jueves, 7 de mayo de 2015

“Electric Cowboy” Escrito por Abigail Truchsess.

“Electric Cowboy”

Escrito por Abigail Truchsess


─Este país es de gente muy organizada, fíjese bien cómo siguen las reglas, como siguen las normas, todos bailan igual, siguen el mismo paso y muy pocos se equivocan.  Han venido muchas veces, el mismo día a la misma hora, hasta aprenderse de memoria la coreografía y bailarla con sus coterráneos en la pista.  ¡Por eso es que me gusta tanto este país, aquí todo está en orden!

La conversación se daba frente a una pista de baile, en un local llamado “Electric Cowboy”, en la ciudad de Saint Louis, yo me encontraba incómoda, totalmente fuera de lugar, tratando de unirme infructuosamente a un grupo de norteamericanos que bailaban al unísono, como cadetes de la naval en un desfile de Los Próceres.

─ ¿Usted ha visto algo más desordenado que un colombiano bailando cumbia? Eso no se puede creer, la meneadera pa´lla y pa´ cá.   ¡Aquello es un desastre, como el tercer mundo!

El interlocutor era colombiano y estaba hablando de sus compatriotas.  Dos días antes había celebrado en su casa el día de la Independencia de su país y una de sus amigas no sabía si la independencia era de España o de Venezuela… Cargaba puesta una bandana con los colores de la bandera y buscaba en Wikipedia, en su celular de última generación, el origen de la tradición. 

─ ¡Cierre la boca que la está poniendo, mijita!   Lo de Venezuela vino después.  

Saint Louis fue fundada por franceses, tomada por los españoles y recuperada de nuevo por los franceses. En 1803, Thomas Jefferson la adquiere para los Estados Unidos y los norteamericanos aprovecharon las rutas que habían abierto los españoles para iniciar desde ahí la exploración al oeste; es por eso que también se le llama “La Puerta del Oeste” y su símbolo es un orgulloso arco de 192 metros de altura. 

Su población actual se estima en 318 mil 416 habitantes, de los cuales entre el 1 y el 3.5 por ciento son latinos y es según la revista Forbes, la décima ciudad más recomendada para inmigrar.

Desde el año pasado ha sido noticia por la muerte de Michael Brown, un joven de raza negra de 18 años, a manos de Darren Wilson, un oficial de policía de raza blanca y aún no se determina si fue o no, intencional.  Y mientras en un condado hay protestas en contra de la discriminación racial, el equipo St.Louis Cardinals lleva 5 partidos ganados, el equipo de hockey, The St. Louis Blues, están en los playoff jugando contra Minnesota; el gobierno estatal está negociando con la NFA la construcción de un nuevo estadio de fútbol americano… y Electric Cowboys sigue abriendo sus puertas de miércoles a domingo, de 7 a 1:30 am. 

A la entrada del local está parado un vaquero muy alto, de sombrero negro, que te indica por donde debes pasar para pagar. El precio incluye una clase de baile “country” y un trago.  

Cuando al fin pude entrar a la pista compruebo, no sin asombro, que los pasos son los mismos que he aprendido en Caracas en las fiestas de mi familia, “el pasito tuntún” de papá, el “relojito” a izquierda y derecha del danzón, los cruces típicos de la salsa con algún que otro salto, punta y tacón, pero a un ritmo ajeno a mi condicionamiento óseo. 

Una vez aprendida la lección, suena la música, todos bailan, incluso los latinos y al finalizar, vuelven al banquillo de los mirones, porque la siguiente canción tiene otra coreografía y no hay más clases sino hasta la semana entrante.

Hay un intento de uno de los colombianos de bailar a su aire, invita a una norteamericana:

─Lo siento, ─le responde en inglés.─ no bailo hasta que me emborrache.


Y el vaquero de la entrada, aparece ahora semi-desnudo, un short de cuero negro, botas negras y el torso y la espalda tatuada. Reparte cócteles en tubos de ensayo, que dan miedo… 

─Se acabó la hora familiar─ anuncia el colombiano ─ en un ratico las gringas empezarán a quitarse la camisa y a bailar a teta suelta.

Todos salimos.

La nostalgia asomó una espina, ¿Qué ha sido de aquellos bailes a orilla de playa? ¿Choroni, Margarita, Cartagena…? ¿De los toques de tambor en el que todos entran, se empujan, ríen, beben, comparten unos con más o menos gracia, porque a nadie le importa la perfección? ¿Qué ha dejado atrás el inmigrante?  



No hay respuesta en Wikipedia.  

viernes, 1 de mayo de 2015

Excursión a “Tierra de Jugo”

Escrito por Abigail Truchsess

Una mujer de cara triste permanece echada sobre un banco, sus brazos apenas dan sostén a su cabeza; una gasa muy fina cae sobre ella, no alcanza a cubrir ni su espalda ni sus piernas, marca los huesos de la columna vertebral y el nacimiento de la curva de las caderas.  Desnudos los pies… su nombre es “Dolor” y es una de las esculturas que hiciera por encargo el caraqueño Lorenzo González en 1909 para el pabellón de la familia Vollmer. 

