jueves, 28 de julio de 2016
La Leyenda del Beso Intrepido
La Leyenda del Beso
Terrible o El Bello Desconocido es un cuento de aventuras de tradición oral que
forma parte del conjunto de historias que componen la Materia de Bretaña. Una de sus versiones más antiguas fue escrita
en verso por Renaut de Beaojeu en el siglo XII.
Esta es mi versión particular de la historia, existe una más larga, pero esta es la que suelo contar en las presentaciones orales.
Esta es mi versión particular de la historia, existe una más larga, pero esta es la que suelo contar en las presentaciones orales.
LA LEYENDA DEL BESO
INTRÉPIDO:
A la corte del Rey Arturo había llegado la noticia: Lady Sindrayn, la reina de Gales, conocida por su belleza como la Esmeralda Rubia, había sido víctima de un temible encantamiento, obra del mago Mabón.
Desde hacía mucho
tiempo, él la deseaba para sí y ella que anhelaba amor más no poder, lo había
rechazado en todas las oportunidades. En venganza, él la hechizó con magia
negra y la convirtió en reina de la Ciudad Desolada.
El Rey Arturo anuncio
a su gente que aquel que rescatara a la princesa sería nombrado caballero y
ocuparía un puesto en la Mesa Redonda.
Se postuló un joven de origen desconocido y extraordinaria belleza a
quien fue encomendada la aventura.
Los cuervos batieron
sus alas veloces hasta el Castillo de Mármol donde vivía Mabón con la doncella,
graznaron el decreto del Rey al mago, y él susurró tales y tan oscuras palabras
a la hermosa Sindrayn que congeló su corazón.
─En muy poca estima
ha de tenerte el Rey que envió por ti a un aspirante a caballero de dudoso
linaje.
Una furia helada se apropió
de la doncella y le salieron escamas.
El Bello Desconocido
atravesó el Vado Peligroso, situado cerca del Castillo de las Reinas. Tuvo que vencer primero a Blioberís,
caballero cruel y traidor, descendiente de David y portador de armas inmejorables
que guardaba el vado. En siete años,
ningún otro lo había logrado pero su proeza fue despreciada por la princesa, pues
Mabón no cesaba de soplar veneno en sus oídos:
─Tu campeón es un
cobarde. Se enfrentó a Blioberís con
trampas y argucias indignas de un buen caballero. Jamás ganará sus espuelas, ni
llegará a ti.
La rabia de la
princesa era cada vez más grande, tan grande que superó su talla… creció
descomunalmente y sus pies y sus manos se transformaron en garras.
El valiente joven
continuó sumando victorias: Libró a una gentil muchacha de un par de gigantes y
salió vencedor de granados torneos. Los
trovadores comenzaron a cantar las hazañas del Bello Desconocido y su fama fue
extendiéndose por toda Inglaterra.
─Va escalando honras
bobas, aún no alcanza la gloria, sigue siendo un pobre diablo sin padres, sin
nombre.
La Esmeralda Rubia
aspiraba aquellas palabras que la inflaban y de su espalda brotaron como
ortigas, portentosas alas.
En una isla de mil
aromas combatió al guardián del Castillo de Cristal del cual un hada de Manos
Blancas era señora. Las cabezas cortadas de todos los que habían intentado
entrar, estaban clavadas sobre grandes palos en una larga hilera, precediendo
las puertas del lugar.
Sin demostrar miedo,
él enfrentó al caballero que protegía la entrada y lo derrotó.
El hada de Manos
Blancas apareció ante el muchacho y deslumbrada por la hermosura de su rostro,
se le ofreció en matrimonio. Lo invitó a pasar la noche en su cama y a convertirse
en dueño y señor de la Isla Dorada.
Guiado por el deber,
el joven no aceptó y a la mañana siguiente, huyó. Ni siquiera la belleza obsequiosa del hada o
la riqueza que colocaba a sus pies, quebró su voluntad.
