miércoles, 24 de septiembre de 2014

El beso de Isabela. Escrito por Abigail Truchsess

El beso de Isabela.
Escrito por Abigail Truchsess


-  ¿Por qué? ¿Por qué una pluma de pájaro pesa más que una bolsa de monedas de plata?     ¡Es imposible!   

Era de noche y no podías dormir, estabas masticando despacio una galleta, de pie frente a la balanza, muy atento a su movimiento, tratando de entender el fenómeno gravitatorio y lo que veías no era consecuencia de un sueño, era una certeza.

Las monedas eran de las de verdad-verdad, las habías tomado sin permiso de la colección de monedas antiguas de tu abuelo, por lo tanto, tenían que pesar y mucho. ¡Eran un montón!

La balanza también era del abuelo, muy vieja pero de alta calidad.  Esperaste a que todos en casa se durmieran y la sacaste con cuidado del cuarto de los peroles sin hacer ruido y  la colocaste sobre el escritorio de la biblioteca.   Cerraste la puerta porque no querías que tu mamá te descubriera despierto en la madrugada y te obligara a volver a la cama sin sueño.

Te empeñaste entonces en ubicar la flecha de la balanza en el número cero, en todo el centro y por más que le dabas a la rueda que controlaba el peso, para cerciorarte que estaba justo en equilibrio,  el resultado era siempre el mismo: La pluma pesaba más  que la bolsa de monedas.

-   ¡Qué caso más raro! – Pensaste.

Recordaste  lo que te había dicho en la mañana en el laboratorio de ciencias,  la sabihonda de María Fernanda:

-    -  Claro, si es que las ideas son más.  Es obvio que pesen. El mundo se sostiene con ideas y  esa pluma está llena de ideas.

A ti no te daba la gana darle la razón a esa niña odiosa y guardaste la pluma en el bolsillo de la camisa  y la bolsa de monedas en el morral.  No hablaste con más nadie ese día.  Llegaste a casa y te encerraste en tu cuarto, furioso.

Tu mamá se extrañó mucho, ni siquiera almorzaste:

-   -  ¿Qué le pasa a Tomás?- Le preguntó al abuelo.

-    Te lo diré en cuando sepa qué cosas sacó de mi armario.  Siempre que tiene un problema se mete ahí a registrar  mis aparatos viejos de laboratorio.  Cree que así puede resolver cualquier misterio.

Pero no todos los misterios tienen respuesta y este en particular no obedecía a las leyes de la razón.  Mirabas y mirabas el zigzag de la línea inclinada de la balanza, repitiendo siempre el mismo movimiento, cada vez que colocabas la bolsa de monedas y la pluma. 
Pensaste que quizás el problema estaría en el orden en que colocabas las cosas y probaste a poner primero la pluma y luego la bolsa, después la bolsa y luego la pluma; intercambiaste  sus posiciones en los platos, colocaste la pluma en el derecho, la bolsa en el izquierdo y viceversa.
 
Revisaste la balanza, quizás le faltaba alguna pieza y estabas en eso cuando te sorprendió la voz de tu abuelo.
  
-    -  ¿Qué te pasa muchacho?  Es de madrugada, si tu mamá te ve despierto te va a castigar.

-    -  Es que no puedo dormir abuelo.  Mire esto.

Y con ojos asombrados, el señor Nacho vio cómo la pluma de un pájaro pesaba más que una bolsa de monedas de plata.  Él lo había visto casi todo, era boticario y cuanta dolencia aquejaba a los vecinos, él la resolvía en su viejo consultorio, pero esto…

-   -  ¡Válgame Dios, esto es increíble! –  Susurró perplejo.

-   -  ¿Se da cuenta, abuelo? ¿Verdad qué es increíble? Esta mañana me pasó lo mismo en el colegio.  La maestra nos pidió que lleváramos cosas para aprender a medir.
      
      -  ¡Y tú agarraste mis monedas de plata sin permiso!. 

-     -   Perdón, abuelo, le juro que las iba a regresar.

-     -  ¿También llevaste la balanza a la escuela?

-     -  No, no, la saqué ahora.  ¡Con mucho cuidado!

-     - De acuerdo, eso ya no importa… por favor sigue, cuéntame  cómo es que estás metido en este lío tan raro.

-     -  Es que no sé.  Yo llevé la bolsa de monedas que pesa mucho y esta pluma que entró ayer por la mañana a mi cuarto.

-       -  ¿Cómo que entró?

-       - ¡Sí, volando por la ventana!  Se paró en mi boca y me hizo estornudar. 

-        -  ¿Y cómo fue que la guardaste?

-        -  No sé…  

-         - Has podido botarla. 

-         - ¿Usted cree?  ¿Por qué?

-        -  ¡Claro, por molesta!

-        -  No me molestó.

-        -  ¿No?  

-        -  No, no, bueno, no sé…

Sí sabías, pero no se lo quisiste explicar a tu abuelo.  Entre dormido y despierto habías visto cómo la pluma "surfeaba" entre los rayos de sol que se colaban por los huecos de las persianas; estabas pensando en mí, en que me había ido del país sin despedirme, hasta que la pluma aterrizó en tus labios y estornudaste y  la pluma saltó y se perdió entre las cobijas.

