el chino, el carnicero, el frutero, el quesero o el pollero la tocaran con sus manotas gruesas y llenas de grasa. 

-       -  Que la pesen otla vez con la bolsa, pelo la pone usté, Yolanda, que no sea el niño. 

-       -  ¿Va a insistir con eso? No le voy a cobrar la apuesta, si es eso lo que le preocupa.- dijo tu abuelo.  

Él  estaba harto de la situación, estaba preocupado por ti,  quería darte una respuesta lógica al misterio y era definitivo que en el mercado no lo lograría.  Había sido un grave error ir allí. 

  -  La señora Yajaira se acercó hasta a ti y te habló con suavidad.

-       -  ¿No te importa si lo hago?

Negaste con el gesto, no te importaba. 

Se hizo el silencio, Yajaira puso la bolsa de monedas en el peso, esperó a que el peso dejara de balancearse y de nuevo alcanzó los cinco kilos. Sin prisa, pero sin pausa colocó suavemente la pluma sobre la bolsa, nadie respiraba. 

Esperaron unos segundos y nada pasó, esperaron otros segundos y seguía sin pasar nada. Más segundos, casi el minuto…

-        -  ¡No aguanto más!- Suspiró el pollero.  

Y es que no aguantaba nadie más, una bocanada general de aire hizo que la pluma saliera volando.  Tú arrancaste a correr tras la pluma y tras de ti, tu mamá, el abuelo, María Fernanda, la mamá de María Fernanda, la señora Yolanda, el chino, el carnicero, el pollero y todos los del mercado.

La pluma alcanzaba cada vez más altura y por más que te esforzaras y saltaras, no la podías atrapar. Corriste con más fuerza por toda la calle, llegaste hasta la esquina y cruzaste. En la segunda cuadra chocaste con el amolador, que venía en bicicleta despistado, cantando: 

-        -  ¡Amoladooooooor, amoladooooooor!

Lo tumbaste al suelo. No le diste chance a regañarte, levantaste la bicicleta y te montaste.

-       -  ¡Se la devuelvo más tarde!-  Desapareciste en la esquina siguiente.  

El amolador se quedó pataleando de rabia, iba a salir detrás de ti pero tuvo que apartarse a toda velocidad para abrirle paso al tropel de gente que venía detrás.

-        -   ¡Apaltese! – Le advirtió severo el señor Chang al amolador. – Que se pielde la pluma del niño.

-         -  ¿Qué pluma? ¿Se volvieron todos locos? ¡Ese niño se llevó mi bicicleta! 

El señor Nacho se detuvo unos instantes a recuperar el aire, ya no estaba para esos trotes. Procuró calmar al amolador.

-       -  No se preocupe por nada, yo me hago responsable. El niño es mi nieto.

Siguió adelante, echando el resto.    

Atravesaste la avenida con el semáforo en verde y los conductores de los carros tuvieron que hacer maromas para frenar y no llevarte por el medio, uno de ellos, el que venía por el canal del centro, chocó contra un faro del alumbrado público,  que tenía la base oxidada por el orine de los perros y el faro cayó… cayó… cayó… el tropel de gente lo vio caer… caer… caer… y una vez en el suelo, saltaron sobre él.

Llegaste al parque y te detuviste a mirar, dejaste la bicicleta a un lado y comenzaste a caminar.  Estabas agotado, te sentaste a la sombra de un árbol y aguantaste las ganas de llorar. María Fernanda fue la primera en darte alcance.

-         - ¿La perdiste?

-         - ¿Tú qué crees?

Ella se sentó a tu lado, solidaria por primera vez en su vida. Poco a poco, fueron llegando los demás, tu mamá, la mamá de ella, la señora Yajaira, el señor Chang, el carnicero, el pollero, el quesero, el frutero  y el amolador. Tu abuelo fue de los que llegó de último, entre los rezagados, se sentía tan culpable.

-        -  Lo siento tanto muchacho, ya no podremos resolver el misterio. 