─Gozó de las delicias
del hada y desapareció antes que el gallo cantara. ─Insistía Mabón con sus
intrigas. ─ ¿Abandonarás tu Castillo de Mármol por un truhan? ¿Dejarás de ser la Reina de la Ciudad Desolada
para sentarte en la Mesa Redonda junto a un caballero sin honra?
Cuando El Bello
Desconocido entró a la Ciudad Desolada, juglares muertos le dieron la
bienvenida. Siguió de largo hacia el castillo de las mil ventanas, ahora sin
luz y de las mil flores talladas, ahora marchitas.
Saltó el foso que
rodeaba al castillo y al cruzar sus puertas, grandes hachas le cortaron el
paso. Entonces, un caballero gigantesco salió a su encuentro, tenía un cuerno
en la frente e iba montado sobre un caballo que echaba fuego por la boca.
Era Mabón.
Ambos levantaron sus
lanzas, chocaron con estruendo espada y hachas. El hierro, chispeaba, se
astillaba hasta que el joven logró cortar la cabeza del aterrador jinete y de
su cuerpo no brotó sangre sino una pez humeante y putrefacta que inmundo el
castillo.
Mabón desapareció
entre larvas.
Sumido en la más
completa oscuridad, el novato entró en la sala principal buscando a Lady
Sindrayn y allí estaba ella, metamorfoseada en un dragón de hielo con cola de
garra.
No la reconoció.
Ella lo atacó con
bocanadas gélidas que congelaban todo a su alrededor; y él, ignorante del
encantamiento, levantó su lanza decidido a combatir; sabía que debía hincar el
vientre del engendro, donde las escamas son más débiles y el filo amolado en
punta de plata, podía atravesarlas hasta llegar al corazón.
Se hallaba cerca de lograrlo,
pero sus ojos se encontraron con los ojos de la bestia, que eran color
esmeralda. Como un rayo o un huracán quizás, la fuerza del destino tomó su alma
en aquella mirada y se sintió derrotado.
Arrojó su espada al
vacío, espero entonces a que el horrible reptil se lanzara contra él y estaba
por devorarlo, cuando se encontraron labio con labio. Fue un beso dulce, jamás sentido, un beso
tierno que llegó al frio corazón de la princesa con un aire tibio, rompiendo el
hechizo.
La batalla había
acabado, hombre y mujer, entraron en un profundo sueño.
Mientras dormía, una
voz venida desde muy lejos le confesó al Bello Desconocido su verdadero origen.
Su nombre era Guinglaín y era hijo de Galván, uno de los caballeros más
honorables de la de Mesa Redonda y del hada Helinor, quien había conservado en
secreto su origen por miedo a la dura vida de los guerreros. Era ella quien ahora
le hablaba.
Fue así fue como el
Bello Desconocido descubrió su legitima identidad.
Despertó al amanecer
y la princesa Sindrayn estaba a su lado.
Él y ella se
presentaron, pero sus nombres fue lo que menos importó a los amantes, que se
habían reconocido en otras fronteras inesperadas para ellos.
La Ciudad Desolada
volvió a la vida y Guinglaín regresó a Camelot con Sindrayn, donde ganó sus
espuelas, fue nombrado Caballero de la Mesa Redonda y la desposó,
convirtiéndose en Rey consorte de Gales.
Al tiempo se hizo
leyenda, como el joven desconocido que había conquistado el amor de una reina
por su beso intrépido.
fin
fin
domingo, 22 de noviembre de 2015
LEDESMA escrito por Abigail Truchsess
LEDESMA
Escrito por Abigail Truchsess
Dedicado
a los luchadores de causas perdidas.
El 28 de mayo de 1595 los vecinos de
Santiago de León de los Caracas fueron sorprendidos por una doble ráfaga de
balas de mosquete, descargadas desde la explanada de Cotiza. Con ojos
agrandados por el espanto, vieron además cómo se alzaba una bandera que tenía dibujado
en su centro un jabalí sobre un campo colorado.