Apurado, la buscaste debajo de la cama y cuando al fin la encontraste,  la observaste detenidamente.

-       -  Parece de loro. – Dijo tu abuelo, trayéndote de vuelta al presente.

-       - Sí, yo creo que si…  es azul, como las del loro de Isabela.

-       -  ¿Isabela es la chiquilla aquella…?

-        - ¡No es chiquilla!

-        - Está bien, disculpa. ¿Es tu novia, no?

-        - ¡No! ¡No es mi novia!  Ella se mudó la semana pasada, con sus padres, a Australia.

El señor Nacho no quiso indagar más en el tema de Isabela, él sabía que a ti no te gustaba hablar mucho de esas cosas y retomó el asunto de la pluma y la bolsa con monedas de plata.

-        - ¿Has probado a quitar monedas de la bolsa? ¿Quizás alterando el peso aquí, varía la condición de acá? 

-          - ¿Qué están haciendo despiertos?

El grito malhumorado de tu mamá retumbó en las paredes de la casa. 

-         - Un experimento, Naty querida. –  Respondió el señor Nacho en tono de disculpa.

-        -  ¡Son las tres de la mañana, es día de semana y este niño va al colegio mañana!  

Por más que insistieron, ningún alegato en pro de la ciencia logró convencerla y hubo que dejar el caso para el día sábado. Tu abuelo te levantó temprano para ir al mercado.  

-       -  Apúrate Tomás, vamos al mercado a  hablar con el chino que vende las verduras.

-       -   ¿Y por qué con él?

-       -   Él tiene un peso importado y quiero que me lo preste para pesar la bolsa y la pluma.

Desayunaron en el camino y  llegaron antes de que abrieran las puertas, esperaron un poco y al fin entraron.  Encontraron al chino, organizando las cajas de apio y zanahoria. 

-       -  No señol, yo no plesto mi peso.   

-    -   Es un caso excepcional, señor Chang.  Esta pluma pesa más que esta bolsa de monedas de plata y quiero comprobarlo con su peso.

-        -   Ah, no me venga con cuentos.  Eso es un tluco, señol.

-        -  ¿Qué quieres que te apueste? 

El señor Chang lo pensó rápido:

-        -   ¡Las monedas! 

-        -  No, las monedas son antiguas, pertenecen a mi colección.  ¡Deme una cifra! ¡Una cifra Chang y le pago!

Mientras tu abuelo y Chang se ponían de acuerdo en el valor de la apuesta que iban a librar, el mercado se fue llenando de gente. Viste entrar a tu mamá, que vino a buscarlos, también viste a llegar a la mamá de María Fernanda con María Fernanda.

-       -  ¡Ay no, la sabihonda está aquí!

Te hubiera gustado salir huyendo, dejar el experimento para otro día y estabas a punto de pedírselo a tu abuelo, pero la gente se había ido arremolinando alrededor de ti, querían saber porque el chino y el viejo boticario discutían.    La señora Yajaira,  tu vecina, no aguantó la curiosidad y te preguntó directamente.

-        -  Mi abuelo me está ayudando con un experimento. – Respondiste.

La señora era abogado de profesión y chismosa de vocación, es lo que decía tu abuelo de ella, y tú no querías darle mayores explicaciones, pero Yajaira no quedó conforme con tu respuesta y se quedó a escuchar; llegó  entonces tu mamá conversando con la mamá de María Fernanda y María Fernanda.

-        -  Hola- Dijo ella.

-        -  Hola. – Dijiste tú, sin mirarla.

-         -  ¿Qué hace tu abuelo?

-         -   Nada.

Querías que se fuera pronto y estaba por hacerlo, su mamá se estaba despidiendo de la tuya, pero el chino las detuvo a ellas y paralizó a todos los que estaban en el mercado, con un chillido burlón:

-        - Escuchen, escuchen todos. El señol Nacho dice que una pluma pesa más que una bolsa de monedas.  Me está apostando la difelencia.

Hubo burlas, risas y más apuestas, todas a favor del chino.

-    -  ¿Qué es eso de la diferencia?- Le preguntaste por lo bajo a tu abuelo, con mucha preocupación. 

-    -    Me refiero a la diferencia de peso entre la pluma y la bolsa.  Si la bolsa pesa 3 kilos, le pago 3 mil bolívares, si la pluma pesa 2 kilos más que la bolsa, el chino me paga a mí esa cantidad. ¿Entendiste? 

Y con entusiasmo se dirigió a todos los del mercado.

-     - ¡Hagamos la prueba! Vengan todos, sean testigos del milagro.  Tomás, venga y ponga la bolsa con las monedas.

Lo hiciste, intimidado ante la mirada de los presentes, colocaste la bolsa llena de monedas de plata sobre el peso de la balanza.   

-       -  ¡Cinco kilos en monedas! – Anunció el abuelo.

-       -  Ahola la pluma.- Indicó el chino.  