Alma”, es un desnudo femenino de dos metros de altura, esculpida en París en 1912 por Andrés Pérez Mujica, su esposa, Tatiana Ciedlowky fue la inspiración y que la figura semejaba a una llama blanca e inquieta al son de los rayos del sol en el pabellón de la familia Franklin Planchart.  Hace siete años intentaron abrir una de las fosas y la tumbaron de su pedestal.

Estás piezas usted las puede ubicar en el área plana del Cementerio General del Sur, al cruzar el portón de la entrada, después de una hermosa fuente rodeada de lirios acuáticos y una escultura abstracta, encontrará un camino de pavimento levantado por las raíces de árboles viejos y enfermos de tiña, embarrullado con latas de cerveza y botellas de ron abandonadas en los matorrales; restos de cera de velas, restos de cadenas de bronce, restos de lápidas ennegrecidas y urnas profanadas en las que ya no hay restos humanos.
Pase el estupor y tómelo, que bien vale la pena el recorrido.

Un total de 118 esculturas y monumentos componen el patrimonio artístico del Cementerio General del Sur, cantidad incierta en la actualidad ya que el único inventario que se hizo fue en 1982 a solicitud del Ayuntamiento.  Los responsables fueron los artistas plásticos Francisco Da Antonio y Doménico Casasanta.


Si usted es de aquellos que disfruta de visitas especializadas en arte, le recomiendo pasar antes por el Museo de Arte Contemporáneo y pregunte por el catálogo de fotografía de esculturas y monumentos del camposanto, editado en honor a Francisco Narváez; también puede ir a la Biblioteca Nacional, es difícil asegurar si todavía existe un ejemplar, pero si lo acompaña la buena fortuna y lo encuentra, le será de mucha orientación en su paseo.

Existe una forma más práctica y es solicitando la colaboración de un guía entre los trabajadores del “Sindicato de enterradores, jardineros y limpiadores de tumbas”. Puede hallarlos en su sede, discutiendo los mismos problemas sin resolver de la cuarta república, como ánimas en un solo plano cíclico de espacio y tiempo, sin memoria. Cualquiera de ellos le será de mucha utilidad y le animará el trayecto con anécdotas de asaltos, asesinatos, viudas que amanecen degolladas sobre las tumbas de sus maridos difuntos, novios celosos que después de matar a sus amantes se suicidan delante de los dolientes y de las bandas de profanadores de tumbas que han desmantelado los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana.

También puede hacerlo como cualquier ciudadano de a pie, e ir preguntando a otros caminantes por la vía hacia los panteones más llamativos, aunque no todos están dispuestos a la charla.   Los más afanados suelen ser los vecinos de los gigantescos barrios que han crecido a su alrededor y que lo usan de atajo para llegar a sus casas de bloque y techo de zinc; madres llevando a sus niños al colegio, abuelas con bolsas de mercados, hombres cargando bombonas de gas…  Los más amables son los que van en busca de milagros, el mundo mágico-religioso es quizás el más vivo en el cementerio.  

Aunque los restos de José Gregorio Hernández ya no están ahí, sus devotos siguen visitándolo para pedirle favores, también al protector Ismael de “La Corte Malandra”, a la Iluminada de Sarria, al profesor Lino Valles, al carpintero Victorino Ponce y a María Francia, que es de las tumbas más visitadas.

─Yo estaba a punto de graduarme de bachiller en administración, cuando me rasparon en matemática. No sé si era manía del profesor, pero el asunto era que por más que estudiaba, me raspaban. Le recé a María Francia y le prometí que si pasaba el examen final le traería una plaquita y flores todos los meses. ─ contó una de sus devotas.

─ ¿Y usted también siempre le viene a rezar?

─Ah pues, si me casé fue por ella. ¡Mi novio era un guabinoso!

El día en que Antonio Guzmán Blanco decidió abrir el Cementerio General del Sur, un 5 de julio de 1876, lo hizo con gran pompa, sacó la Banda Militar a las calles y una caravana de treinta carruajes transportó a los notables de la época desde la casa presidencial al sur del valle, hasta los terrenos de “Tierra de Jugo”.

 En 1982 fue declarado Monumento Histórico Nacional; este año cumplirá 139 años y solo se ha restaurado la fachada.

