El beso de Isabela.
Escrito por Abigail Truchsess
- ¿Por
qué? ¿Por qué una pluma de pájaro pesa más que una bolsa de monedas de plata? ¡Es imposible!
Era
de noche y no podías dormir, estabas masticando despacio una galleta, de pie
frente a la balanza, muy atento a su movimiento, tratando de entender el
fenómeno gravitatorio y lo que veías no era consecuencia de un sueño, era una
certeza.
Las
monedas eran de las de verdad-verdad, las habías tomado sin permiso de la
colección de monedas antiguas de tu abuelo, por lo tanto, tenían que pesar y
mucho. ¡Eran un montón!
La
balanza también era del abuelo, muy vieja pero de alta calidad. Esperaste a que todos en casa se durmieran y la
sacaste con cuidado del cuarto de los peroles sin hacer ruido y la colocaste sobre el escritorio de la
biblioteca. Cerraste la puerta porque no querías que tu
mamá te descubriera despierto en la madrugada y te obligara a volver a la cama
sin sueño.
Te
empeñaste entonces en ubicar la flecha de la balanza en el número cero, en todo
el centro y por más que le dabas a la rueda que controlaba el peso, para cerciorarte
que estaba justo en equilibrio, el resultado
era siempre el mismo: La pluma pesaba más
que la bolsa de monedas.
- ¡Qué caso más
raro! – Pensaste.
Recordaste
lo que te había dicho en la mañana en el
laboratorio de ciencias, la sabihonda de
María Fernanda:
- - Claro, si es que
las ideas son más. Es obvio que pesen. El
mundo se sostiene con ideas y esa pluma
está llena de ideas.
A
ti no te daba la gana darle la razón a esa niña odiosa y guardaste la pluma en
el bolsillo de la camisa y la bolsa de
monedas en el morral. No hablaste con
más nadie ese día. Llegaste a casa y te
encerraste en tu cuarto, furioso.
Tu
mamá se extrañó mucho, ni siquiera almorzaste:
- - ¿Qué le pasa a
Tomás?- Le preguntó al abuelo.
- Te lo diré en
cuando sepa qué cosas sacó de mi armario.
Siempre que tiene un problema se mete ahí a registrar mis aparatos viejos de laboratorio. Cree que así puede resolver cualquier
misterio.
Pero
no todos los misterios tienen respuesta y este en particular no obedecía a las
leyes de la razón. Mirabas y mirabas el
zigzag de la línea inclinada de la balanza, repitiendo siempre el mismo
movimiento, cada vez que colocabas la bolsa de monedas y la pluma.
Pensaste
que quizás el problema estaría en el orden en que colocabas las cosas y probaste
a poner primero la pluma y luego la bolsa, después la bolsa y luego la pluma;
intercambiaste sus posiciones en los
platos, colocaste la pluma en el derecho, la bolsa en el izquierdo y
viceversa.
Revisaste
la balanza, quizás le faltaba alguna pieza y estabas en eso cuando te
sorprendió la voz de tu abuelo.
- - ¿Qué te pasa
muchacho? Es de madrugada, si tu mamá te
ve despierto te va a castigar.
- - Es que no puedo
dormir abuelo. Mire esto.
Y
con ojos asombrados, el señor Nacho vio cómo la pluma de un pájaro pesaba más
que una bolsa de monedas de plata. Él lo
había visto casi todo, era boticario y cuanta dolencia aquejaba a los vecinos,
él la resolvía en su viejo consultorio, pero esto…
- - ¡Válgame Dios, esto
es increíble! – Susurró perplejo.
- - ¿Se da cuenta,
abuelo? ¿Verdad qué es increíble? Esta mañana me pasó lo mismo en el colegio. La maestra nos pidió que
lleváramos cosas para aprender a medir.
- ¡Y tú agarraste
mis monedas de plata sin permiso!.
- - Perdón, abuelo,
le juro que las iba a regresar.
- - ¿También llevaste
la balanza a la escuela?
- - No, no, la saqué
ahora. ¡Con mucho cuidado!
- - De acuerdo, eso
ya no importa… por favor sigue, cuéntame cómo es que estás metido en este lío tan raro.
- - Es que no
sé. Yo llevé la bolsa de monedas que
pesa mucho y esta pluma que entró ayer por la mañana a mi cuarto.