Con tu mano temblando, pusiste la pluma encima de la bolsa de monedas.  

Los espectadores abrieron mucho los ojos y contuvieron la respiración, la balanza no se movió ni un milímetro, pasaron unos segundos eternos y  nada, nada que se movía.  El señor Chang iba a cantar victoria  cuando la flecha de la balanza empezó a girar y a girar y a girar.

Hubo una exclamación de asombro general,  efectivamente,   la pluma pesaba más que la bolsa, mucho, muchísimo más, tanto más que era casi imposible de calcular.   

-          - ¡Esto no es leal! Usted haciendo tlampa.- Le gritó furioso el señor Chang a tu abuelo.

¡Y se armó la sampablera! Unos defendían al señor Nacho, otros a Chang,  unos decían que era truco y otros que era un milagro.   La señora Yolanda se interpuso en medio de la barahúnda.

-          - ¡Silencio!

Esperó unos instantes a que todos hicieran silencio y les propuso lo siguiente:  

-         -  La única manera de comprobar si hay trampa, es que se pese de nuevo.

Todos estuvieron de acuerdo y tú volviste a colocar la bolsa y la pluma sobre el peso. Para desgracia del señor Chang,  se repitió el resultado;   probaron entonces  con la pesa del frutero, del quesero, del carnicero y del pollero y en ninguna hubo variación,  cada vez que la aguja de la balanza giraba, el señor Chang lloraba.

-       -  Esto no es leal.  ¡No puede sel! Estoy aluinado.

El frutero tomó una moneda de la bolsa y miró a tu abuelo, como quien pide aprobación.  

-        -  ¿Puedo? 

Se refería a probar la moneda con sus dientes para comprobar si eran legítimas.  El señor Nacho le dio autorización con el gesto.

-        -  Adelante, teste las monedas. 

El quesero y el carnicero hicieron lo mismo con otras monedas  y el pollero  casi pierde una de las cinco muelas que le quedaban, mordiendo monedas de plata.  No cabía la menor duda, eran monedas legítimas, de colección.  

-        -  Levisen la bolsa.- Exigió Chang.

La bolsa fue revisada, era una bolsa normal.  

-        -  ¡Levisen la pluma!

Y la defendiste con todo tu valor.

-       -  ¡No! Esta pluma es mía y no quiero que la muerdan.

-        -  No la van a morder, Tomás.- Te aclaró tu abuelo, estupefacto.

-        -  Mi amor, ellos solo quieren ver que no tenga nada distinto.- Intervino tu mamá, conciliadora.

-        -  ¿Qué puede tener distinto? – Preguntaste, reprimiendo tu desespero.

-        -   ¡Que pesa!- Dijo María Fernanda, de brazos cruzados y sonrisa de superioridad.

-        -  Tomás, mi niño, por favor… deja que la vean.- Te pidió tu mamá.

Ella puso su mano abierta frente a ti y tú le entregaste con mucho cuidado la pluma. Amenazaste a todos.  

-        -  ¡Al que la dañe le meto un puño!

Esa pluma era muy importante para ti, por qué, no lo podías explicar. Después de rescatarla entre las cobijas y los zapatos regados bajo tu cama, la observaste detenidamente,  era de color verde-azulado, como las plumas de mi loro Pancho.  El reloj despertador sonó y  tu mamá se asomó por la puerta de tu cuarto. 

-        -  ¡Buenos días cariño! Bajá rápido. Te hice panquecas. 

Guardaste la pluma en el bolsillo secreto de tu morral y no te acordaste más de ella, hasta que la maestra de ciencias pidió algo leve para pesar y tú sacaste la pluma…

En el mercado:

-       -   ¡No pesa nada! ¿Se dan cuenta? Es una pluma común y corriente.  

Ahora la tenía la señora Yolanda, la sostenía con la punta de sus dedos; ella no había permitido que el chino, el carnicero, el frutero, el quesero o el pollero la tocaran con sus manotas gruesas y llenas de grasa. 

-       -  Que la pesen otla vez con la bolsa, pelo la pone usté, Yolanda, que no sea el niño. 

-       -  ¿Va a insistir con eso? No le voy a cobrar la apuesta, si es eso lo que le preocupa.- dijo tu abuelo.  

Él  estaba harto de la situación, estaba preocupado por ti,  quería darte una respuesta lógica al misterio y era definitivo que en el mercado no lo lograría.  Había sido un grave error ir allí. 

  -  La señora Yajaira se acercó hasta a ti y te habló con suavidad.

-       -  ¿No te importa si lo hago?

Negaste con el gesto, no te importaba. 

Se hizo el silencio, Yajaira puso la bolsa de monedas en el peso, esperó a que el peso dejara de balancearse y de nuevo alcanzó los cinco kilos. Sin prisa, pero sin pausa colocó suavemente la pluma sobre la bolsa, nadie respiraba. 

Esperaron unos segundos y nada pasó, esperaron otros segundos y seguía sin pasar nada. Más segundos, casi el minuto…

-        -  ¡No aguanto más!- Suspiró el pollero.  