No hay peor muerte que el olvido, el olvido es la ventaja de los malos gobiernos pero muy a su pesar. Nada dice tanto de la historia y la ideología de un país que una necrópolis, aún en la desidia. 


domingo, 22 de marzo de 2015

El color del huracán. Escrito por Abigail Truchsess

EL COLOR DEL HURACÁN  
 Escrito por Abigail Truchsess


Había pasado a primaria, cuando nombraron a su padre capitán de la base naval de la Orchila.  A partir de ese año, todos los primeros días de agosto, ella, junto a sus hermanos e innumerables primos, viajaban en buque de guerra hasta la isla y se convertían en señores de un paraíso de libertades, hasta finales de septiembre.
Las actividades de un no-plan vacacional, incluían: competencias en mini-moto sin frenos, la meta colateral era estrellarse; abrir huecos en la arena, cubrirlos con papel periódico y gritar frenéticos “Javier se está ahogando” para ver cómo los papás y las mamás, tías y tíos llegaban sin aire a la playa y caían en los huecos.
El reto más espeluznante era ir de noche a “La Perla”, una quinta ubicada más allá de los manglares, donde deambulaba el fantasma de una cantante de ópera, bajo un poderoso cielo de estrellas.  
Ella creía que nada le daría más miedo que encontrarse con la blanca silueta de la mujer, hasta que un día su padre los reunió para informarles del alerta enviado por el Servicio Meteorológico de la Aviación Militar.
─ Una tormenta se aproxima a las costas de Venezuela y trae la cola de un huracán.  Deben tener cuidado, seremos azotados en menos de 24 horas.
La mañana amaneció limpia y brillante, como solían ser las mañanas en la Orchila; mientras los soldados se encargaban de acondicionar las casas para la tormenta, a los muchachos les dieron permiso para ir al muelle, bajo la condición de permanecer juntos  y de no dispersarse por la playa.   
En el mar transparente, se veía el fondo, lleno de sardinas nadando y todos menos ella, se pusieron a pescar. 
─Dejé los anzuelos.
─Agarra los míos -respondía el hermano mayor.
─Los tuyos no me gustan.
Se acostó en el suelo a ver el cielo: En el horizonte todo era calma, las nubes eran blancas y redondas como los conejos que tenían los marineros en el corral y que cada día sumaban más y más y más… fue gracias a los conejos que aprendió la tabla de multiplicar.
─Hay muchas nubes, son como diez por diez.  ¿Las ven?  Parece que viene la tormenta.  Acuérdense de lo que dijo papá., que la tormenta trae una cola de huracán.
Ninguno se acordaba ni la escuchaba,  porque en ese justo instante una picúa había llegado a toda velocidad tragándose una sardina en dos mordiscos y todos empezaron a lanzar anzuelos atiborrados de carnada, a ver quién la atrapaba primero en una competencia espontánea.
─ ¡Me voy sola! 
Airada, con el susto apretado en el pecho, tomó el camino de regreso a casa, dejó atrás la bulla de los primos y el silencio se le hizo grande, misterioso. Apuró el paso, faltaba poco menos de la mitad cuando se topó con la cola del huracán: Larga y verde, infinitamente verde, ocupaba todo lo ancho del camino, cerrándole el paso por delante y por detrás.  Sus redondos ojos giraban como Saturno dentro del anillo e hicieron foco en ella que dio un paso atrás.
Majestuosa, la cola se movió a un lado y al otro, susurró un conjuro y atrajo al viento, las hojas del piso comenzaron a levantarse.  La única salida de la niña era saltando sobre ella, lo hizo y empezó a correr desbocada, pero no avanzaba, las piedras de la arena golpeaban su piel, sentía pinchazos en los brazos, en la cara, en las piernas, el viento se hacía más fuerte y alguien la haló.  Era su padre.
─ ¡Hija!  ¿Dónde están todos? 
─ ¡En el muelle!
El padre la metió en su jeep, arrancó de prisa y buscó a los muchachos.  Uno a uno los fue lanzando, apretujados, al fondo del vehículo.
─ ¡No levanten la cabeza! ¡No miren por la ventana!
Cerró las puertas con golpe seco y se montó.  Estaba completa la camada de primos, faltaba su hijo varón. Lo ubicó veloz a través del espejo retrovisor, se había quedado afuera, el muchacho había intentado escapar pero la cola del huracán que azotaba y bufaba, lo enredó, se lo llevaba lejos.     
El padre, metió la palanca de primera y logró alcanzarlo, abrió la puerta y el muchacho se aferró con todas sus fuerzas al brazo del papá y entró de un empujón.  La cola del huracán, tomó revancha, estiró sus patas de gigante y con sus garras atrapó el jeep, lo arrastró al filo del muelle, las ruedas patinaron, iban a caer al mar y el padre aceleró a fondo, con más fuerza.
¡Ganó esa pelea!

Llovió toda la noche, al amanecer los muchachos salieron de expedición, querían saber cómo había quedado la isla después del paso de la tormenta.  Ella, que iba de última en la fila, divisó a aquel ser belicoso con poderes sobre el viento, a la orilla del camino; esta vez estaba masticando una rama seca.