- - ¡Sí, volando por
la ventana! Se paró en mi boca y me hizo
estornudar.
- - ¿Y cómo fue que
la guardaste?
- - No sé…
- - Has podido
botarla.
- - ¿Usted cree? ¿Por qué?
- - ¡Claro, por
molesta!
- - No me molestó.
- - ¿No?
- - No, no, bueno, no
sé…
Sí
sabías, pero no se lo quisiste explicar a tu abuelo. Entre
dormido y despierto habías visto cómo la pluma "surfeaba" entre los rayos de sol
que se colaban por los huecos de las persianas; estabas pensando en mí, en que
me había ido del país sin despedirme, hasta que la pluma aterrizó en tus labios
y estornudaste y la pluma saltó y se
perdió entre las cobijas.
Apurado,
la buscaste debajo de la cama y cuando al fin la encontraste, la observaste detenidamente.
- - Parece de loro. –
Dijo tu abuelo, trayéndote de vuelta al presente.
- - Sí, yo creo que
si… es azul, como las del loro de
Isabela.
- - ¿Isabela es la
chiquilla aquella…?
- - ¡No es chiquilla!
- - Está bien,
disculpa. ¿Es tu novia, no?
- - ¡No! ¡No es mi
novia! Ella se mudó la semana pasada,
con sus padres, a Australia.
El
señor Nacho no quiso indagar más en el tema de Isabela, él sabía que a ti no te
gustaba hablar mucho de esas cosas y retomó el asunto de la pluma y la bolsa
con monedas de plata.
- - ¿Has probado a
quitar monedas de la bolsa? ¿Quizás alterando el peso aquí, varía la condición
de acá?
- - ¿Qué están
haciendo despiertos?
El
grito malhumorado de tu mamá retumbó en las paredes de la casa.
- - Un experimento,
Naty querida. – Respondió el señor Nacho
en tono de disculpa.
- - ¡Son las tres de
la mañana, es día de semana y este niño va al colegio mañana!
Por
más que insistieron, ningún alegato en pro de la ciencia logró convencerla y
hubo que dejar el caso para el día sábado. Tu
abuelo te levantó temprano para ir al mercado.
- - Apúrate Tomás, vamos
al mercado a hablar con el chino que
vende las verduras.
- - ¿Y por qué con
él?
- - Él tiene un peso
importado y quiero que me lo preste para pesar la bolsa y la pluma.
Desayunaron
en el camino y llegaron antes de que
abrieran las puertas, esperaron un poco y al fin entraron. Encontraron al chino, organizando las cajas
de apio y zanahoria.
- - No señol, yo no plesto mi peso.
- - Es un caso excepcional,
señor Chang. Esta pluma pesa más que esta
bolsa de monedas de plata y quiero comprobarlo con su peso.
- - Ah, no me venga
con cuentos. Eso es un tluco, señol.
- - ¿Qué quieres que
te apueste?
El
señor Chang lo pensó rápido:
- - ¡Las
monedas!
- - No, las monedas
son antiguas, pertenecen a mi colección. ¡Deme una cifra! ¡Una cifra Chang y le pago!
Mientras
tu abuelo y Chang se ponían de acuerdo en el valor de la apuesta que iban a
librar, el mercado se fue llenando de gente. Viste entrar a tu mamá, que vino a
buscarlos, también viste a llegar a la mamá de María Fernanda con María
Fernanda.
- - ¡Ay no, la
sabihonda está aquí!
Te
hubiera gustado salir huyendo, dejar el experimento para otro día y estabas a
punto de pedírselo a tu abuelo, pero la gente se había ido arremolinando
alrededor de ti, querían saber porque el chino y el viejo boticario
discutían. La señora Yajaira, tu vecina, no aguantó la curiosidad y te
preguntó directamente.
- - Mi abuelo me está
ayudando con un experimento. – Respondiste.
La
señora era abogado de profesión y chismosa de vocación, es lo que decía tu
abuelo de ella, y tú no querías darle mayores explicaciones, pero Yajaira no
quedó conforme con tu respuesta y se quedó a escuchar; llegó entonces tu mamá conversando con la mamá de
María Fernanda y María Fernanda.
- - Hola- Dijo ella.
- - Hola. – Dijiste
tú, sin mirarla.
- - ¿Qué hace tu
abuelo?
- - Nada.