Y es que no aguantaba nadie más, una bocanada general de aire hizo que la pluma saliera volando.  Tú arrancaste a correr tras la pluma y tras de ti, tu mamá, el abuelo, María Fernanda, la mamá de María Fernanda, la señora Yolanda, el chino, el carnicero, el pollero y todos los del mercado.

La pluma alcanzaba cada vez más altura y por más que te esforzaras y saltaras, no la podías atrapar. Corriste con más fuerza por toda la calle, llegaste hasta la esquina y cruzaste. En la segunda cuadra chocaste con el amolador, que venía en bicicleta despistado, cantando: 

-        -  ¡Amoladooooooor, amoladooooooor!

Lo tumbaste al suelo. No le diste chance a regañarte, levantaste la bicicleta y te montaste.

-       -  ¡Se la devuelvo más tarde!-  Desapareciste en la esquina siguiente.  

El amolador se quedó pataleando de rabia, iba a salir detrás de ti pero tuvo que apartarse a toda velocidad para abrirle paso al tropel de gente que venía detrás.

-        -   ¡Apaltese! – Le advirtió severo el señor Chang al amolador. – Que se pielde la pluma del niño.

-         -  ¿Qué pluma? ¿Se volvieron todos locos? ¡Ese niño se llevó mi bicicleta! 

El señor Nacho se detuvo unos instantes a recuperar el aire, ya no estaba para esos trotes. Procuró calmar al amolador.

-       -  No se preocupe por nada, yo me hago responsable. El niño es mi nieto.

Siguió adelante, echando el resto.    

Atravesaste la avenida con el semáforo en verde y los conductores de los carros tuvieron que hacer maromas para frenar y no llevarte por el medio, uno de ellos, el que venía por el canal del centro, chocó contra un faro del alumbrado público,  que tenía la base oxidada por el orine de los perros y el faro cayó… cayó… cayó… el tropel de gente lo vio caer… caer… caer… y una vez en el suelo, saltaron sobre él.

Llegaste al parque y te detuviste a mirar, dejaste la bicicleta a un lado y comenzaste a caminar.  Estabas agotado, te sentaste a la sombra de un árbol y aguantaste las ganas de llorar. María Fernanda fue la primera en darte alcance.

-         - ¿La perdiste?

-         - ¿Tú qué crees?

Ella se sentó a tu lado, solidaria por primera vez en su vida. Poco a poco, fueron llegando los demás, tu mamá, la mamá de ella, la señora Yajaira, el señor Chang, el carnicero, el pollero, el quesero, el frutero  y el amolador. Tu abuelo fue de los que llegó de último, entre los rezagados, se sentía tan culpable.

-        -  Lo siento tanto muchacho, ya no podremos resolver el misterio. 

-        -  Era la pluma de las ideas.- Aseguró, María Fernanda, solo que esta vez no se sentía en su tono ningún reproche.

La señora Yajaira miró hacia el cielo, como quien siente una revelación.

-       -  Quizás la niña tenga razón y esta pequeña pluma verdeazulada quiso decirnos algo              importante.

Se miraron los unos a los otros y buscaron en el horizonte, sintieron el viento en sus rostros… el señor Chang se sintió inspirado.

-       -  Es cierto… la pluma quiso contalnos un poema.- Dijo el señor Chang, secándose  las lágrimas.-  Un poema esclito por un Luiseñol helido.

-      -  ¿A qué se refiere Chang? – Le preguntó el pollero al carnicero, con un codazo en las costillas.

-       -  ¡Qué sé yo!

-     -  El señor Chang está hablando del poema del Ruiseñor… Es un poema de amor.- Les aclaró la mamá de María Fernanda, que sabía tantas cosas como la hija.

-    -  La pluma no es de ningún ruiseñor, es de Pancho, el loro de Isabela.- Le confesaste a todos, con la boca echa una trompa y el ceño fruncido.  

-     -  Ah con razón.- dijo María Fernanda.

-     -   ¿Con razón qué?

-     -   Bueno, que Isabela y tú…

No la dejaste continuar, te levantaste apurado para callarle la boca. No querías que nadie supiera lo que sentías por Isabela. 

-        -   ¡Tú no sabes nada!  ¡Siempre estás equivocada!

La mamá de María Fernanda evitó, prudentemente, una pelea,  tomó de la mano a su hija y se despidió de Naty  y el señor Nacho que se encargo entonces  de despacharlos a todos, a fin de cuentas ya no había más nada qué hacer y el mercado  había quedado abandonado a la buena de Dios.

-        -  Me guarda mi bolsa de monedas de plata.- Le advirtió al señor Chang.-  Las voy a necesitar para pagar el faro del alumbrado. – Se volteó hacia el amolador- Y usted llévese su bicicleta, la acabo de revisar y está en perfecto estado.

Cuando todos se fueron, Naty se sentó a tu lado,  a la sombra del árbol.

-        -  Creo que María Fernanda no está tan equivocada.

-        -  ¿Por qué?

-        -  Si lo piensas mejor, esa pluma quizás traía un mensaje para ti.