─ ¡Cuidado! -les advirtió a todos. ─Ahí está otra vez, la tormenta no se llevó su cola de huracán, la dejó ahí, miren, ahí está. 
Todos voltearon a mirar:
─ ¿Una cola de huracán? Ahí lo que hay es una iguana.- Le dijo Javier.  
Ella la miró con tanta sorpresa que también puso los ojos redondos.   
Pasaron los años y el color verde se coló en sus sueños, siempre que aparece, sabe a uva de playa y aventura.  

Fin. 

sábado, 21 de marzo de 2015

La ciudad de las miradas. Escrito por Abigail Truchsess

LA CIUDAD DE LAS MIRADAS.
Escrito por Abigail Truchsess

Cada primavera, en el barrio de Los Remedios de Triana, aparece una ciudad: El Real de la Feria.

Tiene una extensión de 450 mil metros cuadrados, 15 calles con nombres de toreros, 24 manzanas y mil 47 casetas, dotadas de agua, alcantarillado y electricidad.  Una de ellas pertenece al Ayuntamiento, once a los distritos que dividen Sevilla y el resto a grupos culturales, peñas y particulares.
Es en El Real de la Feria donde se celebra la gran fiesta de abril. 
Una semana antes de la inauguración, comienzan los preparativos. Las dimensiones de las casetas están reguladas, deben ser levantadas con lonas que aguanten candela y llevar al frente una barandilla verde.
El tablao, el sifón y la cocina van por cuenta del propietario. 
Llegué unos días después de la apertura, fue como si una pintura desbordara el marco y cobrara vida, una explosión de malvas, amarillos y violetas; caballos de largas crines, pulidos, engalanados con flores y lazos. Las mujeres iban vestidas a la moda flamenca y los hombres en traje de coto con sombrero de ala ancha.  
Dicen en España que los sevillanos se creen el ombligo del mundo y ellos responden que Sevilla tiene un ombligo digno de ver. La Feria de Abril nació en 1847 como un mercado de ganado, en la actualidad es una fiesta para ver y dejarse ver. Cantantes, bailaoras, toreros, modelos, actrices; las familias reales se lucen ahí.  Doña Cayetana, la duquesa de Alba fue siempre invitada de honor y hoy sus cenizas descansan a los pies del Cristo de los Gitanos.
Quise fotografiar un jinete y apenas sintió el lente de la cámara, posó para mí con divertida galanura, tuve que tomarle más de una foto.  Su agradecimiento fue un piropo en copla que molestó a las muchachas que me habían llevado hasta allá. Las escuché murmurar:
─A ella sí que la miran, ¿Te has fijao?
Su tío Romerito, mi anfitrión en Sevilla, les pidió que me presentaran la feria y una vez allí, no sin educación, me indicaron las casetas a las que podía entrar y desaparecieron. No les agradó que una extranjera les restara miradas.
El tema de las miradas comenzó en el viaje de ida.  Estaba empeñada en hacerlo en tren y el romanticismo acabó cuando me senté en unos asientos durísimos, con un calor de mil demonios.  A mi lado estaba un hombre con su hijo, un niño de unos cinco años que se escondía detrás del padre y asomaba sus ojos inmensos a cada uno de mis movimientos.
─Deja ya.  La tienes fiscalizá- le reprendía.
De mirada en mirada, hicimos un trueque de galletas por caramelos, luego el padre me preguntó si viajaba sola y me previno de los gitanos:
─Son como águilas, no te das cuenta cuando te han robao. ¡Ve con cuidado si andas sola!
Y ahí estaba en medio de una ciudad que giraba. Taconeos, brazos en vuelo, dedos tejiendo historias de amor en el aire. Me atreví a entrar a una de las casetas públicas y con la osadía del ignorante, acepté una invitación al tablao.  Las parejas, hombres a un lado, mujeres al otro, intercambiaban sus espacios en un baile de cortejo. 
Algo había aprendido en Caracas pero fue una teoría que nada tuvo que ver con la práctica.  En Sevilla hombre y mujer se carean, nunca se pierden de vista… “El pase” yo lo hacía de espaldas, a una manera supuestamente artística que fue interpretada como un desplante y volví a quedarme sola.
Fui a pedir algo a la barra y un muchacho de Murcia me invitó una cerveza.
─No te avergüences, a mí también me sacaron del tablao.
Volvimos a compartir bochornos cuando comenzaron a cantar y palmear; es inevitable el contagio, las ganas de ser parte de aquello y una señora, que no sé ni cómo ni cuándo se enteró de nuestras respectivas procedencias, nos cortó la inspiración:
─A un lado tengo un murciano y al otro una venezolana.  ¡Me tienen sorda! 
Salimos a carcajadas, caminamos y el murciano encontró a sus amigos.  Romerito, que iba a la fiesta de la noche, también dio conmigo y gracias a él pude conocer las casetas de familias a las que no puedes entrar si no eres invitado.  
La diferencia de clases era notoria en el lujo que derrochan las más aristocráticas. En todas nos recibieron con jerez o manzanilla de Sanlúcar.
─Bebe, bebe, no dejes que se caliente, que fresca es que es buena.
El vaso nunca estuvo vacío y entretuve la borrachera con tortilla de papas, gambas, pescado frito, calamares…
Asimilada mi lección de cortesía, puse al tanto de mis pocas destrezas a uno de los amigos de Romerito que me invitó a bailar, él aprovechó una rumba para ayudarme a soltar la vergüenza y en dos lecciones rápidas aprendí el pase de frente.  El baile de sevillana tiene cuatro coreografías, yo repetí las dos primeras hasta la madrugada, cuando fuimos en grupo a comer churros con chocolate en los puestos de gitanos.
Nunca los había visto en persona. Uno de ellos era muy alto, de huesos anchos y piel aceituna, ojos almendrados, creo que amarillos... 
─Cuidado, que aquí las miradas son puñales.-me previno Romerito.
Un caldero cayó al suelo, derramando aceite hirviendo y las mujeres dejaron hacer a los hombres que corrieron en manada a controlar el fuego. Los gitanos se cuidan, están curtidos de malicia y orgullo por tantos años de discriminación.  
Ellos son el latido del cante jondo.
A Romerito lo conocían porque había producido algunos discos de José Monge Cruz, el Camarón de la Isla, el más grande de los cantaores de España, decían y fue por eso que lo recibieron como hermano.
Llegó el amanecer y nos fuimos a dormir.  Desde entonces el itinerario cobró su propio ritmo, comenzaba después del almuerzo y terminaba a la salida del sol, en los puestos de churros; las horas se medían con vasos de manzanilla, hasta el domingo a medianoche cuando los fuegos artificiales anunciaron el cierre.
Volví al día siguiente y El Real de la Feria estaba vacío.  Me sentí como el personaje de un cuento que había perdido una ciudad.  ¿A dónde había ido?