Era la insignia del corsario inglés Amyas Preston.
¿Cómo llegó hasta ahí? Se preguntaban ¿Era acaso una pesadilla?
El día
anterior, Preston había desembarcado en el Puerto de la Guaira con un
contingente de quinientos hombres habituados a robar y matar. La mala nueva corrió
en boca de un par de indios asustados que logró escapar del ataque, atravesaron
la montaña y le dieron aviso al capitán Garci González de Silva.
De inmediato, González de Silva mandó
a hacer sonar las campanas de la Iglesia e hizo un llamado a todos los varones
mayores de catorce años, capaces de empuñar un arma para defender la ciudad. En
la madrugada, un ejército de trecientos cincuenta soldados entre los que se
contaban indios y negros esclavos, tomó el camino de los Castillitos hacia el Fuerte
en la Guaira, confiados en la geografía de la montaña para preparar una
emboscada.
Tarde fue cuando se enteraron de la
traición, nunca imaginaron que un mal español llamado Tomás de Villapando, había
guiado al inglés por el antiguo camino de los indios.
─ Mire bien, empieza ahí mismo─ le
dijo mascando una hoja de tabaco que luego escupió, apuntando con su índice la
montaña─, ahí donde nace el rio, sube por el picacho de Galipán y le entra a la
ciudad por el norte. Mis paisanos lo mandaron a tapiar para controlar la
entrada pero si su merced acepta, yo lo guió.
Un grumete le traducía a Preston que
escuchaba la propuesta midiendo cada palabra.
─ ¿Qué quiere a cambio?─mandó a
preguntar.
─Que los mate a toditos. ─Respondió el
hombre con saña.
Villapando tenía una deuda pendiente
con los vecinos de Caracas que lo habían condenado a vivir entre salvajes, fuera
de todo pueblo cristiano, por su afición a la astrología y la cura con
yerbas. En las barajas, que también
leía, había visto la figura de la muerte junto a la rueda de la fortuna y todo
parecía indicar que si se la jugaba bien, podría cobrarles a esos mojigatos su
condena. Así condujo a Preston y sus forajidos hasta el lugar donde ahora el
inglés contemplaba una ciudad desguarnecida.
─Es una moza virgen a sus pies. ─Le
dijo el brujo al corsario, avivando su codicia.
Mientras las aterrorizadas almas reunían
agua, harina, quesos y carne salada para huir al monte, Alonso Andrea de
Ledesma se decidió por buscar su armadura de hierros y aceros.
─No pierda el tiempo en tonterías─ le
reclamaba Catalina, su esposa─, ¿a quién le importa un cachivache viejo?
Ledesma había perdido la cuenta de
los muchos años que tenía viviendo en Santiago de León de los Caracas. Siendo apenas
un mozuelo, con el ánimo de los valientes, se embarcó en la aventura de la
conquista de América y acompañó a Don Diego de Losada en la fundación de la
ciudad.
─Vamos papá, deje eso. Salgamos
pronto de aquí. ─Le insistía su hija mayor, Francisca.
─Esos bandidos no tienen piedad. Si
nos encuentran nos matan. ─Le lloraba la menor, Josefa.
Porfiado en su quehacer, Ledesma no
escuchaba a las mujeres, se daba golpes en el coco, tratando de recordar dónde
era que había guardado la armadura y a su mente llegaban los mandamientos de un
cantar de gesta: “Honrar a la Iglesia, defender a los débiles, amar el país en
que naciste”.
Era natural de Zamora, un pueblo
español que lindaba con Portugal, pero fue en el continente descubierto por
Colón que aprendió a bregar y en la ciudad de Santiago de León donde sentó
familia.
─Es mi deber proteger la ciudad─. Les
respondió a las tres y salió hacia el establo para seguir buscando.