Lo pensaste, vaya que lo pensaste.

-        -  Sea que lo sea, ya no lo voy a saber.

El lunes siguiente, en la clase de música te acordaste del día aquel…

-        -  ¿Somos novios?- Me preguntaste.

-        -  Si.

-        -  ¿Y por qué no me das un beso?

-        -  Aquí no quiero.

-        -  ¿Por qué?

-        -  Es mi primer beso y quiero que sea especial.  No quiero un beso, apurado, escondidos de la maestra.

-        -  ¿Cuánto entonces?

-        -  Yo te digo cuándo. ¡Te lo prometo! 

El beso nunca te lo pude dar, a mi papá le adelantaron la fecha del viaje a Australia y no me pude despedir de ti.  En mi nuevo colegio, todos los niños eran extraños, me miraban raro y hablaban distinto a mí.  Me hacías mucha falta.

Durante el recreo me alejé de todos, me senté  sola en un banco y  fue entonces cuando descubrí pegada a mi sweater una de las  plumas de Pancho, la coloqué en la palma de mi mano y le di un beso.

-        -  Aquí va el beso que te prometí.

El viento se la llevó, la vi perderse en el horizonte con mi conjuro y estaba segura que llegaría a ti.  ¿Cómo lo sabes, te preguntarás, y cómo es que sabes todo lo que me pasó? Porque una mañana cualquiera, una pluma entró  por mi ventana, surfeando rayos de sol,  traía consigo tu beso de vuelta.

EPILOGO:
Durante los años siguientes, muchas plumas volaron de Venezuela a Australia y de Australia a Venezuela.


Fin. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

El INTRUSO DE NOCHEBUENA. Escrito por Abigail Truchsess.

EL INTRUSO DE NOCHEBUENA



Escrito por Abigail Truchsess.

Un corbatín de lazo, color naranja, había caído entre las brasas y el humo blanco de cientos de salchichas asadas al aire libre, cambio de color a un tono gris oscuro, muy oscuro.
-      ¡Esto es una señal de mal agüero!- Pensó el abuelo de los Snorkill.

Era diciembre del año 1842 y más de trescientos campesinos de Endingen, se habían reunido en los campos de manzanas  para celebrar el contrato de fundación de  una ciudad alemana en el trópico, firmado por  Martin Cassler y Agustín Codazzi.    

Uno de los futuros colonos, de apellido Ritzen, había bebido mucha cerveza y metió su dedo gordo y calloso de labrero en la corbata naranja del oficial Codazzi.

-          ¡Usted debe jurar que seremos felices! 

Y se la embadurnó de grasa de salchichas, trató de limpiarla con un pañuelo, pero el pañuelo venía lleno de mermelada y salsa blanca…  la corbata terminó pegada a los dedos de Ritzen y el desconcertado oficial  dio unos pasos hacia atrás, disimulando su espanto, se tropezó con el abuelo de los Snorkill sin disculparse y  juró a todos, con una cruz que había sacado de su bolsillo y que apenas rozó con sus labios, felicidad por siempre.

Ritzen triunfante,  lanzó al aire  el corbatín y el corbatín terminó en las brasas. 

El abuelo Snorkill,  miró con desconfianza la tela que se quemaba y presintió en la mezcla de olores de grasa de cerdo, una maldición.

El abuelo creía en el poder mágico de la palabra escrita y fue por esa razón que evitó colocar su nombre y el de su familia en el censo de los aventureros que se embarcaron en “el Clemence”,  el barco francés que los trajo desde Havre de Grace  a Choroní  y  la razón  por la cual Codazzi nunca se puso de acuerdo con los funcionarios de inmigración de Venezuela, pues mientras estos habían contado 378 alemanes desembarcados, Codazzi insistía en que eran 374. 

Los cuatro faltantes eran el abuelo, su esposa y sus dos hijos, que se colaron entre los Benitz,  Muller, Musle, Gerig, Rudman, Ruth, Ziegler, Strubinger, Griman, Hoffman, Bergman, Galler, Suhr,  Breindenbach, Cassler  y Rizten que atravesaron a pie,  desde Choroní, las montañas de Maracay  hasta  el lugar donde hoy en día se asienta la Colonia Tovar.

Gracias a esta simple artimaña, el abuelo pensó que había burlado la maldición, pues ninguno de los suyos cayó enfermo cuando la viruela los atacó en el viaje en barco y tampoco se contaron entre los caídos por el sol y el calor, en la caminata a través de las montañas.

Al paso de los años, el abuelo tuvo más nietos que hijos y el día de Navidad, después de la misa de gallo, se sentaban juntos a la mesa a celebrar con una gran cena.   

Solían comenzar con aperitivos de pescado ahumado, seguido de un gran plato de carne de tiburón fermentada y un exquisito cordero.  La abuela de los Snorkil era famosa por su cordero al horno con  ensalada de papas y arroz salvaje.  Para finalizar con broche de oro, tenían de postre, la insuperable torta de crema de chocolate de la esposa del hijo menor de los  Snorkill.   