Querías
que se fuera pronto y estaba por hacerlo, su mamá se estaba despidiendo de la
tuya, pero el chino las detuvo a ellas y paralizó a todos los que estaban en el
mercado, con un chillido burlón:
- - Escuchen,
escuchen todos. El señol Nacho dice
que una pluma pesa más que una bolsa de monedas. Me está apostando la difelencia.
Hubo
burlas, risas y más apuestas, todas a favor del chino.
- - ¿Qué es eso de la
diferencia?- Le preguntaste por lo bajo a tu abuelo, con mucha preocupación.
- - Me refiero a la
diferencia de peso entre la pluma y la bolsa.
Si la bolsa pesa 3 kilos, le pago 3 mil bolívares, si la pluma pesa 2
kilos más que la bolsa, el chino me paga a mí esa cantidad. ¿Entendiste?
Y
con entusiasmo se dirigió a todos los del mercado.
- - ¡Hagamos la prueba!
Vengan todos, sean testigos del milagro.
Tomás, venga y ponga la bolsa con las monedas.
Lo
hiciste, intimidado ante la mirada de los presentes, colocaste la bolsa llena
de monedas de plata sobre el peso de la balanza.
- - ¡Cinco kilos en
monedas! – Anunció el abuelo.
- - Ahola
la pluma.- Indicó el chino.
Con
tu mano temblando, pusiste la pluma encima de la bolsa de monedas.
Los
espectadores abrieron mucho los ojos y contuvieron la respiración, la balanza
no se movió ni un milímetro, pasaron unos segundos eternos y nada, nada que se movía. El señor Chang iba a cantar victoria cuando la flecha de la balanza empezó a girar
y a girar y a girar.
Hubo
una exclamación de asombro general, efectivamente,
la pluma pesaba más que la bolsa,
mucho, muchísimo más, tanto más que era casi imposible de calcular.
- - ¡Esto no es leal! Usted tá haciendo tlampa.- Le
gritó furioso el señor Chang a tu abuelo.
¡Y
se armó la sampablera! Unos defendían al señor Nacho, otros a Chang, unos decían que era truco y otros que era un
milagro. La señora Yolanda se interpuso
en medio de la barahúnda.
- - ¡Silencio!
Esperó
unos instantes a que todos hicieran silencio y les propuso lo siguiente:
- - La única manera
de comprobar si hay trampa, es que se pese de nuevo.
Todos
estuvieron de acuerdo y tú volviste a colocar la bolsa y la pluma sobre el
peso. Para desgracia del señor Chang, se
repitió el resultado; probaron entonces
con la pesa del frutero, del quesero,
del carnicero y del pollero y en ninguna hubo variación, cada vez que la aguja de la balanza giraba, el
señor Chang lloraba.
- - Esto no es leal.
¡No puede sel! Estoy aluinado.
El
frutero tomó una moneda de la bolsa y miró a tu abuelo, como quien pide
aprobación.
- - ¿Puedo?
Se
refería a probar la moneda con sus dientes para comprobar si eran
legítimas. El señor Nacho le dio
autorización con el gesto.
- - Adelante, teste
las monedas.
El
quesero y el carnicero hicieron lo mismo con otras monedas y el pollero casi pierde una de las cinco muelas que le
quedaban, mordiendo monedas de plata. No
cabía la menor duda, eran monedas legítimas, de colección.
- - Levisen la
bolsa.- Exigió Chang.
La
bolsa fue revisada, era una bolsa normal.
- - ¡Levisen la pluma!
Y la defendiste con todo tu valor.
- - ¡No! Esta pluma
es mía y no quiero que la muerdan.
- - No la van a
morder, Tomás.- Te aclaró tu abuelo, estupefacto.
- - Mi amor, ellos
solo quieren ver que no tenga nada distinto.- Intervino tu mamá, conciliadora.
- - ¿Qué puede tener
distinto? – Preguntaste, reprimiendo tu desespero.
- - ¡Que pesa!- Dijo
María Fernanda, de brazos cruzados y sonrisa de superioridad.
- - Tomás, mi niño,
por favor… deja que la vean.- Te pidió tu mamá.
Ella
puso su mano abierta frente a ti y tú le entregaste con mucho cuidado la pluma.
Amenazaste a todos.
- - ¡Al que la dañe
le meto un puño!