Ahí estaba, envuelta en trapos y comida
por el óxido. A los pocos días de arribar al Nuevo Mundo, en sus penosas
marchas por cordilleras, selvas, playas y pantanos, con las armas al lomo; bajo
un sol impetuoso o lluvias torrenciales, la dificultad para moverse le
convencieron de lo ridículo que era aquel armatoste en esta geografía y quedó
en “escaupil”.
El “escaupil” no era menos ridículo, tampoco era una prenda indecorosa,
pero sí muy vulgar. Iba del cuello a las rodillas, como un vestidote hecho de
cuero y grueso algodón; sin los pulidos hierros de la armadura, el flamante
guerrero lucía rechoncho.
¡A Dios gracias no hubo pintor que
los delatara!
Les servía para protegerse de las
flechas envenenadas con cicuta y como colchón para dormir en suelo de
piedra. Su única desventaja era el calor
que los abrasaba o el agua de lluvia que absorbía como esponja.
Vamos a estar claros, aquí el enemigo
no eran dragones, sino el clima y las bandadas de mosquitos, las sanguijuelas
que podían dejar a un mortal sin pie o las hormigas que al picar, le obligaban
a renegar de Dios y la madre que lo parió…
Más aquel día, no era el caso,
Preston era un infiel, un enemigo del Rey y no podía presentarse trajeado como
un cualquiera, debía acomodar con prontitud su armadura. Le sacudió el polvo y
trozos de acero, cuero y algodón cayeron al suelo. Catalina se asomó a la puerta del establo
como un pájaro de mal agüero.
─ Su armadura de caballero huele a
huevos podridos─ Le dijo.
─ Es por la humedad.
Ella conocía muy bien a su marido,
sabía que nada lo haría cambiar de opinión, con el corazón oprimido, se quitó
la mantilla con la que cubría sus cabellos, se acercó hasta él y envolvió los
hombros y el pecho de Alonso. También lo
ayudó a colocarle el peto, los brazales, las manoplas…
─Siento que lo estoy vistiendo para
su funeral.
─Váyase en paz mujer y cuide de
nuestras hijas. Cáselas bien y nunca descuide la fe.
Él le dio un beso en la frente antes
de ir por el casco y sus armas. Ella vio
un resplandor en los ojos de su marido, esa mirada de muchacho eterno que la
había enamorado y se despidió de él con una bendición, no pudo decirle adiós.
Alonso ensilló su viejo caballo, tan flaco y
desgarbado por la edad como él mismo y salió al trote en dirección a la Plaza.
Cuando llegó, lo único que escuchaba eran los cascos de su caballo, el silencio
se había apropiado del valle y tras una pausa de larguísimos segundos,
comenzaron a retumbar las zancadas de los bárbaros, sus gruñidos, aullidos y
disparos al aire.
Ledesma levantó su lanza y los espero, en su
mente volvían a reverberar aquellos mandamientos de gesta: “lucharas contra los
infieles, te mantendrás firme ante el enemigo...”
Amyas Preston iba a la cabecera,
montado sobre un caballo robado al que azotaba con furia, al ver a Ledesma se
detuvo en seco, su caballo se encabritó, casi lo tira al suelo… por un momento Preston
creyó ver a un fantasma o un ser sobrenatural y dio la voz de alto a sus
hombres. Villapando iba junto a él. .
Ledesma se presentó.
─ Escuchadme bien, perro del mar. Soy Alonso Andrea de Ledesma, súbdito de Felipe
II, Rey de Castilla y cofundador de Santiago de León de los Caracas. Hoy encuentras mi ciudad desguarnecida por
obra del felón que cabalga a tu lado, pero no habrás de conquistarla sin antes
enfrentarte a mis hierros.