Compré el pasaje de regreso, esta vez viajé en autobús.  En el centro de Madrid todos caminaban guiados por la ansiedad del horario de trabajo, había muchas personas y ninguna se miraba.



domingo, 15 de febrero de 2015

Un caballero prusiano. Escrito por Abigail Truchsess

UN CABALLERO PRUSIANO.
Escrito por Abigail Truchsess

A finales de 1989, en medio de un festival internacional de teatro, a las puertas del Ríos Reyna, un amigo me dio el mejor de los regalos: La revista Encuadre, Número 19 del mes de junio.

-   Ahí aparece tu abuelo-. Me dijo.
-   ¿Y qué hace mi abuelo aquí?
-   Es uno de los pioneros del cine en Venezuela. ¿No lo sabías?

Pasó las páginas y ahí estaba H.R. Truchsess; era una fotografía de su cara en primer plano, mirando a través del visor de una vieja cámara de cine.  En el dedo anular de su mano  derecha, llevaba puesto un anillo de oro, con el escudo de la familia grabado en lapislázuli.  
Del abuelo tenía vagos recuerdos, fue él quien decidió los nombres de casi todos sus nietos.
Era estricto, había perdido una pierna en un accidente de moto y usaba una “pata de palo”, no era una pata de palo, era una prótesis, pero así decían todos.  Cuando papá lo invitaba a almorzar teníamos que sentarnos derechos, usar los cubiertos con propiedad, no pedir salsa de tomate Ketchut para las papas fritas y jamás desordenar la mantequilla; si queríamos untar el pan debíamos pasar el cuchillo, delicadamente. Si la mantequilla no quedaba plana, el abuelo protestaba. 

-   ¡Ni en las trincheras había visto algo así!

Las trincheras eran las de la Primera Guerra Mundial, hundidas en tierra, cubiertas con ramas y bajo las cuales se escondían él y sus compañeros.  Al escuchar los pasos del enemigo, chaz, chaz, chaz, en estricto silencio, sacaban de la bota un pequeño revolver y se lo ponían en la sien,  la orden era matarse y no entregarse… Mientras los soldados, apenas respirando, permanecían atentos al cese de los pasos, en un rincón, sobre una improvisada mesa, se hallaba la mantequilla, plana y ordenada.

Henner Rochus von Truchsess, nació el 24 de diciembre de 1892, en Koenigsberg, “Monte del Rey” en español, capital de Prusia Oriental, ciudad devastada y tomada por los soviéticos en 1945. Hoy en día se le conoce como Kaliningrado.   