Todas sus recetas eran de tradición vikinga y se preparaban sobre leña, a fuego lento. Aprovechaban el viaje de ida y vuelta a la misa de Navidad, para dejar el pescado ahumándose,  el tiburón cocinándose,  el cordero  horneándose y la torta helándose.   Solo un miembro de la familia tenía el deber de cuidar la comida.

A finales de noviembre  la abuela de los Snorkill preguntaba:

-          ¿Quién cuidará este año del hogar?

Algunas veces se ofrecía un voluntario, otras veces la decisión era tomaba al azar por medio de un sorteo;  y cuando todos querían ir a la misa, el hijo mayor de los Snorkil  escogía quien debía quedarse, dependiendo de su comportamiento durante el año.  

Así iban andando las cosas, hasta que un día, al regreso de la misa, la familia halló la casa con la puerta hecha pedazos, la mesa derribada, la vajilla rota, la parrilla sin pescado,  el caldero sin tiburón,  el horno sin cordero y la gavera sin torta.

Ese año, la hija mayor del hermano menor, una chica rubia y lozana,  se había quedado a cuidar de la casa y también había desaparecido.

Los Snorkill con sus parientes y amigos, salieron a buscarla;   formaron cuadrillas,  pero nada, nunca, nunca, nunca,  apareció.

Pensaron que a la chica la había secuestrado algún insurrecto de la Revolución Azul, pero al año siguiente, una vez más en Nochebuena, se repitió la misma escena: La puerta hecha pedazos, la mesa derribada, la vajilla quebrada, la leña sin pescado, el caldero sin tiburón,  el horno sin cordero… la gavera sin torta.  Esta vez había desaparecido el primer varón nacido en tierras de Tovar.

El abuelo de los Snorkill recordó el humo negro de las salchichas asadas aquel día en Endingen y   pensó:
-          Es la maldición, ha venido por nosotros.  

La familia Snorkill comenzó a tener muy mala fama.  Las historias que se inventaron en torno al misterio de los Snorkil pululaban por docenas, unos y otros  susurraban que se trataba de hadas o duendes que  venían en Nochebuena a comérselo todo y secuestraban al  único habitante de la casa,  para convertirlo en su esclavo por toda la eternidad…

-          ¡Es un vampirrro!- Aseguraba el viejo Ritzel.

El ser en cuestión nadie podía definirlo,  lo que sí estaba comprobado a ciencia cierta, era que se trataba de un personaje del otro mundo con muy buen apetito.

Obviamente nadie quería permanecer en casa de los Snorkill la noche de Navidad.  Cuando el año estaba por terminar, entre octubre y noviembre, la familia empezaba a mostrar  verdaderos signos de preocupación. ¿Quién querría desaparecer para siempre?
Sucedió entonces que una linda morena maracayera se acercó a pedir trabajo, se llamaba Trinidad y no tenía ni idea de la maldición que perseguía a la familia.   

La nuera de los Snorkill la contrató y dejándose llevar por el instinto de supervivencia le propuso: 

-  Sería tan lindo que se quedaras con nosotros… solo hay una condición: El 24 de diciembre debe quedarse sola en casa. ¡Usted ha de cuidar el fuego del hogar!  

La muchacha aceptó sin peros y comenzó a trabajar. A pesar de su aspecto delgado, era muy fuerte y colaboradora,  era la primera en levantarse por la mañana y la última en acostarse por la noche.  Todos en casa comenzaron a tomarle mucho cariño y la abuela pensaba.

-    Pobrecilla, tan jovencita… 

La paz de espíritu no llegó con la navidad a casa de los Snorkil; sentían mucha culpa pero nadie se atrevía a comentarle una palabra a Trinidad.  El aciago día pasó pronto, el sol se ocultó en el horizonte y montaron  el pescado en la leña, el tiburón en el caldero, el cordero en el horno y la torta en la gavera. Decoraron la mesa con manteles bordados en hilo y una vajilla de Bavaria.

-    ¡Qué derroche!- murmuraba la esposa del hermano menor.  – Tanto esfuerzo para que se lo coma un misterioso desconocido.

Y llegó la hora de partir a la Iglesia. Bajo el marco de la puerta, que todos los años se montaba nueva, se despidieron de Trinidad y la abuela Snorkill rompió en llanto.

-    ¡Lo que estamos haciendo no tiene perdón de Dios! 

La nuera se apuró en llevársela fuera de la casa, pero  la abuela lloró más duro y se refugió en brazos del abuelo, que le dijo al oído.

-     Trinita no viajó en el  “El Clemence
-     ¿Y eso qué?- le replicó ella.
-     Quizás escape a la maldición… ella no tiene sangre alemana.

La abuela no pudo reprimir un reproche:

-  No conocemos al monstruo que llega todas las navidades a llevárselo todo, no sabemos nada sobre él y puede que le guste la sangre mestiza tanto como la nuestra.  

Todos se reunieron a discutir el asunto, algo que nunca habían hecho por miedo.

-   Suegra- dijo la nuera.-  Piense que es un pequeño sacrificio de familia.  Todos los años alguien debe quedarse a cuidar de la comida y este año le tocó a Trinidad, ella no puso ningún reparo.