Preston mandó a llamar al traductor
que tuvo que explicarle una y otra vez la declaración de Ledesma, al corsario
le parecía increíble que un solo hombre lo desafiara, él había crecido
escuchando las proezas del Rey Arturo y fue cómo hallar a un héroe perdido en
el tiempo.
─ ¡Peleen cobardes!─les gritaba Ledesma.
Mientras los azuzaba, golpeaba y acosaba con su lanza. ─ ¡Peleen!
El capitán inglés honró a su
oponente, peleando.
El primer disparo de mosquete le dio
en la pierna y el segundo en un brazo, las balas atravesaron el acero quebrado
por el óxido. Ledesma, heredero de
corazón fiero, se mantuvo firme sobre su caballo, clavó las espuelas y lanza en
ristre, arremetió contra el enemigo.
No logró alcanzarlo, recibió cuatro
disparos más, el último en el pecho lo tumbó al suelo.
Preston de nuevo dio la voz de alto,
ahora era él quien se abría paso en el espeso silencio, caminó hacia el cuerpo
del valiente, le quitó la visera y sintió una gran vergüenza al mirar las
arrugas de su piel.
Ledesma contaba setenta y cuatro años
cuando se enfrentó al corsario.
Villpanado también se acercó y soltó
una risotada:
─Viejo pendejo─ dijo entre dientes.
Preston le cerró los ojos a Ledesma y miró con
desprecio al bocón. Dio una nueva orden
a sus hombres que se lo llevaron a empujones a la montaña, ahí dejaron su
cuerpo colgado de un árbol para festín de las aves de rapiña, la carta del
diablo cayó de su bolsillo.
Don Alonso Andrea de Ledesma fue
enterrado en la Plaza Mayor, a lo lejos, escondidas junto a un grupo de vecinos
asustados, su esposa y sus dos hijas escucharon las detonaciones de cañón que
hicieran en su honor.
Durante seis días, el perro de Isabel
I de Inglaterra, saqueó la ciudad de Santiago de León de los Caracas, apenas encontró
algo de vino y sal. Un emisario español llegó
para negociar y él les exigió un tributo de quema de treinta mil ducados, los
españoles le ofrecieron tres mil lo cual resultó ofensivo a Preston, que
temiendo alguna emboscada de un ejército aliado, incendió la ciudad.
Zarpo desde Macuto, al anochecer,
rumbo a Coro.
Bajo el manto de estrellas hizo un último
tributo a Ledesma y curiosamente, recordó el último mandamiento de un antiguo
cantar de gestas: “En todo momento y lugar defenderás la Justicia y el Bien”.
Preston también tenía un código de
honor.
lunes, 19 de octubre de 2015
La linterna de Jack, versión escrita por Abigail Truchsess.
LA LINTERNA DE JACK
Escrito por Abigail Truchsess
![]() |
| Ilustración de Skot Olsen. |
Hacía mucho tiempo que los hijos de Danú,
diosa de la estirpe divina de Irlanda, vivían ocultos de los humanos,
escondidos bajo la superficie de los campos, en el nacimiento de los ríos, en
el alma de las piedras y el corazón de los árboles. Eran los espíritus de la
naturaleza que solo podían dejarse ver durante la primera luna llena de octubre,
en la celebración de Samhain, conocida
hoy en día como la fiesta de la cosecha o Halloween.
Los familiares difuntos participaban de esta
fiesta y sus amados vivos los recibían con banquetes en su honor… Jack, embaucador de oficio y bebedor a tiempo
completo, aprovechaba la ocasión para ir de puerta en puerta a saludar
supuestos parientes, haciéndose pasar por muerto a pesar de estar muy vivo.
─ ¡Salud hijo! Vengo de la fría tumba a festejar con
vosotros. Soy el abuelo de tu abuelo, muerto en la guerra del mil y tantos.
De casa en casa iba llenando el buche, como
el tío infartado del primo aquel o el hermano mayor desaparecido durante la
inundación; hasta que llegaban los verdaderos espíritus de los abuelos, tíos
del primo y hermanos desaparecidos, que lo sacaban a patadas.