Sus padres fueron Ferdinand von Truchsess y Emma von Klinckowstrom; En 1911 entró a la Academia de la Armada Royal Prusiana; en 1916 fue condecorado con la Cruz de Hierro y la medalla de Austria.  Después del Armisticio, pasa a la reserva con el rango de Capitán.  

Ninguno de los datos anteriores ha sido confirmado.  Guardamos las medallas como tesoros familiares, pero carecemos de documentos que certifiquen su nacionalidad.  

Era de los hombres que creía en la palabra y viviendo aún en Berlín, un comerciante azteca le vendió tierras por un valor de 100 marcos de oro, sellaron el trato con un apretón de manos. Viajó hasta México y no encontró nada, lo habían estafado.  Se embarcó entonces con destino a Venezuela, arribó en 1927, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, entró por el Puerto de la Guaira con un pasaporte a nombre de un pariente, Otto Reinhold Truchsess, nunca supimos por qué. 

Se asentó en Maracaibo, allí se casa con una joven de 17 años, de cuello largo y el perfil de la reina Nefertiti,  Abigail Boccheciampe, la abuela, con ella tuvo seis hijos: Henner, María Teresa, Gísela, Dietrich, Arnim y Axel.  

Gracias al director de origen francés Phillipe Toledano, pude entrevistarme con José Miguel Acosta, quien ha dedicado gran parte de su vida a investigar la historia cinematográfica del país.

-   Si la familia de Henner cobrara por derechos de autor, serían millonarios. ¿Has visto una proyección que siempre aparece en los documentales sobre la muerte de Juan Vicente Gómez? Las imágenes gráficas de “La Demolición de la Cárcel de Rotunda”, eso lo hizo tu abuelo.

Me contó que para 1936, H.R. Truchsess trabajaba como camarógrafo en el Laboratorio Cinematográfico de la Nación, dependiente del Ministerio de Obras Públicas; después fue ascendido a director.

-   Él fue quien introdujo la propaganda institucional dentro del noticiero, como se hacía en los Estados Unidos.

Otro de sus trabajos se tituló “Islas de Perlas” un documental, filmado en 16 milímetros, de una hora de duración que mostraba la vida cotidiana de los neoespartanos.

En 1938 Rómulo Gallegos creó los Estudios Ávila y comenzó a trabajar con él.

En la familia cuentan que el abuelo le propuso a Gallegos realizar “Doña Bárbara”. No había perdido su costumbre de establecer acuerdos de palabra y después de tranzar con el escritor, viajó hasta Apure.  Sudó bastante tratando de mantener la cámara firme, de pie, mientras cruzaba el Arauca en curiara, gastó sus ahorros en la empresa.

De regreso a Caracas buscó a Gallegos, le presentó el material junto a una detallada factura, tal como habían quedado, Gallegos se quedó con el material y nunca le pagó.

-   ¡Es un farsante!- Decía molesto, cada vez que lo veía en la prensa y lo maldijo.- ¡Doña Bárbara jamás será realizada en suelo venezolano!  

No le fue tan mal a Gallegos, “de más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más lejos que más nunca”, se estrenó la historia de la trágica guaricha en 1943, en México, protagonizada por María Félix y Julián Soler. Existe otra versión de 1998, producida en España…

Su proyecto más doloroso fue la historia del músico José Ángel Lamas, autor del Popule Meus.. Nunca logró concretarlo; sin embargo, no perdió la pasión ni la confianza en sí mismo.  En la papelería de su empresa, Orbis Terrarum, registrada en Maracaibo, se lee la siguiente inscripción: “Cámaras no hacen películas. Lentes, emulsiones, fórmulas, no hacen películas. Películas son hechas detrás de las cámaras. Películas son construidas.”

“Vatti”, como todos le decíamos cariñosamente, “papi” en alemán, no era un hombre religioso, pero creía en el alma.

-   No puede ser que el hombre muera como una cucaracha. Tiene que haber algo más.

Para ese entonces Abigail había fallecido, él se concentraba, “se ponía en eso” decía,  quería saber de ella pero nunca le respondía. Había sido un esposo fiel, cuando le diagnosticaron el cáncer a la abuela una de sus amigas llamó para preguntar por su salud, él le atendió.

-   Mutti está muy mal.
-   Ay cuánto lo siento. ¿Y usted cómo está señor Truchsess?
-   ¿Cómo voy a estar? Si Mutti está mal, estoy mal yo.
-   Ay qué lindo, señor Truchsess. Hasta luego.

La respuesta de Vatti se regó por los pasillos de la clínica, las amigas de Abi lo celebraron muchísimo.  

-   Ellas dicen que los maridos venezolanos no suelen ser tan solidarios con su mujer, mientras que tu venerable padre es, como ves, de alta fidelidad.- Le contó luego a papá.   