-   ¡Porque no sabe la verdad! –  Aulló  la abuela. – Tenemos tanto miedo que no hemos sido sinceros con la pobrecilla.

-    Debemos pensar en los niños.  Ellos necesitan de su familia.- Dijo la esposa del hermano mayor.- No podemos permitir que alguien más de la familia desaparezca.

-    ¿Y qué un extraño pague por nuestras culpas?  La maldición nos pertenece. -Habló contundente la abuela. 

Trinidad que había salido al porche de la casa, escuchó la discusión de la familia, temblando del miedo, los tomó a todos por sorpresa cuando dijo a gritos.  

-  ¡Yo no me voy a quedar! ¡No me voy a quedar!  No quiero ser esclava de ningún ser sobrenatural.

-     ¿Y qué hacemos? - Preguntó con voz ahogada una de las nietas.  

Se miraron unos a otros, cada quien fue bajando los ojos, agobiados por la pena, no tenían solución.
-   ¡Yo me quedo! – Quiso sacrificarse el abuelo. – Ya he vivido bastante y es justo que sea yo quien enfrente lo que sea que venga a derribar la puerta de nuestro hogar.

-    ¡Eso no arregla las cosas!-  Replicó la abuela. -  El año entrante tendremos el mismo problema y nadie se querrá quedar.  ¿Desapareceremos, acaso, uno a uno, año tras año?

Tras un silencio profundo, la nuera de los Snorkill propuso recoger todo, la comida, el horno, apagar la hoguera, llevarse la gavera, la vajilla, los manteles, la cristalería y que no quedara nadie. Armarían la mesa en la Iglesia y compartirían la cena con el cura.

-   ¡Sería un riesgo mayor!   – Le replicó el esposo.-  La fiera infernal podría enfurecer al no hallar un humano para el sacrificio y podría llegar al pueblo.  ¡Y acabar hasta con el santo cura!

-   ¡Quedémonos todos! –  Dijo el hijo mayor. – enfrentemos entre todos la maldición.

Parecía que iban a apoyar la sugerencia cuando en el horizonte, una sombra se alzó entre los árboles y abrió paso a un par de puntos incandescentes y lejanos; todos los Snorkill, incluyendo a Trinita, los vieron y acto seguido, se montaron en sus carromatos, que eran dos, apuraron a los caballos y huyeron  despepitados.

El susto fue tan grande que olvidaron a Vera María, la niña más pequeña de la familia, que fastidiada por el  parlotear de los grandes, se había ido a jugar con su muñeca junto a la chimenea.
     
Las horas fueron pasando y la noche se hizo cada vez más negra. Vera, al saberse sola en casa, cerró la puerta y las ventanas y se acomodó en el gran sillón del abuelo. El fuego de la chimenea ardía con altas llamas, se escuchaba el chisporrotear de los maderos, la sala estaba tibia…  y ella se estaba quedando dormida cuando un golpe muy fuerte la sobresaltó.

¡Catapum!  

No pudo descifrar de dónde venía y se quedó muy quieta escuchando, mientras su corazón le golpeaba el pecho como si hubiera corrido por horas; un nuevo golpe estremeció las paredes de la casa. 

¡Pam Catapum!

Eran pisadas, pisadas de gigante… Verita rogó al cielo y especialmente al niño Jesús que la cuidara y comenzó a cantar una vieja canción de navidad, que le había enseñado su abuela, para quitarse el miedo.
  
-     Oh tannenbaum, oh tannenbaum. Wi grun sin dei ne bleter…

¡Pacatapum, pam, pam!  ¡Paaaaaam!  Un ser tosco, gigante y peludo atravesó la puerta, haciéndola pedazos.  Parecía sorprendido de ver a una niña tan pequeña y sola.  

-    ¿Una niña? ¿Dejaron a una niña en casa?

El ronco crujir de su voz  fue ensordecedor, la cristalería estalló y  Vera María sintió cómo si su alma saliera del cuerpo, por más abiertos que tenía los ojos no lograba creer lo que veía.

-     ¡Eres un ogro! ¡Un ogro!
-     Si soy un ogro y tengo hambre.

El ogro tenía unos colmillos afilados, amarillos, su lengua era púrpura y su aliento, feroz.

-     ¿Por qué te dejaron sola?
-   ¡Estoy cuidando del fuego del hogar! – Respondió con valentía vikinga.

El ogro se echó a reír a carcajadas. 

-      Así que eres la valiente guardiana de la casa. ¿Y los demás?
-     ¡Están en la misa de Navidad!     
-     ¿Navidad? – El Ogro parecía desconcertado. - ¿Qué es  Navidad?

Un vuelco de salvación entró como un aire tibio en el corazón de la niña.