Una noche en la que sólo había recibido
baldes de agua hirviendo y portazos, entró a un bar con el estómago estragado y
la boca pastosa, gritando a todo pulmón:
─ ¡Vendería mi alma al diablo por un
trago!
El diablo, que también tenía la noche
franca, le respondió desde el rincón del bar donde se había sentado a beber una
cerveza:
─ Se conforma con poco
compañero.
─Soy un hombre humilde. ─Le respondió
Jack.
─ Quizás yo pueda ayudarlo a cumplir su
deseo.
Jack
que no tenía idea de con quien hablaba y tampoco le importaba, pensó:
─Al fin, el primer zoquete de la noche.
En
dos brincos rodó una silla y se sentó junto a él.
─ Estoy quebrado, amigo. La buena
fortuna no me ha querido nunca. Si usted me hiciera la caridad de darme una
moneda para pagar un trago, se lo agradecería en la otra vida, porque en esta
no puedo pagarle ni un centavo.
─
¡Trato hecho!─Respondió el diablo.─ Usted acaba de venderme el alma.
─
¡No me diga que es usted el diablo!
Por respuesta, el diablo se transformó ante sus ojos en una moneda de plata con la
que Jack, ni tonto ni perezoso, fue hasta la barra y con golpe de ganador la
colocó frente al cantinero.
─
¡Una botella de whiskey!
En cuanto el cantinero se dio la vuelta para
servirle, Jack, con sus dedos hábiles, tomó de nuevo la moneda y se la guardó
en el bolsillo, recibió su botella y salió corriendo a esconderse en el cementerio,
donde bebió a sus anchas.
A
la mañana siguiente sintió que algo le pateaba en la cabeza y en el bolsillo.
En la cabeza la resaca, en el bolsillo el diablo que no podía salir de ahí.
─ ¿Usted por qué molesta tan
temprano?
─
¡Sáqueme de aquí!─ Lo apremió el diablo.
─
¿Qué? ¿No puede hacerlo usted mismo?
No,
no podía, Jack cargaba puestos los pantalones del cura del pueblo, se los había
robado días antes y por esa razón guardaba en su bolsillo una cruz bendita que
le impedía al diablo transformarse de nuevo en diablo.
─
¡Qué cara más chata!─Jack se burlaba.
─
¡Qué me saque de aquí!─Insistía el diablo.
─No
me hable golpeado.
─Que
me saque, le digo.
─Que
no y que no, usted a mí no me da órdenes.
Hasta
que al fin llegaron a un trato:
─Lo
saco de ahí si usted jura no venir por mi alma en veinte años.
Y
comenzó el regateo:
─
¡Que sean cinco!
─
¡Yo digo quince!
Se tranzaron por diez años, en los que Jack continuó vagabundeando, estafando,
bebiendo y comiendo de pueblo en pueblo, a costa de los demás.
Cuando
se cumplió el plazo, el diablo se le apareció de nuevo bajo la primera luna
llena de octubre, en un campo de nabos.
─Vengo
por su alma.
Al
principio Jack se hizo el sorprendido.
─
¿De verdad han pasado diez años? Qué rápido pasa el tiempo.
El
diablo no estaba para bromas, ya había esperado bastante.
─Nos
vamos.
─
Ay diablo, esta noche no puedo y no por falta de voluntad sino de fuerza. Las
piernas me tiemblan, llevo semanas sin meterle al buche ni un grano de cebada
podrida. Vine a este campo a mendigar
algún sobrante y no hay más que tres manzanas en aquel árbol.
El diablo, severo, impaciente, de brazos
cruzados, miró las tres manzanas, estaban en lo más alto del árbol. Jack continuaba con su ayayay.