Al paso de los años, comenzó a sentirse solo y escribió al consultorio sentimental de la Revista Vanidades bajo el seudónimo “Ignotus”.  Le respondieron y necesitó de una cómplice, su nuera Astrid, la esposa de Arnim, llevó los ramos de rosas para las señoras. 

Tres llamaron su atención: la primera tenía muchas necesidades económicas y él no quería establecer una relación fundamentada en la necesidad. La segunda, era hermosa, rubia, delgada, de grandes ojos verdes, muy elegante, vivía en Altamira y era familia del pintor Luis Alfredo López Méndez. 

-   ¡Muy mojigata!

La tercera era chilena, viuda con una hija. Sus hijos mayores, Henner y María Teresa pusieron el grito en el cielo, cuando supieron que el padre tenía novia.

-   ¡Cómo es posible! ¡Vatti está viejo para andar en eso!

Y en “eso” anduvo algunos años, la relación se enfrió por el rechazo de los hijos y el hábito del cigarrillo de la chilena.

-   El amor tiene un prólogo y un epílogo.- Le confió un día a Astrid-, y ella después del acto amoroso se levanta y sale a fumar. Me hartó.

El 21 de julio de 1969, Neil Armstrong pisó la superficie de la Luna, el hecho fue retrasmitido por todo el planeta. El abuelo lo vio por Radio Caracas Televisión.

-   Varias veces perdí los estribos. No pude hablar. Se me quebró la voz cuando vi a Míster Nixon telefoneando con los hombres en la Luna, y ellos le contestaron, saludando con disciplina militar.  Lloré. Es que soy de otro siglo y de otras tierras.

El día que murió, su perro, un pastor alemán llamado Inca, estaba echado bajo la cama, esperando por él;  de pronto, levantó las orejas, nadie había tocado el timbre o sonado las llaves, pero Inca corrió hasta la entrada, se sentó  en el porche y levantó la pata para saludar.  Así recibía siempre al abuelo, esa tarde, lo despidió. 

Definitivamente no somos “cucarachas”. Vatti sigue presente en sus nietos, bisnietos y tataranietos; arquitectos, músicos, periodistas, en algunos de nuestros hábitos, en la manía de fotografiarlo todo y en la mantequilla, plana y ordenada.


Caracas, 14 de febrero de 2015.


domingo, 8 de febrero de 2015

La orquesta. Escrito por Abigail Truchsess

LA ORQUESTA

Escrito por Abigail Truchsess


Para Javier, el día de su cumpleaños era de todos menos suyo. El ruido que hacían los invitados le era insoportable, le daban ganas de patearlo.

Cuando cumplió cinco, esperó a que la abuela y su mamá se descuidaran, tomó un pitillo de color azul, lo único interesante de aquella fiesta, y se escapó hasta su cuarto. Allí, cerró la puerta y la ventana, apagó la bulla de afuera y empezó a dirigir una orquesta imaginaria.

A la hora de picar la torta:

-       -¿Dónde está Javier?- Preguntó la madre.
-       -Yo creo que subió.- Respondió uno de los primos, con la boca llena de tequeños.
-       -Voy a buscarlo-. Dijo el padre.
   
Un vendaval y un tirón de luz proveniente del pasillo, lo trajeron de vuelta al ruido.  La figura redonda del padre lucia apretada en el marco de la puerta.

-       -Tienes que bajar.
-       -No quiero.
-       -Están todos esperando por ti.
-       -¡No quiero!

El padre no estaba para discutir, lo cargó y lo bajó hasta el patio donde todos esperaban alrededor de la mesa., los niños con pitos y cornetas.

-       -Aquí está, aquí viene.-  Lo recibió la madre, cargándolo.

Y empezaron a cantar,   Javier se tapó los oídos, nada lo apartaba de aquello.

-     -¡Cállense! – Gritó y volvió el silencio, aprovechó el estupor de la madre para soltarse y salir corriendo de nuevo hasta su cuarto.

-     - Me parece que hemos malcriado mucho al niño-  Le comentó la abuela al padre, trató de ser discreta, pero muchos  la oyeron;  el padre miró a la madre con reproche, la culpaba, ella achinó los ojos, contuvo la rabia.

Ya a solas, buscaron a Javier en su cuarto, estaba dormido. El padre insistió en despertarlo para que abriera los regalos, aunque ambos sabían que tampoco le iban a interesar. Ella recogió el pitillo azul del piso y le dijo a su esposo.

-       -Quiero llevarlo a un psicólogo.
-       -¡Lo que nos faltaba, un carajito loco!

Esa noche él no durmió en casa,  agarró una botella de whisky 18 años y se fue a buscar a “la Negrita” una mujer que tenía en la  Guaira de dientes blanquísimos y piernas de roble.  Antes de abrir la puerta del cuarto de hotel, recibió un mensaje de la esposa al celular.