Esa
pluma era muy importante para ti, por qué, no lo podías explicar. Después de
rescatarla entre las cobijas y los zapatos regados bajo tu cama, la observaste
detenidamente, era de color verde-azulado, como las plumas de mi loro Pancho. El reloj despertador sonó y tu mamá se asomó por la puerta de tu
cuarto.
- - ¡Buenos días
cariño! Bajá rápido. Te hice panquecas.
Guardaste
la pluma en el bolsillo secreto de tu morral y no te acordaste más de ella,
hasta que la maestra de ciencias pidió algo leve para pesar y tú sacaste la
pluma…
En
el mercado:
- - ¡No pesa nada!
¿Se dan cuenta? Es una pluma común y corriente.
Ahora
la tenía la señora Yolanda, la sostenía con la punta de sus dedos; ella no
había permitido que el chino, el carnicero, el frutero, el quesero o el pollero
la tocaran con sus manotas gruesas y llenas de grasa.
- - Que la pesen otla vez con la bolsa, pelo la pone usté, Yolanda, que no sea el niño.
- - ¿Va a insistir
con eso? No le voy a cobrar la apuesta, si es eso lo que le preocupa.- dijo tu
abuelo.
Él
estaba harto de la situación, estaba
preocupado por ti, quería darte una
respuesta lógica al misterio y era definitivo que en el mercado no lo
lograría. Había sido un grave error ir
allí.
- La
señora Yajaira se acercó hasta a ti y te habló con suavidad.
- - ¿No te importa si
lo hago?
Negaste
con el gesto, no te importaba.
Se
hizo el silencio, Yajaira puso la bolsa de monedas en el peso, esperó a que el
peso dejara de balancearse y de nuevo alcanzó los cinco kilos. Sin prisa, pero
sin pausa colocó suavemente la pluma sobre la bolsa, nadie respiraba.
Esperaron
unos segundos y nada pasó, esperaron otros segundos y seguía sin pasar nada. Más
segundos, casi el minuto…
- - ¡No aguanto más!-
Suspiró el pollero.
Y
es que no aguantaba nadie más, una bocanada general de aire hizo que la pluma
saliera volando. Tú
arrancaste a correr tras la pluma y tras de ti, tu mamá, el abuelo, María
Fernanda, la mamá de María Fernanda, la señora Yolanda, el chino, el carnicero,
el pollero y todos los del mercado.
La
pluma alcanzaba cada vez más altura y por más que te esforzaras y saltaras, no
la podías atrapar. Corriste con más fuerza por toda la calle, llegaste hasta la
esquina y cruzaste. En la segunda cuadra chocaste con el amolador, que venía en
bicicleta despistado, cantando:
- - ¡Amoladooooooor,
amoladooooooor!
Lo
tumbaste al suelo. No le diste chance a regañarte, levantaste la bicicleta y te
montaste.
- - ¡Se la devuelvo más
tarde!- Desapareciste en la esquina
siguiente.
El
amolador se quedó pataleando de rabia, iba a salir detrás de ti pero tuvo que
apartarse a toda velocidad para abrirle paso al tropel de gente que venía
detrás.
- - ¡Apaltese! – Le advirtió severo el señor
Chang al amolador. – Que se pielde la
pluma del niño.
- - ¿Qué pluma? ¿Se
volvieron todos locos? ¡Ese niño se llevó mi bicicleta!
El
señor Nacho se detuvo unos instantes a recuperar el aire, ya no estaba para
esos trotes. Procuró calmar al amolador.
- - No se preocupe
por nada, yo me hago responsable. El niño es mi nieto.
Siguió
adelante, echando el resto.
Atravesaste
la avenida con el semáforo en verde y los conductores de los carros tuvieron
que hacer maromas para frenar y no llevarte por el medio, uno de ellos, el que
venía por el canal del centro, chocó contra un faro del alumbrado público, que tenía la base oxidada por el orine de los
perros y el faro cayó… cayó… cayó… el tropel de gente lo vio caer… caer… caer…
y una vez en el suelo, saltaron sobre él.
Llegaste
al parque y te detuviste a mirar, dejaste la bicicleta a un lado y comenzaste a
caminar. Estabas agotado, te sentaste a
la sombra de un árbol y aguantaste las ganas de llorar. María Fernanda fue la
primera en darte alcance.
- - ¿La perdiste?
- - ¿Tú qué crees?