─Quizás…
si usted me hiciera la caridad de alcanzarlas yo me las comería y así podría
acompañarlo hasta su morada. Es el
último deseo de un moribundo, lo último que probaré en vida. Sé
que la caridad no es asunto del diablo, pero sí lo es cobrar una deuda. De
ninguna otra manera podría usted hacerme caminar hasta el infierno.
El
diablo se trepó al árbol y subió hasta la punta; mientras tanto, Jack, siempre
hábil de manos, talló con una piedra afilada una cruz en la corteza. El diablo le lanzó las tres manzanas y cuando
se fue a bajar, no pudo pisar tierra.
─
¿Qué ha hecho? ¿Por qué no puedo bajar?
─
Ahí está la cruz que se lo impide y ahí se va a quedar hasta que no prometa que
nunca, nunca pero nunca, volverá a pedirme el alma.
El
diablo lo prometió de mala gana y Jack vivió unos cuantos años más, hasta que
la bebida y la mala comida destrozaron su hígado y el espíritu de Jack ascendió
a la casa del Altísimo que no le abrió la puerta, por más que tocó y tocó. No tenía ni un solo mérito para entrar al
cielo.
Ya
no sentía ni hambre ni sed y de puro rencor arrancó un nabo de un huerto que
había cerca de las puertas del cielo, mordisqueó la parte blanda y se lo guardó
en el saco.
Comenzó
a descender al infierno, a paso lento en medio de una espesa oscuridad; a veces
el camino era resbaladizo, otras era como de escalones dispares y piedras que
craqueaban bajo sus pies. Cada vez veía menos, el viento susurraba palabras
necias en sus oídos; al fin chocó contra algo que parecía ser una puerta y tocó.
─Diablo
¿está ahí? Soy yo Jack. Vine a entregarle mi alma.
El diablo apareció y lo reconoció.
─
¿Desea usted entrar al infierno?
─
Si, lo pensé mejor y ya es tiempo. Quiero pagar mi deuda.
─Imposible,
prometí que nunca más volvería a reclamar su alma y cumpliré mi palabra.
─
No sea rencoroso diablo, si usted no me acepta, ¿a dónde iré?
─
Devuélvase por donde vino.
─Ese
camino es muy oscuro.
El
diablo en son de burla, le lanzó un carbón encendido con fuego eterno del infierno
y le cerró la puerta en las narices. Con la luz del carbón Jack descubrió
aterrorizado lo que antes no había visto: Las escaleras por las que bajó
estaban hechas con dientes de hombres rabiosos; el camino resbaladizo, con las
lenguas de los mal hablados; las piedras con los cráneos de los envidiosos y el
viento salía del aliento de los pedantes.
Jack, con sus manos temblando, sacó el nabo
que guardaba en su chaqueta y colocó en la parte hueca el carbón de luz, improvisando
una linterna; así comenzó a penar sin rumbo por los caminos del mundo, buscando
un lugar donde descansar que aún no encuentra.
La
leyenda de Jack dio origen a la costumbre de tallar nabos con su cara para
ahuyentar al diablo en la noche de
Samhain; la tradición llegó a los Estados Unidos con los inmigrantes
irlandeses que al no encontrar plantaciones de nabos, los cambiaron por
calabazas.
Fin.
jueves, 7 de mayo de 2015
“Electric Cowboy” Escrito por Abigail Truchsess.
“Electric
Cowboy”
Escrito
por Abigail Truchsess
─Este
país es de gente muy organizada, fíjese bien cómo siguen las reglas, como
siguen las normas, todos bailan igual, siguen el mismo paso y muy pocos se
equivocan. Han venido muchas veces, el
mismo día a la misma hora, hasta aprenderse de memoria la coreografía y
bailarla con sus coterráneos en la pista.
¡Por eso es que me gusta tanto este país, aquí todo está en orden!