-       -¡Quiero el divorcio!
-       -Yo también-  Fue su respuesta.
-       -¡Tienes el ceño fruncío mi gordo! – lo atajó la Negrita.-  Vente conmigo que te pongo a gozá.

Después de vaciar las rabias en el cuerpo de la Negrita, se bebió a fondo el resto del whisky que le quedaba y bajó hasta la playa, se sentó en la arena y empezó a recordar cuánto les había costado concebir al niño.  Habían sido años de tratamiento, inyecciones de hormonas que la malhumoraban y de horarios y fechas que le quitaron el gusto al sexo.

-       -¡Quería un hijo,  ahí lo tiene! 

Fue humillante para él cuando el médico le dijo que su producción de espermatozoides era muy baja y los complejos de niño gordo de la clase se le alborotaron.   Junto a los malos recuerdos y el vaivén de las olas, se quedó dormido en la playa.
  
Ella en cambio,  no pegó un ojo aquella noche, le hervía la sangre, caminó por toda la casa, en una mesa de la sala reposaba la foto del día de su boda en marco de plata, la miró y pensó con ironía.

-       -¡Hasta que la muerte nos separe mi amor!
 
La tiró contra la pared y rompió una lámpara, el ruido retumbó en la casa y pensó en Javier, fue hasta su cuarto, abrió la puerta con mucho cuidado y ahí estaba dormido, era tan dulce. Amanecía y estaba por acostarse cuando el timbre del celular la sobresaltó, era el esposo.

-       -¿Qué quieres?
-     -  Estoy en la Guaira, se me perdieron las llaves del carro y necesito que me traigas las de repuesto.
-       ¡Mándalas a buscar!

Le colgó, apagó el celular y él la llamó al teléfono de la casa, el timbre repicó varias veces, Javier se despertó.

-       -¿Qué le pasa a papá? ¿Tiene problemas?
 
Tuvo que ir a buscarlo a la playa. Dejó a Javier esperando en el carro y fue a entregarle las llaves.

-    - Voy a pasar toda la tarde paseando con el niño. Te agradezco que te lleves tus cosas y no vuelvas más. 
-      -¡Siempre hay que hacer lo que tú dices! ¿no? ¿Pues sabes cómo es la cosa? Que si voy a buscar mis vainas, yo también estoy harto, harto de ti y de un carajito al que no entiendo. 

Estallaron los reproches, siete años de matrimonio, cinco de los cuales habían caminado sobre vidrios rotos. ¡Cómo dolían las culpas!
      
En un momento ella volteó hacia el carro, no vio a Javier, se acercó  y solo halló sus zapatos y sus medias.  El padre, rápido, salió a buscarlo en la playa, preguntó a unos pescadores si habían visto a un niño y le indicaron que sí, que vieron a un muchachito caminar  solo, con un pitillo en la mano. Continuó en dicha dirección, ella iba detrás de él,  hasta que al fin descubrieron las huellas del niño en la arena, las siguieron y pararon en un punto donde las huellas cambiaban de dirección, ahora sus dedos pequeños apuntaban hacia al mar.  No había más huellas, solo el pitillo abandonado, flotaba como un mal presagio.

La mirada desesperada de ella se encontró con la de él, el corazón paralizado,  ninguno se atrevía a decir lo que estaba pensando.

-       -¡No, no, no… es imposible, él es muy pequeño, él no sabe nadar.-   
-       -¡Javier!.- Lo llamó él a toda voz.

Nadie respondía y cobrando impulso subió hasta el malecón,  desde allí podría divisar mejor el mar. Iba por las  piedras a zancadas, ella se quedó con la vista perdida en el horizonte, apretó su vientre con las manos en puño, los dientes, las lágrimas.  El tiempo era una dolorosa pausa.

-       -Está aquí.-  Gritó él. – Lo encontré.

Ahora era ella la que saltaba, los zapatos le entorpecían la carrera, se los quitó y los echó en cualquier parte, no sintió los arañazos de  las piedras, alcanzó al marido.  

-      - Míralo, ahí está-.

Si, ahí estaba Javier, al otro lado del malecón, frente al mar, con los ojos cerrados, los brazos en cruz, dirigiendo una orquesta imaginaria.

Ella y él bajaron y por alguna razón no quisieron interrumpirlo.  El padre, no sabía qué hacer, así que se quitó los zapatos,  se ubicó a su lado, abrió los brazos y cerró los ojos, ella hizo igual. 

Quedaron en silencio, por primera vez desde que Javier había nacido, juntos frente al mar.

El sonido de las gaviotas, la tibieza del sol y frio del agua que bañaba los pies. La red de un pescador que se alzaba al viento y caía al mar, un canto perdido de  viejos tiempos,  componían una melodía que solo juntos podían escuchar.

-      -Qué gran orquesta, hijo-.


Fin