-    ¿No conoces la Navidad? Yo puedo enseñarte…

Y  lo invitó a sentarse a la mesa;  Le sirvió los entremeses de  pescado ahumado y mientras servía y servía, el ogro comía y comía uno tras otro, sin masticar. Ella fue contándole con detalle cómo era que hombres y mujeres, reyes y pescadores celebraban el nacimiento del niño más humilde de la tierra. Al ogro le costaba mucho entender aquello y pidió el primer plato, Verita, con gran esfuerzo, le trajo el caldero de carne de tiburón fermentada y el  ogro la sorbió de un solo tirón.   Ella trataba de explicar.

-    Un ángel les anunció la buena nueva y los pastores sintieron mucha alegría.

El ogro parecía no escuchar lo que Vera María le contaba.

-     ¡Trae más comida que aún no lleno mi barriga!  

La niña trajo el cordero, las papas y el arroz salvaje y continuó contando.

-  Una estrella alumbró el cielo y la tierra se llenó de paz.  ¿Comprende?   
-     No.
-     ¿No?

Los ogros suelen ser cortos de entendimiento y este no era la excepción.

-    Todavía tengo hambre.- le dijo.

-    Pero ya no tengo nada más que ofrecer… la alacena está vacía.

El ogro le dio un golpe tan fuerte a la mesa que la rompió. Con sus grandes ojos como brasas y sus enormes dientes, miró a Vera María con apetito voraz.  Un par de gotas babosas de saliva verde, salpicaron de su lengua púrpura y  el vapor pestilente de su aliento la mareó…

En la Iglesia, la familia Snorkill había llegado casi a tiempo para la misa, entraron, ocuparon sus puestos y al momento de la comunión, los vitrales de la Iglesia temblaron con el grito estremecedor de la abuela.

-     ¡Verita no está! ¡Verita se nos quedó!
-     ¿Cómo?- preguntó el cura.- ¿Ha quedado la niña abandonada ante lo desconocido?

Regresaron de inmediato y todas las familias que habían ido a la misa de gallo, los acompañaron. 

Al llegar a casa, paso a paso iban entrando, el abuelo, la abuela, el hijo mayor, la nuera, el hijo menor y su esposa, los nietos… Trinita y  los vecinos de Tovar;  caminaban despacio, con un nudo en la garganta y sin hacer ruido. Como todos los años, la puerta estaba deshecha, la mesa rota, la cristalería quebrada, la leña sin pescado, el caldero sin tiburón…

-    Lo sabía.- Lloró trágica abuela Snorkill.- lo sabía…  Llegamos tarde. Ha desaparecido nuestra pequeña nieta. 

Esta vez no se iban a resignar y los hombres se organizaron en cuadrillas de búsqueda…  Ritzel tomó una estaca para matar vampiros.

-    Irré por el camino del cementerrio.

¡Otro grito los estremeció!  Esta vez fue la nuera que apuntaba hacia la puerta de la cocina:

-     Allí, allí, allí. ¡Allí!

Allí  estaban el ogro y la niña con la torta de crema de chocolate servida en una gran bandeja de plata antigua. Los presentes casi se caen del espanto.

-   ¿Qué está pasando aquí? - Preguntó papá Snorkill
-   El señor Ogro vino a compartir con nosotros la noche de Navidad.- Les explicó Vera María.   

-    Aún no he comido mi postre.- Les dijo el ogro.  

Pasado el estupor inicial, decidieron entre todos levantar una nueva mesa. 

El ogro les contó que venía de la Selva Negra,  unos cazadores de cabezas de ogro lo estaban persiguiendo  y se echó al mar.  Escondido entre los palos del puerto escuchó de los aventureros que irían a fundar una ciudad alemana en tierras calientes con una promesa de felicidad por siempre en sus corazones.  Así fue cómo se aferró a la popa de “El Clemence” y cruzó el Atlántico y el Mar Caribe, tragando peces y agua salada.

Al llegar a Choroní, sintió el sol arder sobre su cuero peludo y corrió hasta lo más alto de la montaña, se guio por el sonido de una cascada y descubrió al fin una cueva húmeda donde echarse a dormir.  El tiempo de los ogros es diferente al de los humanos y su sueño duró muchos años, no lo despertaron ni las guerras civiles que acosaron a Venezuela en aquellos tiempos…  hasta que un día sintió el delicioso aroma del cordero al horno de la abuela.   ¡Y despertó con tanta hambre!

Al tiempo, la hija mayor del hermano menor de los Snorkill regresó con un esposo de la costa y llena de hijos; así mismo el primer varón nacido en tierras de Tovar, que había aprovechado la ausencia de la familia en Navidad para escapar tras una hermosa india. 

Año tras año, la mesa de la familia  Snorkill  se hizo cada vez más larga.    Los Benitz,  Muller, Musle, Gerig, Rudman, Ruth, Ziegler, Strubinger, Griman, Hoffman, Bergman, Galler, Suhr,  Breindenbach, Cassler,  Rizten, Trinita, el cura y el ogro,  eran invitados al banquete,  todos contribuían con sus mejores recetas.  ¡Incluso el ogro!

La maldición había acabado, el ogro entendió el verdadero significado de la navidad y la promesa de felicidad echa por Codazzi se cumplió bajo el cielo infinito de estrellas de la Colonia Tovar en Venezuela.

Fin