La
conversación se daba frente a una pista de baile, en un local llamado “Electric Cowboy”, en la ciudad de Saint
Louis, yo me encontraba incómoda, totalmente fuera de lugar, tratando de unirme
infructuosamente a un grupo de norteamericanos que bailaban al unísono, como cadetes
de la naval en un desfile de Los Próceres.
─
¿Usted ha visto algo más desordenado que un colombiano bailando cumbia? Eso no
se puede creer, la meneadera pa´lla y pa´
cá. ¡Aquello es un desastre, como el tercer mundo!
El
interlocutor era colombiano y estaba hablando de sus compatriotas. Dos días antes había celebrado en su casa el
día de la Independencia de su país y una de sus amigas no sabía si la
independencia era de España o de Venezuela… Cargaba puesta una bandana con los
colores de la bandera y buscaba en Wikipedia, en su celular de última
generación, el origen de la tradición.
─ ¡Cierre
la boca que la está poniendo, mijita! Lo de Venezuela vino después.
Saint
Louis fue fundada por franceses, tomada por los españoles y recuperada de nuevo
por los franceses. En 1803, Thomas Jefferson la adquiere para los Estados
Unidos y los norteamericanos aprovecharon las rutas que habían abierto los españoles
para iniciar desde ahí la exploración al oeste; es por eso que también se le
llama “La Puerta del Oeste” y su símbolo es un orgulloso arco de 192 metros de
altura.
Su
población actual se estima en 318 mil 416 habitantes, de los cuales entre el 1
y el 3.5 por ciento son latinos y es según la revista Forbes, la décima ciudad
más recomendada para inmigrar.
Desde
el año pasado ha sido noticia por la muerte de Michael Brown, un joven de raza
negra de 18 años, a manos de Darren Wilson, un oficial de policía de raza
blanca y aún no se determina si fue o no, intencional. Y mientras en un condado hay protestas en
contra de la discriminación racial, el equipo St.Louis Cardinals lleva 5 partidos ganados, el equipo de hockey, The St. Louis Blues, están en los playoff
jugando contra Minnesota; el gobierno estatal está negociando con la NFA la
construcción de un nuevo estadio de fútbol americano… y Electric Cowboys sigue abriendo sus puertas de miércoles a domingo,
de 7 a 1:30 am.
A la
entrada del local está parado un vaquero muy alto, de sombrero negro, que te
indica por donde debes pasar para pagar. El precio incluye una clase de baile “country” y un trago.
Cuando
al fin pude entrar a la pista compruebo, no sin asombro, que los pasos son los
mismos que he aprendido en Caracas en las fiestas de mi familia, “el pasito
tuntún” de papá, el “relojito” a izquierda y derecha del danzón, los cruces
típicos de la salsa con algún que otro salto, punta y tacón, pero a un ritmo
ajeno a mi condicionamiento óseo.
Una
vez aprendida la lección, suena la música, todos bailan, incluso los latinos y
al finalizar, vuelven al banquillo de los mirones, porque la siguiente canción
tiene otra coreografía y no hay más clases sino hasta la semana entrante.
Hay un
intento de uno de los colombianos de bailar a su aire, invita a una
norteamericana:
─Lo
siento, ─le responde en inglés.─ no bailo hasta que me emborrache.
Y el
vaquero de la entrada, aparece ahora semi-desnudo, un short de cuero negro,
botas negras y el torso y la espalda tatuada. Reparte cócteles en tubos de
ensayo, que dan miedo…
─Se
acabó la hora familiar─ anuncia el colombiano ─ en un ratico las gringas
empezarán a quitarse la camisa y a bailar a teta suelta.
Todos salimos.
La
nostalgia asomó una espina, ¿Qué ha sido de aquellos bailes a orilla de playa? ¿Choroni,
Margarita, Cartagena…? ¿De los toques de tambor en el que todos entran, se
empujan, ríen, beben, comparten unos con más o menos gracia, porque a nadie le
importa la perfección? ¿Qué ha dejado atrás el inmigrante?
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