-        -  Era la pluma de las ideas.- Aseguró, María Fernanda, solo que esta vez no se sentía en su tono ningún reproche.

La señora Yajaira miró hacia el cielo, como quien siente una revelación.

-       -  Quizás la niña tenga razón y esta pequeña pluma verdeazulada quiso decirnos algo              importante.

Se miraron los unos a los otros y buscaron en el horizonte, sintieron el viento en sus rostros… el señor Chang se sintió inspirado.

-       -  Es cierto… la pluma quiso contalnos un poema.- Dijo el señor Chang, secándose  las lágrimas.-  Un poema esclito por un Luiseñol helido.

-      -  ¿A qué se refiere Chang? – Le preguntó el pollero al carnicero, con un codazo en las costillas.

-       -  ¡Qué sé yo!

-     -  El señor Chang está hablando del poema del Ruiseñor… Es un poema de amor.- Les aclaró la mamá de María Fernanda, que sabía tantas cosas como la hija.

-    -  La pluma no es de ningún ruiseñor, es de Pancho, el loro de Isabela.- Le confesaste a todos, con la boca echa una trompa y el ceño fruncido.  

-     -  Ah con razón.- dijo María Fernanda.

-     -   ¿Con razón qué?

-     -   Bueno, que Isabela y tú…

No la dejaste continuar, te levantaste apurado para callarle la boca. No querías que nadie supiera lo que sentías por Isabela. 

-        -   ¡Tú no sabes nada!  ¡Siempre estás equivocada!

La mamá de María Fernanda evitó, prudentemente, una pelea,  tomó de la mano a su hija y se despidió de Naty  y el señor Nacho que se encargo entonces  de despacharlos a todos, a fin de cuentas ya no había más nada qué hacer y el mercado  había quedado abandonado a la buena de Dios.

-        -  Me guarda mi bolsa de monedas de plata.- Le advirtió al señor Chang.-  Las voy a necesitar para pagar el faro del alumbrado. – Se volteó hacia el amolador- Y usted llévese su bicicleta, la acabo de revisar y está en perfecto estado.

Cuando todos se fueron, Naty se sentó a tu lado,  a la sombra del árbol.

-        -  Creo que María Fernanda no está tan equivocada.

-        -  ¿Por qué?

-        -  Si lo piensas mejor, esa pluma quizás traía un mensaje para ti.

Lo pensaste, vaya que lo pensaste.

-        -  Sea que lo sea, ya no lo voy a saber.

El lunes siguiente, en la clase de música te acordaste del día aquel…

-        -  ¿Somos novios?- Me preguntaste.

-        -  Si.

-        -  ¿Y por qué no me das un beso?

-        -  Aquí no quiero.

-        -  ¿Por qué?

-        -  Es mi primer beso y quiero que sea especial.  No quiero un beso, apurado, escondidos de la maestra.

-        -  ¿Cuánto entonces?

-        -  Yo te digo cuándo. ¡Te lo prometo! 

El beso nunca te lo pude dar, a mi papá le adelantaron la fecha del viaje a Australia y no me pude despedir de ti.  En mi nuevo colegio, todos los niños eran extraños, me miraban raro y hablaban distinto a mí.  Me hacías mucha falta.

Durante el recreo me alejé de todos, me senté  sola en un banco y  fue entonces cuando descubrí pegada a mi sweater una de las  plumas de Pancho, la coloqué en la palma de mi mano y le di un beso.

-        -  Aquí va el beso que te prometí.

El viento se la llevó, la vi perderse en el horizonte con mi conjuro y estaba segura que llegaría a ti.  ¿Cómo lo sabes, te preguntarás, y cómo es que sabes todo lo que me pasó? Porque una mañana cualquiera, una pluma entró  por mi ventana, surfeando rayos de sol,  traía consigo tu beso de vuelta.

EPILOGO:
Durante los años siguientes, muchas plumas volaron de Venezuela a Australia y de Australia a Venezuela.


Fin.