Ella
se sentó a tu lado, solidaria por primera vez en su vida. Poco a poco, fueron
llegando los demás, tu mamá, la mamá de ella, la señora Yajaira, el señor Chang,
el carnicero, el pollero, el quesero, el frutero y el amolador. Tu abuelo fue de los que llegó
de último, entre los rezagados, se sentía tan culpable.
- - Lo siento tanto
muchacho, ya no podremos resolver el misterio.
- - Era la pluma de las ideas.- Aseguró, María
Fernanda, solo que esta vez no se sentía en su tono ningún reproche.
La
señora Yajaira miró hacia el cielo, como quien siente una revelación.
- - Quizás la niña
tenga razón y esta pequeña pluma verdeazulada quiso decirnos algo importante.
Se
miraron los unos a los otros y buscaron en el horizonte, sintieron el viento en
sus rostros… el señor Chang se sintió inspirado.
- - Es cierto… la
pluma quiso contalnos un poema.- Dijo el señor Chang, secándose las lágrimas.- Un poema esclito
por un Luiseñol helido.
- - ¿A qué se refiere
Chang? – Le preguntó el pollero al carnicero, con un codazo en las costillas.
- - ¡Qué sé yo!
- - El señor Chang
está hablando del poema del Ruiseñor… Es un poema de amor.- Les aclaró la mamá
de María Fernanda, que sabía tantas cosas como la hija.
- - La pluma no es de
ningún ruiseñor, es de Pancho, el loro de Isabela.- Le confesaste a todos, con
la boca echa una trompa y el ceño fruncido.
- - Ah con razón.-
dijo María Fernanda.
- - ¿Con razón qué?
- - Bueno, que
Isabela y tú…
No
la dejaste continuar, te levantaste apurado para callarle la boca. No querías
que nadie supiera lo que sentías por Isabela.
- - ¡Tú no sabes nada! ¡Siempre estás equivocada!
La
mamá de María Fernanda evitó, prudentemente, una pelea, tomó de la mano a su hija y se despidió de
Naty y el señor Nacho que se encargo
entonces de despacharlos a todos, a fin
de cuentas ya no había más nada qué hacer y el mercado había quedado abandonado a la buena de Dios.
- - Me guarda mi
bolsa de monedas de plata.- Le advirtió al señor Chang.- Las voy a necesitar para pagar el faro del
alumbrado. – Se volteó hacia el amolador- Y usted llévese su bicicleta, la
acabo de revisar y está en perfecto estado.
Cuando
todos se fueron, Naty se sentó a tu lado, a la sombra del árbol.
- - Creo que María
Fernanda no está tan equivocada.
- - ¿Por qué?
- - Si lo piensas
mejor, esa pluma quizás traía un mensaje para ti.
Lo
pensaste, vaya que lo pensaste.
- - Sea que lo sea,
ya no lo voy a saber.
El
lunes siguiente, en la clase de música te acordaste del día aquel…
- - ¿Somos novios?-
Me preguntaste.
- - Si.
- - ¿Y por qué no me
das un beso?
- - Aquí no quiero.
- - ¿Por qué?
- - Es mi primer beso
y quiero que sea especial. No quiero un
beso, apurado, escondidos de la maestra.
- - ¿Cuánto entonces?
- - Yo te digo cuándo.
¡Te lo prometo!
El
beso nunca te lo pude dar, a mi papá le adelantaron la fecha del viaje a Australia
y no me pude despedir de ti. En mi nuevo
colegio, todos los niños eran extraños, me miraban raro y hablaban distinto a
mí. Me hacías mucha falta.
Durante
el recreo me alejé de todos, me senté
sola en un banco y fue entonces
cuando descubrí pegada a mi sweater una de las plumas de Pancho, la coloqué en la palma de mi
mano y le di un beso.
- - Aquí va el beso
que te prometí.
El
viento se la llevó, la vi perderse en el horizonte con mi conjuro y estaba
segura que llegaría a ti. ¿Cómo lo
sabes, te preguntarás, y cómo es que sabes todo lo que me pasó? Porque una
mañana cualquiera, una pluma entró por
mi ventana, surfeando rayos de sol,
traía consigo tu beso de vuelta.
EPILOGO:
Durante
los años siguientes, muchas plumas volaron de Venezuela a Australia y de
Australia a Venezuela.
Fin.